Noche 30 — lunes 8 de diciembre
El domingo no voy.
Lo decido a las siete de la mañana del domingo, tumbada boca arriba con la ropa puesta y sin ninguna intención de dormir, y lo decido por una razón que a esa hora me parece elegante: que no hay que ir el día siguiente.
Que una mujer de treinta y seis años no se presenta a las doce y veinte de la noche del día siguiente como si tal cosa. Que hay que dejar un hueco.
También hay otra razón, que a las siete de la mañana no me digo y a las cinco de la tarde sí: que no tenemos el número de teléfono el uno del otro.
Dos meses. Sesenta y tres días. Un hombre me ha besado contra una estantería de poesía y no puedo escribirle un mensaje para decirle nada, ni «buenos días», ni «qué tal has dormido», ni «oye, lo de anoche», porque lo único que tengo de él es una puerta que abre a las doce y una travesía.
El domingo se me hace larguísimo. Traduzco once páginas. Ceno con mi hermana por videollamada y le digo tres veces que estoy bien y a la tercera me cree, que es lo malo.
El lunes es festivo y llego a las doce y veinte.
Y desde la puerta, antes del abrigo, antes de nada, ya lo sé.
No es que esté frío. Ojalá estuviera frío. Frío se arregla, frío es un tema, frío se puede coger por una punta y decir «oye».
Es que está perfecto.
—Buenas noches, Nora.
—Buenas noches.
—Siéntate donde quieras, que la de la ventana está con corriente. Hay una junta suelta y hasta el jueves no viene el hombre.
Y me ha cambiado la mesa. Me ha puesto la mesa de la estufa, que es la buena, con el flexo de Vega traído desde el fondo porque «ahí se ve peor», y en la mesa hay una taza, y en la taza hay un cortado doble que no he pedido y que está hecho exactamente como me gusta.
Y no me ha preguntado «¿lo de siempre?».
En dos meses eso ha sido lo único que ha ido hacia delante: de servirme lo que él decidía a preguntarme lo que quería. Hoy hemos vuelto al principio. Hoy hay una mujer en una casa a la que se le pone lo que necesita sin consultarle, porque ha entrado por la puerta y con eso basta.
—Gracias.
—Nada.
Y se va a la máquina.
La noche es un desastre de tan bien como va.
Está atentísimo. Le lleva a Ramiro el carajillo antes de que se siente.
Le arregla a Jandro el enganche de la mochila con una brida que saca de un cajón.
A Vega, que hoy tiene el ensayo de comentario para el jueves, le busca dos ediciones distintas del mismo poema para que compare, y se sube a la escalera a por la segunda.
A Awa, que entra a la una y media con la cara de siempre, le pone el descafeinado y le mueve la silla al lado de la estufa antes de que ella se descalce el talón.
A mí me pregunta tres veces si quiero otro café.
Tres. En dos meses no me lo había preguntado ni una, porque en esta casa las cosas llegan solas o no llegan.
Y no me mira.
Eso es lo que hay debajo de todo, y tardo hora y media en verlo porque está muy bien escondido debajo de una amabilidad impecable: que este hombre lleva noventa minutos moviéndose por una librería de setenta metros sin cruzar los ojos conmigo ni una sola vez.
Me habla a la mesa. Me habla a la taza. Me habla a un punto que está a diez centímetros de mi cara y que resulta ser la ventana.
Sé lo que es esto. Lo sé perfectamente, y esa es la parte insoportable.
Esto es lo que hice yo con mi hermana durante cuatro meses.
Contestar los mensajes a los diez minutos y con dos frases amables.
Preguntarle por los niños. Decir que sí a todo.
Mantener una temperatura de veintiún grados en toda conversación para que nadie pueda coger nada por ninguna punta, y llamarlo a eso «estar bien».
Se llama poner a la gente en la puerta sin echarla.
A las dos y media, Puri entra, coge un libro, se para en seco en mitad de la sala, nos mira a los dos dos segundos y medio, y se va sin decir absolutamente nada, y eso, en Puri, es un informe de sesenta páginas.
A las tres menos veinte me levanto a por agua.
Y al pasar por el mostrador lo veo.
Están los sobres.
Tres paquetes de estraza, envueltos, atados con el cordel, con las tres líneas escritas a lápiz por fuera. Uno gordo, dos delgados. Perfectos. Preparados esta tarde, o ayer, como todas las noches desde hace años.
Y están ahí. En la esquina del mostrador, en un montoncito, sin repartir.
El de Jandro sigue ahí y Jandro se fue hace cuarenta minutos. El que tiene que ser de Vega sigue ahí y Vega está a cuatro metros con el flexo encendido. El tercero no sé de quién es y da igual.
Debajo del montón, doblado en tres, asoma el burofax.
Me quedo mirando eso —tres paquetes que nadie ha entregado encima de un papel que nadie va a poder contestar— con el vaso de agua en la mano, y siento una cosa muy concreta en el esternón que no es tristeza.
Es miedo.
Porque las recetas son lo único que hace este hombre que no es servir.
Servir sirve a todo el mundo: es su oficio, es su religión, es su manera de no hablar.
Pero envolver un libro para alguien y escribirle a lápiz qué tiene que hacer con él es lo contrario de servir.
Eso es meterse. Eso es decirle a otro «te he estado mirando».
Y hoy los ha hecho y no los ha dado.
Vuelvo a mi mesa nueva, la buena, la de al lado de la estufa. Abro el cuaderno cuadriculado. Escribo cuatro líneas del capítulo ocho y las borro, y no las borro por malas: las borro porque no me sale una sola palabra en el idioma de nadie.
A la una menos veinte de esta madrugada él ha estado a un palmo de mí en un pasillo.
Han pasado cuarenta y ocho horas. Y no ha pasado nada malo, nada de nada, no ha habido una palabra fea ni un arrepentimiento ni una explicación, y esa es exactamente la trampa: no hay nada que arreglar porque no hay nada roto.
Solo hay un hombre que se ha vuelto a poner detrás del mostrador.
A las tres y cinco recojo.
Es la hora más temprana desde el seis de octubre, sin contar la noche mala del quiosco.
—Buenas noches, Elías.
—Buenas noches, Nora. —Y luego, cuando ya tengo la puerta medio abierta, en el mismo tono con el que me ha ofrecido tres cafés—: Abrígate, que ha bajado mucho.
Salgo.
Treinta y ocho pasos, la vuelta.
La luz está encendida y él está en el vano de la puerta con el lápiz de carpintero, escribiendo en el marco. Desde aquí no se ve el número, pero yo sé cuál es, porque lo he hecho yo: las tres y cinco.
Y luego gira el cartel, y luego apaga la primera lámpara, y luego la segunda, y en la travesía queda ese resplandor mínimo de la única lámpara que se queda encendida y que ni él sabe explicar por qué.
Empieza a llover.
Y yo me voy a mi casa por una calle mojada con las manos en los bolsillos y con una frase dándome vueltas, una que no es mía y que la primera vez que la leí me pareció una tontería sentimental de las que dicen los libros: que hay gente que se te queda en la puerta.
Ahora ya sé lo que significa.
Significa que puede pasarte con alguien que está a un metro, poniéndote un café.