Noche 28 — miércoles 3 de diciembre
Javier llama el miércoles a las ocho y cuarto de la tarde.
Lleva sin llamarme desde febrero. Nos escribimos cuatro o cinco veces al año por cosas que no se pueden resolver de otra manera, con esa cortesía de dos personas que fueron once años una cosa y que ahora son una gestoría.
—Nora, ¿te pillo bien?
—Dime.
—Es por lo del piso.
El piso es el de Vallehermoso, el que compramos en 2016 y que seguimos teniendo a medias porque venderlo en 2024 habría sido tirarlo y porque ninguno de los dos tenía cuerpo para más papeles.
Está alquilado. Los ingresos se reparten.
Es lo único que nos queda en común y funciona porque no hablamos de ella.
—Los inquilinos se van en marzo —dice—. Y yo estaba pensando que a lo mejor es el momento.
—Vale.
—No te lo digo por presionar.
—Ya lo sé.
—Es que Cris y yo estamos mirando algo más grande y…
Y ahí hay una pausa de un segundo y medio en la que a él se le pone en la boca una frase entera que decide no decir, y que yo entiendo perfectamente porque estuve once años aprendiendo a entender sus pausas.
—Enhorabuena —digo.
—Nora.
—Que enhorabuena, Javier, de verdad. ¿De cuánto está?
—De cuatro meses.
—Pues muy bien. Me alegro.
Y me alegro. Eso es lo raro. Me alegro de una manera limpia y sin filo, y no me hace daño la noticia, y no me hace daño él, y colgamos a los diez minutos habiendo acordado hablar con la agencia en enero.
Lo que me deja hecha polvo es otra cosa.
Lo que me deja hecha polvo es que, al colgar, me doy cuenta de que en diez minutos de conversación con el hombre con el que viví once años, ese hombre no me ha preguntado ni una sola vez cómo estoy.
Y de que yo tampoco esperaba que lo hiciera.
Y de que hasta hace dos meses eso me habría parecido normal.
Llego a la travesía a las doce y veinte con el ánimo por los suelos y una decisión tomada, que es no contar nada.
—¿Lo de siempre?
—Sí.
Y me siento en la mesa de la ventana y saco el cuaderno cuadriculado y el libro verde con su goma, y traduzco la página ciento treinta y uno, que es una escena en la que no pasa nada y que me sale espantosa.
A la una menos veinte, sin decir nada, él me pone un plato al lado de la taza.
Es un trozo de tortilla. De la de Ramiro, que ha traído tortilla otra vez y que sigue estando cruda.
—Yo no…
—Está cruda —dice—. Pero hay que comérsela.
Y se va.
Y ahí, mirando un trozo de tortilla cruda encima de un plato desparejado, me pasa lo que no me ha pasado en diez minutos de teléfono con Javier: se me hace un lío el pecho y tengo que quedarme muy quieta durante quince segundos con las manos en el regazo.
Porque ese hombre no me ha preguntado nada. Ni «qué tal», ni «te veo rara», ni «¿ha pasado algo?». Ha mirado a una mujer que ha entrado por su puerta a las doce y veinte con la cara que traigo y le ha puesto delante comida caliente de la casa de un viudo de setenta y ocho años.
A las dos y cuarto se lo cuento.
No porque él pregunte, que no pregunta. Se lo cuento porque estoy sola en la sala con él —Vega se ha ido, Ramiro se ha ido, Puri no ha venido— y porque el silencio de esta casa es lo único que me ha hecho hablar en año y medio.
—Ha llamado mi exmarido.
—Ya.
—¿Ya?
—Traes cara de teléfono.
—¿Eso qué es?
—Que hay gente que entra con cara de calle y gente que entra con cara de teléfono. —Coge una taza y la seca—. Es distinta.
Se lo cuento todo, o casi: el piso, los inquilinos, la venta en marzo, Cris, los cuatro meses.
Y luego lo otro, que es lo que de verdad tengo dentro.
—No me ha preguntado cómo estoy. En diez minutos.
Y yo tampoco lo esperaba, y ese es el problema, Elías, que no lo esperaba.
—Me río sin ganas—. Once años. Y en marzo del año pasado, cuando se murió mi padre, él estaba conmigo todavía.
Vivíamos juntos. Y no me preguntó cómo estaba tampoco.
Me preguntó si había llamado al tanatorio.
Elías deja la taza en la balda.
—¿Y tú qué le contestaste?
—Que sí. Que ya estaba todo hecho.
—Ya.
—Y estaba todo hecho. Lo hice yo todo. Y luego estuve cuatro meses diciéndole a mi hermana que no hacía falta que viniera.
—Miro el cuaderno cuadriculado abierto por la ciento treinta y uno—.
Y en octubre él se fue, y yo le dije que lo entendía, y lo entendía.
Y luego me pasé el invierno pensando que si me hubiera preguntado una sola vez cómo estaba, yo no habría sabido contestar.
Silencio.
—¿Sabes lo peor? —digo—. Que no le echo la culpa. Es que no me la sé contestar todavía.
Y entonces él sale de detrás del mostrador.
Es una cosa que hace tres o cuatro veces por noche y que no significa nada, salvo que esta vez viene hasta mi mesa, y en vez de dejar algo o recoger algo, se para al lado de mi silla.
Y me pone la mano en la espalda.
Entre los omóplatos, abierta, dos segundos y medio, con el mismo cuidado con el que envuelve un libro.
No dice ni una palabra. No me aprieta el hombro, que es lo que hace la gente. No me frota la espalda arriba y abajo, que es lo que hace la gente que quiere que dejes de llorar. Solo la deja ahí, quieta, el tiempo que hace falta.
Y luego la quita y se lleva mi taza vacía a fregar.
Me quedo mirando la página ciento treinta y uno y no veo una sola palabra en inglés.
A las tres y media me trae otro café y se sienta.
Se sienta. En la silla de enfrente de mi mesa, con las dos manos alrededor de su taza, que es la primera vez en dos meses que le veo tomarse un café sentado.
—Yo tampoco sabía contestar —dice.
—¿A qué?
—A eso. A cómo estoy. —Mira la ventana—. Cuando Anselmo se murió, todo el barrio me preguntó cómo estaba durante dos meses. Toda esa gente. Y yo contestaba «bien» y me metía en la trastienda.
—¿Y ahora?
—Ahora tampoco. —Se encoge de hombros—. Pero ya no me meto en la trastienda.
—Eso es una mejoría clínica muy discutible.
—Es la que hay.
Y nos quedamos ahí un rato, en una mesa de una librería a las tres y media de la mañana, callados, con dos cafés y un libro verde en medio.
Es la primera vez que estamos sentados a la misma mesa.
Me doy cuenta a las cuatro menos veinte, cuando él se levanta a recoger, y es una de esas cosas que una piensa cuando ya no tienen remedio.
Dos meses viniendo aquí todas las noches. Él de pie, yo sentada. Él detrás del mostrador y yo en una mesa. Como un médico y una paciente, como un tabernero y una clienta, como un hombre que sirve y una mujer que recibe.
Y hoy se ha sentado.
Me voy a las cuatro y cinco.
—Nora.
—Dime.
—Lo del piso —dice, desde el mostrador, con el paño al hombro—. En marzo.
—¿Qué le pasa?
—Que va a ser un día malo. —Coloca un lomo. Lo empuja con dos dedos hasta dejarlo a ras—. Y que en marzo esto abre a las doce.
Y ya está. Eso es todo lo que dice.
Fuera hace un frío húmedo y la travesía huele a mantequilla desde la acera de enfrente. Treinta y ocho pasos, la vuelta, la luz, el cartel.
Y voy andando a casa haciendo una cuenta que no había hecho nunca: que faltan tres meses y medio para marzo, y que este hombre acaba de darme una cita para dentro de tres meses y medio como quien da la hora, y que ni siquiera se ha dado cuenta de lo que ha dicho.
O sí.