El librero de medianoche Noche 27 — domingo 30 de noviembre
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Noche 27 — domingo 30 de noviembre

El domingo por la noche no viene nadie.

Es la primera vez que lo veo así: Vega libra, Puri libra, Awa duerme, Ramiro los domingos cena con su hija en Alcorcón y se queda a dormir, Jandro está en un cumpleaños. A la una y media entra un chico a preguntar si tenemos wifi y se va cuando le decimos que no. A las dos y cuarto, nadie.

—¿Siempre es así los domingos?

—En noviembre, sí. En enero es peor.

En enero. Lo dice sin darse cuenta, colocando lomos, y ninguno de los dos lo señala, y a mí se me queda dentro esa palabra —enero— con su fecha detrás.

Traduzco hasta las cuatro. Él termina el inventario, que llevaba dos semanas a medio hacer, y a las cuatro y veinte quita la chincheta y dobla la lista cuadriculada de Anselmo y la guarda en el cajón.

—Ya está.

—¿Del todo?

—Del todo. Nueve mil doscientos catorce.

—¿Libros?

—Libros.

Nueve mil doscientos catorce libros en setenta metros cuadrados que valen tres mil cien euros al mes.

A las cinco pasa una cosa que no había pasado nunca, que es que no me voy.

No hay decisión. Es que son las cinco y no me he ido, y él no ha dicho nada, y llevamos hora y media en silencio cada uno con lo suyo, y ese silencio no es de los que hay que romper.

A las cinco y media pongo un disco yo —el del piano, el de la noche mala, que ya sé dónde está—, y él levanta la cabeza y no dice nada, y a mí me arde la cara durante cuarenta segundos por haber tocado el tocadiscos de otra persona.

A las seis y veinte, sin mirarme:

—¿Me echas una mano?

Y así es como aprendo a cerrar La Vigilia.

Se apaga la máquina y se desmonta: el portafiltros fuera, la ducha, el cacillo, todo al fregadero, y el vapor se purga antes, siempre, «que si no, mañana no arranca».

Se recogen las tazas de la sala, y las de la sala son once porque a la gente le da vergüenza dejarlas en el mostrador y las esconde.

Se cuenta la caja de metal, que hoy son cuarenta y un euros con cincuenta, y que no se apunta en ningún sitio.

Se echa carbón a la estufa para que aguante hasta la tarde. Se baja la persiana del escaparate a mitad, no del todo, «que si se baja del todo se cree la gente que hemos cerrado». Se apagan seis lámparas y se deja una, y ni él sabe explicarme por qué se deja una.

Y se sale, y se gira el cartel, y se apunta la hora en el marco con el lápiz de carpintero.

Esta noche la escribe delante de mí. Sin decir nada, sin esconderse, con el brazo levantado a la altura de la mano.

6:35.

Yo miro la madera. Él mira la madera. Nos quedamos los dos ahí, en la acera, delante de una columna de números que sube tres metros y que empezó a escribir un señor que se murió el año pasado, y ninguno de los dos dice lo que sabe.

—Vamos —dice.

—¿Adónde?

—A desayunar. Abren a las siete.

Y andamos.

Son cuarenta minutos por un barrio que a esta hora es de nadie.

Está oscuro todavía y lloviznó a las cinco, así que todo brilla.

Pasa el camión de la basura, que hace un ruido de otro planeta.

Pasa un hombre con un perro que nos saluda con la cabeza como si fuéramos vecinos, que es lo que somos a las seis y cuarenta de la mañana.

Yo llevo las manos en los bolsillos. Él también.

Le enseño una cosa que descubrí hace tres semanas, que es que las letras de bronce del suelo se leen mejor cuando el suelo está mojado, y nos paramos en una y la leo en voz alta, un verso antiguo sobre lo que dura la vida, que ya me sabía porque llevo tres semanas parándome ahí.

—Esa está muy vista —dice.

—Vaya.

—Ven.

Y me lleva a otra, dos calles más allá, que yo no había visto nunca, y que es de una mujer, y que es mejor.

Hablamos. Hablamos de tonterías durante treinta minutos: de que la gata tenía un nombre anterior que Anselmo le cambió porque el primero «era de gata de pobre»; de que Ramiro fue durante cuarenta años perito de una compañía de seguros y de que por eso discute como discute; de un cliente que viene los martes y que solo compra libros de submarinos.

Y a las siete menos cinco llegamos a la esquina del obrador, que todavía tiene la persiana del despacho bajada, aunque por debajo sale luz y por el respiradero sale un olor que en este barrio a esta hora es un abuso.

Y nos paramos.

No hay ningún motivo para pararse ahí. Faltan cinco minutos para que abran; podríamos seguir andando, dar la vuelta a la manzana, cualquier cosa. Nos paramos.

—Nora.

—Dime.

Y no dice nada.

Está a medio metro. Se ha girado hacia mí, y en su cara hay algo que no le he visto en dos meses, ni la noche que le dije lo de la ficha ni la mañana del burofax: está asustado.

Este hombre, que estuvo doce años poniendo vías a la gente que se moría, está asustado a las siete menos cinco de la mañana en la puerta de una panadería.

Levanta la mano derecha.

No llega. Se queda a mitad de camino, a la altura de mi hombro, y entonces yo hago la cosa más valiente que he hecho desde marzo del año pasado, que es dar medio paso.

Medio. Uno de esos que no se ven.

Y él baja la cabeza, y yo levanto la mía, y estamos a esa distancia en la que ya no hay ninguna otra cosa que pueda pasar, y yo tengo los ojos abiertos todavía y le estoy mirando la boca sin ningún disimulo, y noto su respiración en la cara, y le huelo el jersey, que huele a papel y a estufa y a él.

Y entonces la persiana metálica del obrador sube de golpe, entera, de un tirón, con el estruendo de una guerra.

Nos separamos como si nos hubieran disparado.

—¡Buenos días! —grita Chelo desde dentro, con el rodillo en la mano y sin mirarnos siquiera, porque ella sube esa persiana a las siete menos tres todos los días de su vida y jamás en la historia ha habido nadie delante—. ¡Anda, si estáis vosotros! ¡Pasad, pasad, que hay recién sacados!

Elías tiene la mano derecha en el bolsillo. No sé en qué momento se la ha metido.

—Vamos —dice, con una voz rara.

—Vamos.

Y entramos, y desayunamos, y es maravilloso y es horroroso a partes iguales: nos sentamos en la única mesa que hay, la de detrás de la vitrina, con dos cafés y una bandeja, y no somos capaces de mirarnos más de segundo y medio seguido, y hablamos exclusivamente de la harina.

Marga sale del horno a los diez minutos, se limpia las manos en el delantal, nos ve, se para en seco, nos mira a él, me mira a mí, mira la mesa, y luego mira a Chelo, que está poniendo bandejas en la vitrina y cantando.

—Chelo.

—Qué.

—Ven un momento a la trastienda.

—Estoy poniendo las napolitanas.

—Chelo. A la trastienda.

Y se van, y desde la mesa oigo el murmullo de Marga durante veinte segundos y luego un «¡NO!» de Chelo que se oye en la calle.

Y después, silencio de horno.

Cuando salen, Chelo tiene la cara del color de la mermelada y no es capaz de dirigirme la palabra.

Me pone dos suizos más que no he pedido.

Le pone a Elías otro café que no ha pedido.

Vuelve a la vitrina, coloca tres bandejas, se da la vuelta y dice, en voz alta, a la sala entera aunque en la sala solo estamos nosotros dos:

—¡Es que yo esa persiana la subo desde el noventa y seis!

—Chelo —dice Marga, desde el horno.

—¡Que la subo desde el noventa y seis, Marga!

Nos vamos a las ocho menos veinte. Él me acompaña hasta el portal, que son cuatrocientos doce pasos que no cuento, y en la puerta nos despedimos con una torpeza de adolescentes de instituto: él dice «bueno», yo digo «bueno», él dice «pues nada» y yo digo «hasta luego» a las ocho menos veinte de la mañana.

Subo. Bajo la persiana. Me meto en la cama vestida.

Y me duermo enseguida, de un tirón, siete horas seguidas, por primera vez desde marzo del año pasado, con la ropa puesta y con la boca a un centímetro de otra boca.