El librero de medianoche Noche 26 — viernes 28 de noviembre
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Noche 26 — viernes 28 de noviembre

Lo leo a las diez y media de la noche, sentada en el borde de la cama, con el pelo mojado y una taza en la mano, y lo leo cuatro veces porque a la primera no me lo creo, a la segunda me lo creo y no lo entiendo, a la tercera lo entiendo y a la cuarta ya sé perfectamente que esto no es una buena noticia sin más: es una buena noticia con fecha.

Escribe Rodrigo Pineda, que fue mi editor durante ocho años y que dejó de serlo en marzo del año pasado, no porque me despidiera nadie, sino porque yo dejé de contestar correos durante cinco meses y luego me dio vergüenza contestarlos.

Dice, resumiendo mucho, esto.

Que se ha ido a una editorial mediana de Barcelona, de las buenas.

Que van a relanzar una colección de clásicos del siglo veinte con traducciones nuevas, cuarenta títulos en cinco años.

Que buscan una coordinadora de traducción: alguien que traduzca cuatro o cinco títulos y que revise los demás, que trate con los traductores, que fije criterios.

Que se han acordado de mí. Que él se ha acordado de mí, para ser exactos, y que ha tenido que pelearlo un poco «por lo del último año», y que lo ha peleado.

Que es un contrato. Contrato, no facturas: nómina, catorce pagas, seguridad social pagada por otro, un sueldo que es dos veces y media lo que yo gané el año pasado con las calderas y los pliegos de condiciones y los contratos de arrendamiento italianos.

Y que es presencial. Tres primeros años en la sede, porque la colección se arma en la mesa, con las pruebas encima y discutiendo. Incorporación el dos de febrero.

Barcelona.

Me quedo mirando la pantalla con la taza enfriándose en la mano.

Y lo primero que siento —y esto conviene apuntarlo, porque a las once de la noche una todavía es honesta— es alegría.

Alegría pura, física, en el estómago: alguien se ha acordado de mí.

Alguien que sabe cómo trabajo se ha acordado de mí después de un año y medio de silencio y de facturas de novecientos euros, y ha peleado mi nombre en una reunión.

Lo segundo que siento, a los cuatro minutos, es el peso.

Porque no hay trampa. Eso es lo que le pasa a esta oferta: que no tiene una sola trampa.

No es un jefe que me quiere explotar, no es un sueldo de risa, no es un proyecto que se va a caer en marzo.

Es exactamente lo que yo quería cuando tenía treinta y dos años y se lo contaba a mi padre en la cocina de su casa mientras él fregaba: coordinar una colección de verdad, decidir qué se traduce y cómo, dejar de traducir cosechadoras.

Es mi vida. Es la que tenía que haber tenido y que se paró en marzo del año pasado y que ahora alguien me devuelve por correo electrónico un viernes a las cinco y cuarenta y dos de la tarde.

Y empieza el dos de febrero. En otra ciudad. A seiscientos veinte kilómetros de una travesía.

Imprimo el correo.

Lo imprimo, que es una cosa que no hace nadie desde 2011, porque necesito que exista en papel para poder ponerlo encima de una mesa y mirarlo desde una silla. Salen dos folios. Los doblo en tres y me los meto en el bolso.

Llego a las doce y veinte.

—¿Lo de siempre?

—Sí.

Y hasta ahí llego, porque hay una frase preparada —«me han ofrecido un trabajo»— y la frase no sale, y no sale porque a este hombre le quedan treinta y tres días de contrato y porque llevo dos noches viéndole hacer cafés como si no pasara nada, y decírselo ahora sería ponerle encima de la mesa una cosa más que no puede arreglar.

Eso es lo que me digo, por lo menos. Que es por él.

Me siento en la mesa de la ventana. Saco el cuaderno cuadriculado, el libro verde con su goma, el bolígrafo. Y saco también los dos folios doblados en tres, y los desdoblo, y los dejo a la izquierda del cuaderno, alisados con la mano, como se alisa el papel de estraza.

Y así paso la noche.

A la derecha, la página ciento veintidós de una novela inglesa de 1936 que no ha traducido nadie y que traducimos, por este orden, un librero antipático con un Sopena, mi padre esperando en la cola y yo.

A la izquierda, cuarenta títulos en cinco años, nómina, catorce pagas y el dos de febrero.

Las dos cosas son traducir. Esa es la broma. Las dos cosas son exactamente el mismo oficio, y una da de comer y la otra no da nada, y una está en Barcelona y la otra está en una balda alta a tres metros del suelo, sujeta con una goma para que no se cierre.

—Eso qué es —dice Vega, que ha venido a la ventana a que le explique una perífrasis verbal y que lee de reojo como leemos todos.

—Un correo del trabajo.

—Vale.

Y se vuelve a su mesa, y a los diez segundos:

—¿Te vas a ir?

Diecisiete años. Ninguna educación en el arte de no preguntar.

—Todavía no lo sé.

—¿Adónde?

—Barcelona.

—Puag.

—Ya.

—Bueno, tampoco. Mi prima vive en Sabadell y dice que se está bien.

—Vega.

—¿Qué?

—Que no se lo digas a nadie.

Levanta la cabeza del cuaderno, con el bolígrafo en la boca, y me mira dos segundos enteros con una cara que a los diecisiete años no se sabe controlar todavía.

—Vale —dice.

Y no se lo dice a nadie, y yo lo sé porque la noche sigue igual que siempre y porque a las dos y media Puri entra y me pregunta por el tiempo y no por Cataluña.

A las tres menos cuarto Elías pasa por la ventana con dos tazas vacías y se para medio segundo delante de mi mesa.

No mira los folios. Yo sé perfectamente que no los mira, porque llevo mes y medio viendo a este hombre no mirar cosas: no miró el resguardo de la tintorería más de medio segundo, no miró el burofax delante de mí, no mira nunca lo que hay en las mesas de nadie.

Pero mira la mesa. Mira el conjunto: un cuaderno abierto a la derecha, un libro sujeto con una goma, y a la izquierda dos folios impresos, alisados, con el logotipo de una editorial en la esquina.

—¿Vas bien? —dice.

Y yo no sé si me está preguntando por la traducción.

—Voy —digo.

Y sigue hacia el fregadero.

Recojo a las tres y veinte. Guardo el cuaderno, el libro va a la esquina del mostrador como todas las noches, y los dos folios los doblo otra vez en tres y me los meto en el bolso, y noto que él lo ve, y noto que él nota que yo he notado que lo ve, y ninguno de los dos hace nada al respecto.

—Buenas noches, Elías.

—Buenas noches, Nora.

Treinta y ocho pasos, la vuelta, la luz, el cartel.

Y en casa, a las cuatro de la mañana, en vez de contestarle a Rodrigo Pineda —que es lo que hay que hacer con un correo así, contestar rápido y agradecer, es lo mínimo— abro el cuaderno cuadriculado por la página treinta y uno y traduzco hasta que se hace de día.

Once páginas del capítulo siete. Ochenta y siete menos once, setenta y seis.

No es una respuesta. Ya lo sé. Es lo contrario de una respuesta.

Pero son las siete y media de la mañana y llevo tres horas y media haciendo la única cosa en el mundo que hago sin mirar el reloj, y esa cosa no está en Barcelona.