Noche 25 — miércoles 26 de noviembre
La noticia tarda en llegar al obrador veintiséis horas, que en este barrio es una eternidad y significa que alguien la ha estado guardando.
—¡Marga! —grita Chelo desde la puerta, sin entrar del todo, a la una menos veinte—. ¡Que es verdad!
Y a la una menos cuarto no cabemos.
Están Marga y Chelo con el delantal puesto y la harina en los antebrazos, que han dejado el obrador con el horno a medias y a un chaval solo, y según Vega eso no había pasado nunca.
Está Puri, que ha aparcado el taxi con los cuatro intermitentes.
Está Ramiro con el sombrero. Está Jandro, que hoy libra y que ha venido igual.
Está Vega con el flexo apagado y el cuaderno cerrado.
Está Awa, que entra la última, con el pijama de hospital debajo del abrigo, porque son sus dieciocho minutos de la una y media.
Y está Elías detrás del mostrador, haciendo cafés que nadie ha pedido.
—A ver —dice Marga—. Cuéntalo.
—No hay nada que contar.
—Elías.
—El contrato vence el treinta y uno. No lo renuevan. Ya está.
—¿Y por qué no lo renuevan?
—Porque hay una oferta de tres mil cien y yo pago trescientos cuarenta y dos.
Un silencio muy corto. Ramiro se quita el sombrero, y en un mes y medio solo se lo he visto hacer una vez.
—Trescientos cuarenta y dos —repite Puri.
—Trescientos cuarenta y dos.
—Coño.
—Ya.
—Es que es de risa. —Puri se vuelve hacia el resto de la sala—. ¡Que este paga trescientos cuarenta y dos euros por setenta metros en el centro de Madrid! ¡Con escaparate!
—Puri, eso no ayuda —dice Awa.
—Yo no estoy ayudando, estoy opinando.
Y entonces empieza. Y lo que empieza es lo más parecido a una asamblea que ha visto esta casa desde que la fundaron, y también, con diferencia, el peor comité de crisis del hemisferio.
—Una recogida de firmas —dice Vega.
—¿Para qué? —dice Awa.
—No sé. Para que se sepa.
—Ya se sabe, hija. El problema no es que no se sepa, el problema es que son tres mil cien euros.
—Un crowdfunding —dice Jandro.
—Un qué.
—Un crowdfunding, Ramiro. Que la gente pone dinero por internet.
—¿Y por qué iba la gente a poner dinero por internet para una librería en la que no ha estado nunca?
—Porque sale muy bien en vídeo. —Jandro levanta el móvil—. Yo esto lo grabo, lo subo y te lo peto. Librería que abre a las doce de la noche, señor misterioso, gata. Eso son dos millones.
—Jandro, como me saques en un vídeo te corto el crédito de las galletas.
—¡Es que es verdad!
—Una carta al ayuntamiento —dice Ramiro—. Firmada por el barrio. Yo redacto.
—Ramiro, el ayuntamiento no tiene nada que ver.
—El ayuntamiento tiene que ver con todo, señora. Usted es joven y no lo sabe.
—Yo conozco a uno —dice Puri.
Se hace un silencio distinto, expectante.
—¿A uno de qué? —pregunta Awa.
—A uno.
—Sí, pero de qué.
—Pues de cosas. De asuntos. —Puri hace un gesto vago con la mano que abarca la ciudad entera—. Lleva unos temas de locales.
—Puri —dice Marga—, ¿tú te estás oyendo?
—Yo digo que hay gente que sabe hablar con la gente.
—¡Que no vamos a mandar a nadie a hablar con la señora, por Dios!
—Nadie ha dicho de mandar a nadie.
—Lo has dicho tú.
—Yo he dicho que conozco a uno, que es distinto.
Y en ese punto exacto, en el que Chelo está proponiendo que el obrador pague la mitad de la renta nueva —lo dice en serio, con harina hasta los codos, y Marga la mira con una cara que es la de veinte años de sociedad limitada—, y en el que Ramiro ya ha sacado un bolígrafo, y en el que Vega está diciendo que su prima trabaja en una gestoría, Elías deja una taza en el mostrador con más ruido del necesario.
—Ya está.
Se callan.
—Os lo agradezco. De verdad. Pero esto es cosa mía.
—Elías… —empieza Marga.
—Es mi contrato, es mi local y es mi problema. —Coge el trapo—. Y no quiero a nadie de aquí metido en esto, ni recogiendo firmas, ni poniendo dinero, ni hablando con nadie. Ya está.
—Es que no es tu local —dice Awa.
Lo dice bajito. Sin agresividad. Con esa precisión suya de bisturí que sale a las dos de la mañana después de nueve horas de guardia.
—Es de la señora esa, en realidad. Tú lo que tienes es un contrato. —Se descalza un talón sin quitarse el zueco—. Y esto, esto de aquí dentro, no es tuyo tampoco. Esto es de todos los que llevamos años entrando.
—Awa.
—Vale. —Levanta las manos—. Vale. Es cosa tuya.
Y se lo bebe, y se va a las dos menos veinte, y detrás de ella se van todos en diez minutos, que es lo que pasa cuando alguien apaga una sala.
Marga y Chelo vuelven al obrador sin decir nada. Jandro se lleva dos galletas con una discreción que en él es duelo. Vega recoge el flexo. Ramiro se va el último de los mayores, con el bolígrafo todavía en la mano, y en la puerta se gira y dice, con toda la solemnidad de sus setenta y ocho años:
—Yo la carta la escribo igual.
—Don Ramiro.
—Que la escribo igual. Otra cosa es que se la mande.
Puri se va la penúltima. Coge las llaves del mostrador, se sube la cremallera de la cazadora y me mira a mí, no a él, porque yo llevo cuarenta minutos sentada en la banqueta de la esquina sin abrir la boca.
—Este —dice, señalándole con la barbilla— se cree que es el sereno del barrio.
Y se va.
Y la palabra se queda flotando en la librería con una nitidez incómoda, porque los dos sabemos de qué está hecha esta casa y de quién era el silbato que hay colgado detrás del mostrador.
Nos quedamos solos.
Él termina de recoger las tazas. Yo abro el cuaderno cuadriculado por la página veintitrés y no escribo nada durante siete minutos.
—Nora.
—¿Qué?
—Tú también.
—Yo también qué.
—Que tampoco quiero que te metas.
Y me lo dice mirando el fregadero, con las manos en el agua, y tiene el mismo tono con el que me acercó la estufa el quince de octubre, exactamente el mismo, y eso es lo peor de todo.
—No me he metido.
—Ya. Pero te conozco.
—Llevas conmigo mes y medio.
—Ya.
Cierro el cuaderno. Me pongo el abrigo. Me quedo un segundo con la mano en el respaldo de la silla, porque hay una frase esperando desde ayer a la una y cuarto de la tarde y esta parece la noche.
—Elías, cuando murió mi padre yo hice esto mismo.
Cierra el grifo.
—Durante cuatro meses no dejé que nadie me ayudara con nada. Ni con los papeles, ni con la casa, ni con el seguro. Mi hermana se ofreció catorce veces. Catorce, las conté. Y yo le decía que ya estaba, que lo tenía controlado, que no hacía falta.
—¿Y?
—Y lo tenía todo controlado, sí. Menos yo.
Silencio. La estufa. El agua goteando.
—Buenas noches, Nora.
—Buenas noches.
Treinta y ocho pasos, la vuelta, la luz, el cartel.
Y en casa, a las cuatro menos cuarto de la mañana, hago lo único que se me ocurre que no es meterme: abro el portátil, entro en el registro mercantil y busco cuánto factura una empresa de taquillas automáticas de reparto.
Solo mirar. Eso no es meterse.
A las cinco de la mañana tengo abiertas nueve pestañas, un bloc de notas con dos cifras y el registro mercantil pidiéndome que me identifique con certificado digital.
Me lo instalo.