El librero de medianoche Noche 24 — martes 25 de noviembre
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Noche 24 — martes 25 de noviembre

La caja pesa más de lo que parecía en mi salón.

Son los diccionarios y los libros de historia de mi padre, veintitantos, los que tengo clarísimo que no voy a leer nunca y que no soy capaz de bajar al contenedor, y llevo desde el lunes tres de noviembre con una frase dicha en una puerta metida en la cabeza: si hay alguna que no sepas dónde meter, tráela.

Llego a la travesía a las doce y cincuenta de la mañana.

De día esto es otro sitio y me cuesta reconocerlo.

El escaparate apagado tiene un aire de tienda cerrada por defunción, hay una furgoneta de reparto en doble fila justo delante y en el suelo, a la puerta, dos cartones aplastados que alguien ha dejado ahí porque de día esta acera es de todo el mundo.

Llamo con los nudillos, que es una cosa que no he hecho nunca en mi vida en este edificio.

Tarda. Abre en camiseta, con vaqueros y sin afeitar de dos días, y con esa cara de la gente a la que despiertas.

—Perdona. Perdona, no había pensado que…

—Que duermo.

—Que duermes.

—Pasa.

Dentro está oscuro y frío. Sin las siete lámparas encendidas, con la persiana del escaparate a medio subir y la máquina apagada, la librería parece más pequeña y más vieja, y se ven cosas que de noche no se ven: una mancha de humedad en la esquina del techo, el desconchón de la pared del fondo, lo torcido que está el suelo.

Deja la caja en el mostrador, mira dentro, saca el Sopena del setenta y uno y le da vueltas en la mano.

—Este es bueno.

—Es el que usaba él.

—Ya.

Y a las trece horas y cuatro minutos suena la campanilla y entra por la puerta el mundo de fuera.

Es una mujer de unos cuarenta y muchos, con abrigo de paño gris, botines de tacón corto y un maletín blando de esos de asa.

Trae el pelo mojado por la lluvia fina de mediodía.

Se para en la puerta, mira el local entero de un vistazo —el techo, las estanterías, el suelo, la máquina— con una manera de mirar que no es de clienta, y luego nos mira a nosotros.

—Buenos días. ¿Elías Ferrán?

—Sí.

—Beatriz Salaberri. —Se acerca, le da la mano—. Le he mandado un burofax esta mañana, pero me imaginaba que a esta hora estaría durmiendo, así que he preferido venir.

—Ya.

—No quería que se enterara por un papel.

Y ahí ya sabemos los tres qué clase de conversación es esta.

Yo me quedo donde estoy, junto a la caja de mi padre, en un rincón, con el abrigo puesto y sin ninguna razón para estar aquí, y ni ella me pregunta quién soy ni yo digo nada, y eso, en circunstancias normales, sería una descortesía, y no lo es, porque ella ha venido a decir una cosa y quiere decirla.

Saca del maletín una carpeta y no la abre.

—El contrato de este local es de mil novecientos setenta y dos, a nombre de Anselmo Roldán, con subrogación a su favor en 2023.

Se prorroga anualmente y vence el treinta y uno de diciembre.

—Habla despacio, sin adornos—. No lo voy a renovar.

Se lo digo hoy porque a lo mejor treinta y siete días le parecen pocos, y a mí también me lo parecen, y quería decírselo de frente.

—Vale —dice Elías.

—Le voy a dar los números, si me permite, porque si no parece otra cosa.

—Vale.

Y los da. Los da uno detrás de otro, sin levantar la voz y sin mirar la carpeta ni una vez, y yo, que llevo toda la vida traduciendo documentos y sé perfectamente cuándo alguien se sabe un expediente de memoria porque lleva meses durmiendo mal con él, entiendo dos cosas: que esta mujer no ha venido a disfrutar, y que no hay nada que rebatirle.

Que la renta de este local, actualizada desde el setenta y dos, son trescientos cuarenta y dos euros al mes.

Que un local de setenta metros con escaparate en esta zona está entre dos mil ochocientos y tres mil doscientos.

Que su padre, que murió en enero, mantuvo esa renta durante cuarenta años porque era amigo de Anselmo Roldán y porque le daba la gana, y que ella lo respeta, pero que ella no era amiga de Anselmo Roldán.

Que hay tres locales en el edificio y una comunidad con una derrama de ciento veinte mil euros aprobada en julio para la fachada y el tejado, que no es un capricho: es que hay una viga.

Que el impuesto de sucesiones de un edificio en el centro de Madrid se paga aunque el edificio no dé un céntimo, y que ella lo ha pagado con un préstamo.

Y que hay una empresa de logística que quiere los setenta metros para poner una sala de taquillas automáticas de reparto, veinticuatro horas, sin personal, con acceso por la travesía, y que ofrece tres mil cien euros al mes y diez años de contrato.

—Veinticuatro horas —digo yo, desde mi rincón, y me sale antes de decidirlo.

Beatriz Salaberri se gira. No con desprecio. Con la atención cansada de quien lleva un año contestando preguntas.

—Sí.

—O sea que el local va a seguir abierto toda la noche.

—El local va a seguir accesible toda la noche.

—Ya.

—No es lo mismo, ya lo sé —dice, y lo dice sin ironía ninguna, como quien reconoce un hecho técnico—. Pero es que a mí eso no me lo paga nadie.

Y ahí está el capítulo entero: una mujer con los números encima de la mesa diciendo la única frase de esta historia que no tiene respuesta.

Elías no ha dicho nada en cuatro minutos.

—¿Puedo preguntarle una cosa? —dice ella entonces, y por primera vez se le nota que esto no le gusta—. ¿Esto da dinero?

—No.

—¿Nada?

—Da para la luz y para mí.

—¿Y de qué vive usted?

—De eso.

Beatriz mira otra vez el techo, la humedad de la esquina, la pizarra pequeña de al lado de la caja con sus rayas de tiza que ella no puede entender.

—Mi padre venía aquí —dice.

—Lo sé.

—Yo no. —Cierra el maletín—. Yo vine dos veces de niña y me pareció un sitio oscuro lleno de señores mayores.

—Lo era.

Le tiende una tarjeta. Él la coge.

—Si necesita más plazo para vaciar, hablamos. Eso sí se lo puedo dar.

—Gracias.

—Buenos días.

—Buenos días.

Y se va. Y la campanilla suena, y por la ventana la vemos abrir un paraguas pequeño y bajar por la travesía con paso rápido, y todo ha durado once minutos.

Silencio.

Elías se queda mirando la tarjeta. Luego la deja en el mostrador. Luego coge la caja de mi padre, se la lleva a la trastienda y le oigo dejarla en el suelo, y le oigo abrirla, y le oigo sacar libros y ponerlos en algún sitio.

—Elías.

—Voy a ver dónde meto los diccionarios.

—Elías.

—Es que idiomas está lleno desde el inventario.

Y ya está. Ese es todo el temblor que le voy a ver esta mañana: un hombre de cuarenta y un años colocando por secciones los libros de un muerto a la una y cuarto de la tarde en un sitio que le quedan treinta y siete días.

Me voy a las dos. Antes de salir cojo el burofax, que está encima del mostrador, doblado en tres, y lo leo entero, porque para eso he trabajado quince años con documentos y porque necesito hacer algo con las manos.

Está bien redactado. No tiene un solo error. No hay nada que hacer con él.

Esa noche abre a las doce, como siempre.

Yo llego a las doce y veinte y me encuentro las siete lámparas encendidas, la estufa a tope, la máquina caliente y a un hombre detrás del mostrador que dice «¿lo de siempre?» como si el día no hubiera existido.

Y lo que pienso, mientras me quito el abrigo, es que la última vez que vi a alguien comportarse exactamente así fue mi padre, en la primavera de 2020, poniendo la mesa para cuatro el día que volvió del médico.