El librero de medianoche Noche 23 — viernes 21 de noviembre
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Noche 23 — viernes 21 de noviembre

Duermo tres horas y me despierto a las diez de la mañana con el libro en la almohada y con una idea fija.

La idea fija es que tengo que decírselo.

Y me paso el viernes entero —un viernes de noviembre, gris, con una revisión de dos jurados que despacho a las cuatro de la tarde sin enterarme de lo que traduzco— fabricando el modo. Porque hay maneras y maneras de entrar en un sitio y decirle a un hombre que has leído un libro.

Está la manera normal: «Oye, me lo he leído entero.» Que es la verdad y que dura tres segundos.

Y está el problema, que es que no es eso lo que quiero decir.

Lo que quiero decir es que anoche, a las seis y cuarto de la mañana, cerré un libro por primera vez en veinte meses, y que estuve llorando en el salón como una idiota, y que lo primero que pensé no fue en mi padre, ni en mí, ni en la mujer de Nueva York que escribía cartas: lo primero que pensé fue en cruzar cuatrocientos doce pasos a las seis y cuarto de la mañana para decírselo a alguien que a esa hora estaría desmontando una cafetera.

Eso no se dice. Eso es lo que no se dice.

Llego a las doce y veinte.

—¿Lo de siempre?

—Sí.

Y me siento en la mesa de la ventana y saco el portátil y no digo nada durante cuarenta minutos, que es lo que tarda una persona adulta en reunir el valor necesario para una frase de siete palabras.

Ramiro está discutiendo con Jandro sobre si las bicicletas deberían pagar impuesto de circulación.

Awa no viene los viernes. Vega tiene el flexo encendido y un cuaderno de Química que es, según ella, «el infierno».

Puri entra a la una, deja las llaves en el mostrador, se lleva un libro y se va con una prisa que no explica.

A la una y veinte me levanto a por agua y me paro en el mostrador de vuelta.

—Elías.

—Dime.

—Me lo he leído.

Deja el trapo. Sabe perfectamente cuál, porque en esta casa solo hay un libro que me haya dado sin envolver.

—¿Entero?

—Entero.

—¿En cuánto?

—Una noche.

Y entonces este hombre, que en mes y medio no ha levantado la voz ni una vez, dice:

—Joder.

Lo dice bajito, para él, mirando el mostrador, y es la única palabrota que le he oído en toda mi vida, y me hace una gracia enorme y a la vez me pone algo del revés en el pecho.

—Lo terminé a las seis y cuarto.

—¿De la mañana?

—De la mañana.

—¿Y qué hiciste?

Y ahí está la pregunta.

Es la primera vez en mes y medio que este hombre me pregunta algo que no sea si quiero azúcar. Y me la hace con una tranquilidad absoluta, secándose las manos, sin mirarme, dejándome toda la salida del mundo por si no quiero contestar.

Tengo dos opciones y las dos las veo con una nitidez desagradable.

—Nada —digo.

—Vale.

Vuelvo a mi mesa.

Y trabajo cuarenta minutos más, y en esos cuarenta minutos no traduzco una sola línea aprovechable, porque lo que estoy haciendo en realidad es una cosa muy antigua y muy tonta que consiste en discutir conmigo misma sobre lo que acabo de no decir.

A las dos y cuarto vuelvo al mostrador con la taza vacía, que no hace ninguna falta llevar porque él las recoge.

—Mentira.

Levanta la cabeza.

—Que lo que hice a las seis y cuarto no fue nada —digo—. Lo que hice fue quedarme sentada en el sofá pensando en venir a contártelo.

Silencio.

—Y no vine porque son las seis y cuarto de la mañana y porque una mujer de treinta y seis años no cruza Madrid a esa hora para decirle a nadie que ha terminado un libro. —Dejo la taza en el mostrador—. Ya está. Ya lo he dicho. Ahora si quieres me subo a una escalera y coloco algo.

Y Elías Ferrán se ríe.

No la risa de la noche de difuntos, que fue una carcajada con la Faema de por medio y veinte testigos. Esta es otra: baja, corta, por la nariz, con la cabeza agachada y la mano en el borde del mostrador. Y dura tres segundos. Y cuando levanta la cara ya no se ríe pero le ha quedado algo.

—Haber venido —dice.

—¿A las seis y cuarto?

—Yo cierro a las seis menos veinte, pero enciendo la máquina otra vez, que tarda ocho minutos.

—¿Y eso lo haces por todo el mundo?

—No.

Y coge el trapo, y se va a la trastienda, y me deja ahí de pie con la taza vacía y con esas dos letras dándome vueltas.

La noche se estira.

Vega recoge a las dos y media. Ramiro se va a las tres menos cuarto, del brazo de nadie todavía, porque en noviembre la señora Amparo aún no baja. Jandro se lleva dos galletas y una advertencia.

Y a las tres y veinte estamos solos, y hay que subir tres cajas de la trastienda a la balda alta de la sección diecinueve, y él las sube y yo se las paso, y ahí es donde pasa lo que pasa.

Le paso la tercera caja con los brazos estirados por encima de la cabeza, él la coge desde el cuarto peldaño de la escalera de tijera, y la caja pesa más de lo que parece y se me va la mano hacia la izquierda, y él suelta una mano para sujetarla y me coge por la muñeca.

Un segundo. Dos.

La mano entera, la derecha, la de la marca blanca, cerrada alrededor de mi muñeca izquierda, con la caja apoyada en el hombro y sin ningún peligro real en ninguna parte.

—Ya la tengo —dice.

—Ya.

Y no me suelta.

Y yo tampoco me muevo, y estamos así en una librería vacía a las tres y veinte de la mañana, él en el cuarto peldaño y yo abajo con el brazo levantado, mirándonos desde dos alturas distintas y sin ningún motivo en el mundo para seguir en esa postura.

Después me suelta. Coloca la caja. Baja. Tercer peldaño: el crujido.

Y ninguno de los dos dice nada del asunto, y seguimos con la sección diecinueve, y a las cuatro menos cuarto me pone un cortado que no he pedido y que ya es el tercero de la noche y que no me va a dejar dormir hasta las nueve.

Me lo bebo entero.

Me voy a las cuatro y diez.

—Hasta mañana, Elías.

—Hasta mañana, Nora.

Fuera hace un frío que corta y hay escarcha en el techo de los coches, la primera del año. Treinta y ocho pasos, la vuelta: la luz, el cartel girándose, CERRADO.

Y voy andando a casa por una calle helada con la muñeca izquierda ardiendo como si me hubieran puesto una marca, y pensando, con una lucidez que no me corresponde a esta hora, dos cosas.

La primera es que ocho minutos es lo que tarda esa máquina en calentar.

Y la segunda es que este hombre acaba de decirme, sin decírmelo y usando un electrodoméstico de mil novecientos setenta y cuatro, que puedo llamar a su puerta a las seis y cuarto de la mañana.