El librero de medianoche Noche 22 — jueves 20 de noviembre
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Noche 22 — jueves 20 de noviembre

El táper es lo más difícil que he hecho en año y medio.

No la comida: la comida es un guiso de garbanzos que me sale bien porque es de mi madre y porque no tiene mérito ninguno, se hace solo, se deja al fuego y se olvida una de él dos horas.

Lo difícil es lo otro. Lo difícil es meterlo en una bolsa de tela a las once y media de la noche, bajar con ello a la calle, andar cuatrocientos doce pasos con una bolsa que pesa y que no es un bolso, y empujar la puerta de una librería con la bolsa en la mano sabiendo que va a haber que decir algo.

Porque no existe la manera. Lo he pensado todo el día. «Te he traído esto» suena a una cosa. «Me sobró» es mentira y además se nota. «Es que hice de más» es la misma mentira con abrigo.

Entro a las doce y veinte. No hay nadie todavía. Él está en la máquina.

—¿Lo de siempre?

—Sí.

Dejo la bolsa en el mostrador. Suena a lo que suena un táper lleno cuando lo dejas en una madera.

—Es un táper.

Se gira. Mira la bolsa. Me mira a mí.

—Vale.

—De garbanzos.

—Vale.

—Está caliente todavía, si lo pones un minuto en algún sitio, o frío también está bueno, pero mejor caliente.

—Vale.

—Y devuélveme el táper cuando sea, que es de mi madre.

Y entonces él hace algo que no le he visto hacer en un mes y medio: se queda quieto, con las dos manos apoyadas en el mostrador, mirando una bolsa de tela con un táper dentro, el mismo tiempo que tardé yo el otro día en liarme una bufanda.

—Gracias —dice.

—De nada.

—No —dice—. Gracias.

Y coge la bolsa y se la lleva a la trastienda, y desde donde estoy le oigo abrir y cerrar el frigorífico pequeño dos veces, la segunda sin motivo.

La noche pasa. Vega estudia, Ramiro discute, Puri entra y sale, Jandro pide un libro que sea de risa «pero de otra clase de risa». A las tres se han ido todos.

Y yo tengo dos cosas dentro desde el martes y solo he traído una en la bolsa.

—Elías.

—Dime.

—El martes por la mañana te vi.

Está secando la boquilla de la máquina. No deja de secarla.

—A las siete y cuarenta —digo—. Saliendo de Urgencias. Yo estaba en el banco de la placita de atrás porque se me ha dado la vuelta el sueño y no sabía qué hacer conmigo.

Silencio. Un silencio de los suyos, que no son incómodos, que son solo silencio.

—Y te seguí media calle.

Ahí sí para.

—Cincuenta pasos —digo—. Los conté, porque los cuento todos, y a los cincuenta y cinco me paré y me di la vuelta y me fui a mi casa.

Y llevo desde el martes queriendo decírtelo, porque una cosa es que no pregunte y otra que te esté siguiendo por la calle sin decírtelo. Eso es peor. Eso es mucho peor.

Deja el paño. Se apoya de espaldas en el fregadero, con los brazos cruzados, y se queda mirando el suelo un rato.

—¿Awa te contó lo de la sala de espera?

—El miércoles. Sin saber lo que contaba.

—Ya.

—No le dije nada.

—Ya lo sé. —Levanta la vista—. Si se lo hubieras dicho, ella habría venido a decírmelo. Es así.

Y entonces me lo cuenta.

Tarda cuatro minutos. Los cuento sin querer, porque el reloj de la pared está justo detrás de él.

Dice que fue enfermero doce años, en la UCI y luego en Urgencias, casi siempre de noche.

Dice que en 2019 tuvo una noche mala en el trabajo y que al llegar a casa se encontró a su pareja con las maletas hechas, y lo dice en ese orden y con esas palabras, «una noche mala», «se iba», sin una sola palabra de más.

Dice que anduvo por Madrid sin rumbo hasta la madrugada siguiente y que se encontró esta puerta abierta, y que un señor le puso un café y no le preguntó nada, y que volvió al día siguiente y al otro.

Dice que cuando Anselmo enfermó pidió una excedencia, y luego otra, y que al final se quedó.

Dice que Anselmo murió en septiembre del veintitrés y que le dejó las llaves en un sobre encima de una mesa camilla.

De lo de los libros del hospital dice esto:

—Ahí dentro, de madrugada, no se puede hacer nada. Solo mirar una puerta.

—Ya me lo dijo Awa.

—Pues eso.

—¿Y por qué no lo firmas?

—Porque entonces habría que darme las gracias.

Y ahí lo entiendo todo, y me entra un enfado que no tiene ningún sentido y que me dura tres segundos: que este hombre lleva cinco años yendo a las siete y cuarenta de la mañana a dejar libros a la gente que está mirando una puerta, y que lo hace sin firmar precisamente para que nadie pueda hacer con él lo que él hace con todos, que es acercarles la estufa.

—Elías.

—¿Qué?

—Eres muy raro.

—Ya.

—Y el guiso lo he hecho porque quería, no porque me sobrara.

—Ya lo sé.

—Vale.

—Vale.

Nos quedamos los dos a un metro de distancia con el mostrador en medio, muertos de vergüenza, dos personas adultas, y en algún momento de ese silencio se me pasa por la cabeza una cosa que no había pensado nunca con estas palabras exactas, que es que llevo un mes y medio viniendo aquí todas las noches y que ya no vengo por el sitio.

Él se aparta primero. Va hasta la sección de la pared del fondo, la de siempre, y vuelve con un libro pequeño, y lo deja delante de mí. Sin envolver.

—Este no lleva papel.

—¿Por qué no?

—Porque no es un préstamo.

Lo cojo. Es delgado, de bolsillo, con una cubierta antigua: 84, Charing Cross Road , de Helene Hanff.

—¿De qué va?

—De una mujer de Nueva York que le escribe cartas a una librería de Londres durante veinte años para pedir libros.

—¿Y?

—Y no se conocen nunca.

—Qué alegre.

—Es alegrísimo —dice—. Ese es el asunto.

Le doy la vuelta. En la primera página, arriba a la izquierda, hay un precio a lápiz muy antiguo, y debajo, con la letra inclinada, dos palabras: no vender .

—Elías, esto es de Anselmo.

—Es de la casa.

—Pues entonces no puedo…

—Nora. —Coge el trapo, que ya no sirve para nada—. Este no se devuelve.

Y se va a la trastienda otra vez, a abrir y cerrar el frigorífico pequeño por tercera vez esta noche.

Me voy a las tres y veinte con un libro que no está envuelto en papel de estraza y sin ninguna instrucción sobre qué hacer con él.

Treinta y ocho pasos, la vuelta, la luz, el cartel.

En casa lo abro nada más quitarme el abrigo, de pie, con las llaves todavía en la mano.

Lo termino a las seis y cuarto de la mañana, entero, de una sentada, ciento veintitantas páginas, sin que se me vaya una sola frase por la ventana.

Es el primer libro que leo desde marzo del año pasado.

Y lloro, pero no por el final, que ya me imaginaba yo cómo iba a acabar una historia de dos personas que se escriben veinte años y no se ven nunca.

Lloro por otra cosa. Lloro porque son las seis y cuarto de la mañana de un viernes, y porque tengo el pecho lleno de una novela como se llena una cisterna, y porque la única persona a la que quiero contárselo ahora mismo está a cuatrocientos doce pasos de aquí desmontando una cafetera, y porque no me atrevo a ir.