El librero de medianoche Noche 20 — miércoles 19 de noviembre
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Noche 20 — miércoles 19 de noviembre

Awa llega a la una menos cuarto de un humor excelente, que en ella significa que la guardia ha ido bien y que se ha tomado el cortado descafeinado de pie, hablando, en vez de sentada y callada.

—Se ha salvado —dice, y no dice más, y eso también es una manera de contar algo sin faltarle a nadie.

Está Vega en la mesa del fondo, con el flexo y con la EvAU de junio a siete meses de distancia y ya instalada en la casa como un rumor de fondo.

Está Ramiro, que ha traído una tortilla de patata envuelta en papel de aluminio y que la ha traído para que se la valoremos, no para compartirla, aunque acaba compartiéndola.

—Está cruda —dice Puri.

—Está jugosa.

—Está cruda, Ramiro.

—Charo la hacía así.

—Charo la hacía cuajada y usted lo sabe.

—Charo la hacía como le daba la gana, que para eso era su cocina.

Y con eso gana el debate, porque es imbatible, y Puri se come dos trozos más de una tortilla que sigue estando cruda.

Yo estoy en la mesa de la ventana con el cuaderno cuadriculado abierto por la página nueve y con el libro verde al lado, sujeto por el lomo con una goma para que no se cierre, y llevo desde las doce y media traduciendo un párrafo en el que no pasa nada: una mujer barre un colmado a las dos de la mañana y piensa en el precio del azúcar.

En la página ciento nueve, Anselmo se había rendido con esta frase. Está tachada tres veces y hay una nota en el margen: «demasiado sencillo para ser tan difícil». No lo puedo decir mejor y no lo pienso intentar.

A la una y media, con la tortilla ya en fase de reparto, Awa se sienta a mi mesa con la taza en la mano.

—¿Y esto qué es?

—Una novela inglesa que no está traducida.

—¿Y la estás traduciendo tú?

—No. —Miro el cuaderno—. Sí.

—Vale.

—Es larga la explicación.

—Yo tengo dieciocho minutos —dice, y mira el reloj— y luego me voy a dormir catorce horas.

Se la cuento por encima: el fichero, la ficha, mi padre, los veintinueve préstamos, el libro verde con los márgenes escritos, los dos señores muertos y las ochenta y siete páginas en blanco.

Se la cuento en cinco minutos, con la voz de quien resume un expediente, porque es la única manera de que me salga sin que se me rompa por la mitad.

Awa escucha con las dos manos alrededor de la taza. Cuando termino, se queda un rato mirando el libro verde.

—Menudos dos —dice.

—Menudos dos.

—Aquí la gente hace cosas rarísimas de noche. —Da un sorbo—. En el hospital tenemos una parecida.

—¿Una qué?

—Una historia rara. —Se ríe sola—. Bueno, no es una historia. Es una cosa que pasa.

Y yo, que llevo desde el martes por la mañana con un anorak y un paquete de estraza dándome vueltas por dentro, me pongo a colocar el bolígrafo en paralelo al canto del cuaderno.

—¿Qué cosa pasa?

—En la sala de espera de Urgencias aparecen libros.

—¿Aparecen?

—Aparecen. Tres o cuatro, cada pocos días.

Envueltos en papel de estraza, con un cordel, así, en la mesita de las revistas o en una silla.

Y en el papel, escrito a lápiz, pone el título y una especie de instrucción.

—Awa mueve la mano como quien lee un cartel—.

«Dos capítulos y a dormir.» «Este empiécelo por la mitad. » «No es un libro alegre. Léalo igual.»

Tengo el bolígrafo paralelo al canto del cuaderno.

—¿Y quién los deja?

—Nadie lo sabe. Llevan años apareciendo.

Las supervisoras lo llaman el fantasma de los libros, y las auxiliares dicen que es un celador que se jubiló, y hay una teoría de que es una familia que perdió a alguien.

—Se encoge de hombros—. La dirección al principio quiso quitarlos, porque nadie sabía de dónde salían y por si acaso, ya sabes, aquí un paquete sin dueño genera papeleo.

Y hubo un follón considerable, porque la gente los coge.

—¿La gente los coge?

—La gente se los lleva, Nora. —Deja la taza—.

Tú no has estado nueve horas en una sala de espera de Urgencias de madrugada esperando a que te digan una cosa.

Ahí dentro no se puede leer, no se puede dormir, no se puede llorar bien porque hay veinte personas, no se puede hacer nada.

Solo se puede mirar una puerta. Y alguien pone en la mesa un libro envuelto con una nota que te dice qué hacer con él.

—¿Y funciona?

—A mí me da igual si funciona. —Se calza el talón, se levanta, coge el abrigo—. Yo lo que sé es que en cinco años he visto a mucha gente en esa sala con un paquete de esos en las rodillas, sin abrirlo, agarrado con las dos manos. Ahí lo que se lee es poco. Se sostiene.

Se pone el abrigo. En la puerta, con la mano ya en el picaporte:

—Elías, me voy.

—Descansa.

—Catorce horas.

—Doce.

—Catorce.

Y se va.

Y yo me quedo en la mesa de la ventana con un cuaderno cuadriculado, con un libro verde sujeto por una goma, con un bolígrafo paralelo al canto y con las manos absolutamente quietas.

Papel de estraza. Cordel. Escrito a lápiz. El título, y debajo una instrucción.

Sin firma.

Las siete y cuarenta de la mañana. Un anorak.

Un paquete del tamaño de tres libros bajo el brazo, saliendo, no entrando.

Un hombre que no mira a los lados al salir de un hospital porque no necesita orientarse, porque ha salido por esa puerta ocho mil veces, porque hubo doce años en que salía por esa puerta a las siete y cuarenta de la mañana con la ropa de calle puesta y el turno terminado.

Tú has hecho noches.

Se te nota en cómo mueves las sillas.

Levanto la cabeza.

Está al fondo, a la izquierda, subido a la escalera de tijera con la lista del inventario entre los dientes, colocando la sección veintitrés.

Ramiro le está contando desde su silla una cosa larguísima sobre un cuñado suyo de Villalba.

Vega ha apagado el flexo y está recogiendo.

Puri discute con el manos libres. La estufa zumba.

La gata duerme en la manta de cuadros que yo devolví el lunes.

Y aquí dentro solo hay una persona que sepa lo que estoy pensando ahora mismo, y esa persona no está subida a la escalera.

Soy yo.

No digo nada.

Recojo a las tres y veinte, cierro el cuaderno, meto el libro verde donde él lo deja siempre, en la esquina del mostrador, y me pongo el abrigo.

—Buenas noches, Elías.

—Buenas noches, Nora.

Le miro medio segundo más de lo que le he mirado nunca. Él está apuntando algo en la lista con el lápiz de carpintero: la sección veintitrés, ciento cuarenta y dos volúmenes, y una raya al lado de los que faltan.

Cuarenta y un años. Doce de guardias. Cinco años de fantasma.

Y ni una sola vez, en mes y medio, me ha preguntado a mí qué me pasaba.

Ahora ya sé por qué.

En la calle hace la primera helada del otoño y el suelo brilla de una manera que no había visto este año. Treinta y ocho pasos, la vuelta, la luz, el cartel.

Y esta noche, por primera vez desde el seis de octubre, no espero a ver si se apaga la lámpara.

Echo a andar antes, porque hay una cosa que quiero hacer en casa, y esa cosa es abrir el cuaderno por la página nueve y seguir traduciendo hasta que me duela la mano, ya que resulta que en esta ciudad la gente sostiene a otra gente con paquetes de papel de estraza sin firmar, y yo, que llevo un mes y medio recibiendo tres a la semana, hasta el martes me creía que era la única.