El librero de medianoche Noche 19 — lunes 17 de noviembre
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Noche 19 — lunes 17 de noviembre

El sábado dormí de diez de la mañana a nueve de la noche.

Once horas seguidas, con la persiana bajada y el móvil boca abajo, y me desperté con esa resaca de los que duermen de día y con la sensación exacta de haber cometido una falta administrativa.

El domingo no fui a la librería porque no había manera humana de tener sueño a ninguna hora, y me quedé en casa haciendo lo que hace la gente cuando se le da la vuelta el reloj: cosas raras a horas raras.

Fregué el baño a las cuatro de la mañana.

Pasé a limpio las cinco servilletas en un cuaderno a las seis.

A las siete, cuando empezó a salir luz por la persiana, ya llevaba dos páginas y media del capítulo cinco.

Eso no es no perder las servilletas. Eso es otra cosa. Pero ya la miraremos.

El lunes por la noche llego a las doce y veinte con la manta de cuadros doblada dentro de una bolsa de tela.

—La manta.

—Podías haberla dejado.

—Es que ya me la había llevado.

—Ya.

La deja en el respaldo del orejero, y Colometa, que estaba encima de una caja, se baja de la caja y se sube a la manta, y así queda cerrado ese asunto.

La librería sigue medio desmontada del inventario. Hay dos torres de libros junto a la sección catorce y una lista cuadriculada clavada con una chincheta en el canto de una balda.

—¿Cuánto te falta?

—Tres secciones.

—¿Y por qué no lo has hecho hoy?

—Porque hoy había gente.

Miro alrededor. Somos cuatro personas contando la gata.

—Elías, no había nadie.

—Había cuatro. —Coge el trapo—. Y una estaba en el sillón.

Y se va a la trastienda con el trapo al hombro, dejándome de pie con el cortado doble en la mano y con la boca abierta, otra vez, como en el mostrador de cualquier otro martes.

La noche es tranquila y va lenta y la aprovecho: pasan Jandro y Ramiro y se van pronto, no viene Puri, y a las tres y media estoy sola con el cuaderno y con el libro verde delante, que él ha bajado del estante alto y ha dejado en la esquina del mostrador sin decir nada, como quien deja las llaves de casa encima de la mesa.

La página ciento seis tiene un problema que no sé resolver.

En inglés hay una frase que dice que la mujer del colmado deja la puerta on the latch , y eso es una manera de cerrar que aquí no existe, porque aquí las puertas se cierran o no se cierran, y ella la deja en un estado intermedio que significa «no está abierta, pero si empujas se abre».

Cuarenta minutos. Cuarenta minutos con una frase de once palabras, tachando, y al final escribo entornada con dos interrogaciones al lado y me acuerdo de un margen a lápiz que dice «¿o quieta ?

», y me río sola en una librería vacía a las cuatro de la mañana.

A las seis menos veinte Elías empieza a apagar cosas.

Nunca he estado aquí a las seis menos veinte.

Yo me voy a las tres, o a las cuatro menos cuarto, o a las cuatro.

Es la primera vez que veo el final de verdad: apaga la máquina, la desmonta, deja las piezas en el fregadero, saca la caja del día —que es una caja de metal, no una caja registradora de verdad—, cuenta lo que hay dentro sin apuntarlo en ningún sitio, apaga cuatro lámparas.

—¿Ya está?

—Ya está.

—¿Y siempre a esta hora?

—Cuando no queda nadie.

Y ahí, con el bolso al hombro, siento la tentación de decírselo. Está a un metro. Sería una frase: «Ya sé lo del marco.» Y quizá me contaría por qué las doce, y quizá no, y quizá se quedaría mirando la madera igual que se quedó la noche de difuntos.

—Hasta mañana, Elías.

—Hasta mañana, Nora.

Salgo a la calle a las seis menos cinco de la mañana de un martes.

Está oscuro todavía, pero es otro oscuro: hay autobuses.

Hay dos hombres descargando cajas en el bar de la esquina, hay un contenedor abierto, hay una señora con un perro pequeñísimo.

Marga y Chelo tienen el obrador con las luces a tope y la puerta abierta, y de ahí sale la única cosa que huele bien en toda la ciudad a esta hora.

Y yo no tengo sueño.

Así que hago lo que llevo un año y medio haciendo cuando no tengo sueño, que es andar.

Bajo por la travesía, cruzo, subo por la calle ancha, doy la vuelta al edificio de ladrillo, y a las siete y veinte estoy sentada en un banco de la placita de detrás del hospital con un café de máquina en la mano, viendo cómo se pone gris el cielo y cómo va llegando el turno de mañana con las bolsas de deporte y las tarjetas colgadas del cuello.

A las siete cuarenta sale Elías por la puerta de Urgencias.

Lo veo bien. Está a treinta metros, con luz de día, con un anorak que no le he visto nunca, y sale por esas puertas correderas grandes con la naturalidad de quien ha salido por ahí ocho mil veces.

Lleva un paquete bajo el brazo.

Papel de estraza. Cordel. Del tamaño de tres libros.

Se queda un momento en la acera, se sube la cremallera hasta arriba y echa a andar hacia la calle ancha, hacia el barrio, con las manos en los bolsillos y el paquete apretado con el codo.

Me levanto sin pensarlo.

Y voy detrás. Media calle. Cuarenta metros, cincuenta, a esa distancia idiota en la que una se convence de que va en la misma dirección por casualidad, con el corazón haciendo un ruido que no le corresponde a las siete y cuarenta y dos de la mañana de un martes.

Se me ocurren tres cosas y las tres a la vez.

La primera es que está enfermo, y que lo que lleva ahí son resultados, y que por eso abre de noche y por eso duerme de día y por eso hay un hombre de cuarenta y un años viviendo encima de una librería sin que nadie sepa nada de él.

La segunda es que ha ido a ver a alguien.

Que tiene a alguien ahí dentro. Que lleva un mes y medio poniéndome manzanilla y cortados dobles y arrastrando estufas y que a las siete de la mañana tiene una vida entera de la que yo no sé una palabra, lo cual, por otra parte, es lo normal, porque yo soy una clienta.

La tercera es la buena, la que va por debajo de las otras dos y que no formulo hasta el paso número cincuenta y cuatro: que ese paquete está envuelto igual que los míos. Dos dobleces. Cordel dos vueltas. Un nudo que no es un lazo.

Y en el paso cincuenta y cinco me paro en seco en mitad de la acera, y un chico con una mochila me esquiva y me llama algo por lo bajo.

Porque esto ya no es andar en la misma dirección.

Esto es seguir a un hombre por la calle a las siete y cuarenta y cinco de la mañana para averiguar una cosa que él no me ha contado, y hay un nombre para la gente que hace eso, y yo llevo un mes y medio entrando en una casa donde nadie me ha preguntado nada, ni una sola vez, ni el día que entré temblando por la puerta.

No pienso ser la primera en preguntar por la ventana.

Me doy la vuelta y echo a andar en dirección contraria, hacia mi casa, con los puños en los bolsillos y una rabia rarísima que no sé contra quién es.

Llego a casa a las ocho y diez. Bajo la persiana. Me meto en la cama.

Y no me duermo, claro, porque estoy despierta y porque ahora ya sé una cosa que ayer no sabía, aunque no sepa qué cosa es.

Y porque hay un detalle que no se me quita de la cabeza y que no es el anorak, ni el paquete, ni la hora.

Es que, cuando ha salido por esas puertas, no ha mirado a los lados.

La gente que sale de un hospital mira a los lados. Se orienta. Busca la parada, busca el coche, busca por dónde se sale.

Él ha salido y ha girado directamente a la izquierda.