El librero de medianoche Noche 18 — viernes 14 de noviembre
42%

Noche 18 — viernes 14 de noviembre

—El inventario es la noche del catorce —me dice Vega el jueves, recogiendo el flexo—. Siempre.

—¿Y qué pasa la noche del catorce?

—Que no cabe nadie. Sacan todo el fondo de la trastienda, lo cuentan, y hasta las siete de la mañana no cierran. —Se cuelga la mochila—. Mi madre me deja venir un rato porque es viernes. Cuenta muy mal, pero le gusta.

—¿Y por qué el catorce?

—Ni idea. Pregúntale.

Le pregunto el viernes a las doce y veinte, en cuanto entro, y Elías, que está sacando cajas de la trastienda con las mangas subidas y una cara de faena que no le he visto nunca, contesta sin pararse:

—Porque Anselmo lo hacía el catorce.

—¿Y él por qué?

—Porque su padre libraba el catorce.

—¿Su padre no era sereno?

—Sí.

—¿Y qué tiene que ver que librara un sereno en mil novecientos cuarenta y tantos con que tú cuentes libros esta noche?

Deja la caja en el suelo, se endereza y se seca la frente con el antebrazo.

—Nada —dice—. Absolutamente nada.

Y se va a por otra caja.

A la una y media aquello es un campo de batalla.

Hay treinta y tantas cajas por el suelo, hay dos torres de libros en cada mesa, hay una lista de papel cuadriculado con la letra de Anselmo en la que las secciones vienen numeradas del uno al veintiséis, y hay, contando, un equipo de trabajo que se ha formado solo y que nadie ha convocado: Vega y su madre en las novelas, Jandro subido a la escalera de tijera cantando los títulos de la balda alta —«¡Este está del revés!

» «Pues dale la vuelta, Jandro»—, Ramiro sentado en su silla con la lista y un bolígrafo, oficiando de secretario judicial, y Awa, que ha salido de guardia a las once y que en vez de irse a su casa ha venido aquí a contar libros de bolsillo con una precisión de farmacéutica.

Y yo.

Yo llevo hora y media de rodillas en el suelo con las cajas de la sección catorce, que es la de idiomas y diccionarios, y que está, como diría mi padre, hecha unos zorros.

—Aquí hay un método de alemán en dos tomos y solo está el segundo.

—Ponlo igual —grita Ramiro desde su silla—. Que lo escriba tal cual: método de alemán, tomo dos, sin tomo uno.

—¿Y sirve de algo?

—Señora, la contabilidad no sirve para nada, la contabilidad es la contabilidad.

A las dos y media el ambiente ha degenerado en fiesta de barrio.

Marga y Chelo han mandado una bandeja desde el obrador con un chaval del turno de noche que la ha dejado en el mostrador y ha salido corriendo.

Puri ha llegado, ha declarado que ella hoy no cuenta nada porque el año pasado contó y la trataron fatal, y se ha puesto a contar.

Y a las tres y cuarto, cuando ya solo quedan las cajas del rincón, Elías se agacha a mi lado a por la última de idiomas.

Es una caja mediana, de las de fruta, con dos asas de plástico. Yo la cojo por la derecha. Él la coge por la izquierda.

Y los dos, a la vez, cambiamos de mano.

Yo paso la mano izquierda al asa de la izquierda para levantar equilibrado y él pasa la derecha a la derecha por el mismo motivo, y las dos manos aterrizan en el mismo asa, la izquierda mía debajo, la derecha suya encima, y ahí se quedan.

No es nada. Es un asa de plástico de una caja de fruta con veintidós diccionarios dentro.

Tiene la mano caliente y áspera, con esa marca blanca que va del pulgar a la muñeca y que llevo un mes mirando de reojo, y noto perfectamente el momento en que él no la retira, que es exactamente el mismo momento en que yo no retiro la mía.

Estamos los dos agachados a la altura del suelo, con la caja entre las rodillas, sin levantar la cabeza, y llevamos así uno o dos segundos, o cuatro, y la sección catorce ha dejado de ser un problema del inventario.

—¿Interrumpo?

Puri.

De pie, a metro y medio, con una torre de nueve libros en los brazos y una expresión que va a durar en mi memoria hasta el día que me muera.

—No —digo.

—Sí —dice Elías.

Y suelta la caja, se levanta, se va a la trastienda a por nada, y Puri deja los nueve libros en la mesa con una parsimonia de funcionaria y me mira, y no dice nada, que en Puri es una forma de gritar.

—Es una caja —digo.

—Yo no he dicho nada.

—Estás diciendo mucho.

—Yo estoy contando libros. —Se va tres pasos y se gira—. Cuarenta y tres años llevo yo cogiendo cajas y todavía no se me ha quedado la mano ahí.

A las cuatro y media se va Vega con su madre, que le hace bajar del taburete a base de mirarla.

A las cinco menos cuarto se va Jandro con dos bollos de la bandeja y el mérito indiscutible de haber contado la balda alta entera.

A las cinco se va Ramiro, y le entrega la lista a Elías como quien entrega un sumario, y hay que ayudarle con el abrigo.

Awa se ha ido a las cuatro, dormida de pie.

Puri se va la última y se lo toma con calma. En la puerta, con las llaves ya en la mano:

—Elías.

—¿Qué?

—Nada.

Y se va.

Quedan la sección veintitrés y la veinticuatro, que son las de arte y las de viajes, y quedamos él y yo.

Yo me siento en el sillón orejero con una caja delante y una lista al lado, y le canto los títulos, y él los apunta, y llevamos así un rato largo cuando la caja se acaba y no me levanto a por otra.

—¿Vas?

—Voy —digo.

Y no voy.

La estufa está a un metro. He dormido nueve horas en cuatro días. El orejero lleva cincuenta años enseñando a la gente a hundirse en él y yo llevo un mes de alumna.

Lo último que recuerdo es el ruido del lápiz.

Me despierta la luz.

No la de las lámparas. La otra: una luz gris y baja que entra por el escaparate y que le da a la librería un aspecto que no le he visto nunca, de sitio recién descubierto, de fotografía antigua.

Tengo una manta por encima. Tengo a Colometa en las rodillas. Tengo el cuello a una torsión de romperse y son, según el reloj de la pared, las siete y veinte de la mañana.

Elías está en el mostrador con la lista, terminando.

Y las lámparas siguen encendidas. Las siete.

—Buenos días —dice, sin levantar la vista.

—¿Qué hora es?

—Las siete y veinte.

—¿No has cerrado?

—No.

—¿Por qué no has cerrado?

Y ahí sí levanta la vista, con el lápiz en la mano, y me mira con toda la calma del mundo desde el otro lado de una librería llena de cajas.

—Porque estabas dentro.

En la calle, enfrente, se abre la puerta del obrador y sale Chelo con un delantal blanco y una caja de cartón, cruza la travesía en zapatillas y empuja la puerta con el hombro.

—Buenos días, ¿aquí se desayuna o qué?

Y así es como acabo, un sábado a las siete y media de la mañana, sentada en el suelo de una librería entre treinta cajas abiertas, con una manta de cuadros, comiendo un suizo caliente con dos panaderas que se pisan la frase, mientras un hombre que no ha dormido en veinticuatro horas hace café en una máquina de 1974 y la luz de la mañana entra por un escaparate en el que pone CERRADO desde dentro y ABIERTO desde la calle, porque anoche nadie llegó a girar el cartel.

Me voy a las ocho y diez.

En la calle hay gente yendo a trabajar, y un camión de reparto, y una mujer con un carrito. Es de día. Hace un sol frío de noviembre y todo el mundo lleva bufanda y prisa, y yo llevo una manta doblada en el brazo que se me ha olvidado devolver.

Treinta y ocho pasos. La vuelta.

En el marco de la puerta, esta mañana, donde tenía que haber una hora, hay una raya.