El librero de medianoche Noche 17 — domingo 9 de noviembre
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Noche 17 — domingo 9 de noviembre

El trastero olía a cerrado y a papel, y la bombilla era de esas que tardan en decidirse.

Estuvimos cinco horas. Mi hermana llevaba guantes de fregar y una lista, y yo llevaba la cinta de embalar y ninguna idea.

Las facturas del negocio de mi padre —veintiséis años de albaranes de una tienda de electrodomésticos que cerró en el noventa y ocho— las bajamos al contenedor azul en dieciocho viajes, y en el viaje catorce mi hermana se sentó en el bordillo y se echó a llorar, y yo me senté al lado y no le dije nada, y eso, según ella misma me dijo después en el coche, fue lo mejor que le hice en todo el día.

Las once cajas de libros están ahora en mi salón.

No caben. Ocupan desde el sofá hasta la ventana, apiladas de tres en tres, y para llegar al radiador hay que meter tripa. Mi hermana dijo que le parecía muy bien, con ese tono con el que se dice que algo parece muy bien cuando parece fatal.

Y el sábado por la noche, en vez de dormir, las abrí las once.

Una por una, sacando y volviendo a meter, con el cuidado que se tiene con las cosas de los muertos las primeras veces.

Novelas de bolsillo con el lomo blanco de partido.

Libros de historia. Una enciclopedia de plantas.

Cuatro ejemplares distintos del mismo libro de Delibes, que no sé qué dice de mi padre pero dice algo. Un diccionario Sopena de 1971.

No está.

Miré las once cajas dos veces, y la segunda las miré buscando ya no un libro sino un tomo del grosor aproximado y del color aproximado, y no está. The Small Hours , de E. Malloy, prestado el 4 de octubre de 2019 y no devuelto, no está en el trastero de mi padre.

Así que el domingo a las doce y cuarto entro por la puerta de La Vigilia con la cabeza en un solo sitio.

—¿Lo de siempre?

—Lo de siempre. —Y luego, antes de sentarme, antes del abrigo, antes de nada—: Elías, ¿tú tienes un libro que se llama The Small Hours ?

Está poniendo el filtro. Se queda con el filtro en la mano.

—¿De Malloy?

—De Malloy.

No dice sí. No dice espera. Deja el filtro en el mostrador, coge la escalera de tijera, la arrastra hasta la última sección de la pared del fondo, la abre, sube —tercer peldaño, el crujido— y sigue subiendo hasta arriba del todo, hasta esa balda que está a tres metros y que yo he mirado un mes entero sin verla.

Baja con un libro en la mano.

Es pequeño. Tapa dura, tela verde oscuro, el título en el lomo en letras que fueron doradas. Está gastadísimo. Tiene el canto superior negro de polvo por un lado y limpio por el otro, esa cosa de los libros que se sacan mucho de un sitio en el que hay mucho polvo.

Lo deja en el mostrador. No a medio camino: delante de mí.

—Aquí no hay más que este —dice—. Es de la casa. No se presta.

—Pues se prestó.

—Ya. —Se limpia las manos en el pantalón—. Setenta y siete veces, veintinueve de ellas este.

O sea que él también lo ha mirado. Desde el sábado uno de noviembre, o desde el domingo, o desde el lunes.

Ha ido al cajón de la hache a la ele y ha sacado la ficha de un hombre al que no conoció y ha contado las líneas, igual que yo, y no me lo ha dicho, y no me lo iba a decir si yo no vengo hoy con el nombre en la boca.

Abro el libro.

Y me tengo que sentar.

Las páginas están escritas. No en los espacios: en todo. En los márgenes, entre las líneas, en las cabeceras, en las páginas en blanco del principio y del final, con lápiz de mina blanda y con esa letra inclinada, antigua, apretándose al llegar al borde.

Es una traducción.

Palabra por palabra, con un diccionario al lado y sin ninguna otra cosa: se le ve la mecánica.

Encima de cada palabra en inglés, la palabra en castellano.

Y luego, en el margen, la frase entera reconstruida, tachada, vuelta a escribir debajo, tachada otra vez, y a la tercera dejada estar con una interrogación al lado.

Hay párrafos con tres versiones. Hay una nota que dice «¿o quieta ?

». Hay una página en la que se rinde y escribe, en el margen inferior, con un trazo fuerte: «esto en español no suena. Volver.»

Se rindió y volvió. Eso también se ve, porque el lápiz cambia de tono cada cierto número de páginas: hay un gris más claro, otro más oscuro, uno casi azul. Años distintos. Décadas distintas.

Llega hasta la página ciento cuatro.

De ahí en adelante el libro está limpio. Ciento cuatro páginas traducidas a mano por un señor antipático que fiaba libros y no sabía inglés, y ochenta y siete en blanco.

—Anselmo —digo, y no me sale bien la voz, así que lo digo otra vez—. Esto es Anselmo.

—Sí.

—¿Cuánto tardó?

—Empezó en el noventa y siete. Lo dejó en el diecinueve, cuando ya no podía con el pulso.

Mil novecientos noventa y siete. Y la primera vez que mi padre se llevó este libro fue el 12 de marzo de 1998.

Y entonces lo entiendo, y lo entiendo entero, de golpe, como se entienden las cosas cuando llevan un mes colocándose solas.

Mi padre no se llevaba un libro en inglés.

Mi padre se llevaba los márgenes. Venía cada cierto tiempo a ver por dónde iba, se lo llevaba a casa una semana, leía lo que Anselmo había conseguido traducir desde la vez anterior y lo devolvía.

Veintinueve veces en veintiún años. Cada vez unas páginas más.

Dos hombres que no sabían inglés, uno traduciendo con un Sopena y el otro esperando la entrega, durante veintiún años, sin decírselo a nadie.

Y la última vez, octubre de 2019, mi padre se lo llevó y no lo devolvió, porque cinco meses después le encontraron lo que le encontraron, y porque el hombre que se lo prestó ya no podía con el pulso ni con nada, y porque los dos se murieron dejando ciento cuatro páginas hechas y ochenta y siete por hacer.

—Este no es el que se llevó él —digo.

—No. Ese sería el segundo. Anselmo tenía dos: el suyo y uno de préstamo, más malo, en rústica. Cuando lo terminaba de pasar copiaba las páginas nuevas al de préstamo, a limpio, para dárselo a tu padre. —Elías mira el libro verde—. Este es el sucio.

—¿Copiaba a mano ciento cuatro páginas cada pocos años?

—Copiaba lo nuevo.

—Ya, pero…

—Nora, ese hombre tenía sesenta cajones de fichas escritas a mano.

Me quedo callada. Colometa se sube al orejero. La cafetera hace su ruido de barco.

Yo soy traductora literaria. Cobro dieciocho euros por mil palabras cuando el cliente es bueno y catorce cuando no lo es.

Traduzco catálogos de cosechadoras. Llevo un año y medio sin poder leer un libro entero y llevo un año y medio explicándome a mí misma que es por el duelo, por el divorcio, por el insomnio, por la vida.

Y resulta que un señor antipático estuvo veintidós años traduciendo una novela inglesa con un diccionario del setenta y uno, sin cobrar, sin publicarla, sin decírselo a nadie, para que un cliente suyo de los sábados pudiera leerla.

—Necesito papel —digo.

—¿Papel?

—Papel. Cualquier cosa.

Elías mira el mostrador, mira el cajón, y me da lo que tiene a mano, que es el taco de servilletas de papel que hay al lado de la máquina, esas cuadradas y finas con el logotipo de una marca de café.

Abro el libro por la página ciento cinco. La primera limpia.

Y traduzco.

En una servilleta, con un bolígrafo del bolso, con la caligrafía que se puede tener escribiendo en papel de servilleta encima de un mostrador de madera.

Un párrafo. Otro. La servilleta se rompe en la segunda línea, cojo otra, sigo.

La mujer del colmado apaga la primera lámpara y deja la segunda encendida, y hay un cliente que no se decide a salir a la calle, y en inglés eso está dicho con seis palabras que en español piden nueve y a mí me salen once y luego, tachando dos, me salen nueve.

Cuando levanto la cabeza tengo delante cinco servilletas escritas por las dos caras y son las dos y veinte de la mañana y no he tocado el portátil.

Elías está enfrente. Ha estado ahí todo el rato, y en algún momento me ha puesto al lado un cortado doble que ya está frío, y no ha dicho una palabra.

—Es una página —digo.

—Sí.

—Es una página en servilletas.

—Sí.

Recojo las cinco servilletas, las doblo con un cuidado ridículo, y las meto en el bolso, y no las meto entre el portátil y el estuche: las meto en el bolsillo pequeño de la cremallera, donde llevo el DNI.