Noche 16 — jueves 6 de noviembre
Me dejo la bufanda.
Es la primera vez en un mes que me dejo algo, y la dejo en el respaldo de la silla de la mesa de la ventana, y no me doy cuenta hasta que llevo cincuenta metros de travesía y noto en el cuello ese hueco que no está.
Vuelvo. Son las tres y diez pasadas. Voy andando deprisa porque hace un frío de perros y porque quiero llegar antes de que apague, y estoy a diez metros de la puerta cuando lo veo por el cristal.
Está de pie en el vano, de espaldas a la calle. Tiene el lápiz de carpintero en la mano. Está escribiendo en el marco.
Me paro.
Se le ve entero desde aquí: el gesto de apoyar la punta, la cabeza un poco ladeada, el brazo levantado a la altura de la mano. Tarda tres segundos. Luego se guarda el lápiz en el bolsillo del pantalón, coge el cartel de la puerta y le da la vuelta.
Y solo entonces empieza a apagar lámparas.
Me quedo en mitad de la travesía con las manos en los bolsillos, a diez metros, en el sitio donde no llega la luz del escaparate.
Alguien en esta casa lleva años apuntando a qué hora se va la última persona.
Eso pensé la segunda noche, con esa lucidez tonta de las tres de la mañana, y me pareció una manía rara para un hombre que tiene un negocio, y me fui a casa y no volví a pensarlo.
La última persona.
Empujo la puerta. La campanilla suena. Él está a media sala con la mano en la lámpara tercera.
—La bufanda —digo.
—Está en la silla.
Voy a por ella. La cojo. Me la lío al cuello con una minuciosidad de cirujana, dando dos vueltas, ajustando el nudo, mirándome las manos, porque me hacen falta doce segundos y no tengo otra manera de conseguirlos.
Y al volver hacia la puerta, en lugar de salir, me paro delante del marco.
La columna de números está a la altura de la mano, escrita con lápiz de carpintero, que deja un trazo ancho y gris.
Sube por la madera hasta más arriba de donde yo llego con el brazo estirado.
Hay cientos. Los de arriba están casi borrados, y los de más arriba del todo son otra letra: una letra inclinada, antigua, que he visto esta semana en una cartulina beige.
Los de abajo, los últimos, son de él.
Y ahí están, en fila, del derecho:
3:10. 3:00. 2:50. 2:45. 2:55. 2:40. 2:45. 2:35. 2:40. 3:10. 3:15. 2:50. 4:05. 2:45.
Catorce.
Catorce números desde el último hueco. Catorce, contando desde el lunes seis de octubre, que fue cuando salí de aquí a las tres y diez con una manzanilla dentro y sin haber dicho mi nombre.
Y encima de todos ellos, el de hoy, recién puesto, con la punta del lápiz todavía marcada en la madera. Tres y diez otra vez, veintiocho días después, como si el mes no hubiera pasado.
No me acerco.
Hago la cuenta hacia atrás. La noche de difuntos me fui de las últimas, con Puri ya en la calle: ahí está, cuatro y cinco.
La noche de la persiana del quiosco me llevó Puri en el taxi en cuanto me levanté: dos treinta y cinco.
La noche del sillón y del poema de los once versos me quedé hablando con él en el mostrador después de que se fuera la gata: tres y diez.
Todas. Todas las mías.
Y antes del hueco, más arriba, hay otras rachas: siete seguidas, doce seguidas, una racha larguísima que sube y sube y que termina en un espacio en blanco de dos dedos y luego vuelve a empezar. Docenas de personas. Décadas.
Esto no es una contabilidad. Es un registro. Esto es lo que se hace en las garitas y en los puestos de guardia y en los libros de las porterías: apuntar la hora a la que se ha ido el último.
Y por eso el letrero.
Por eso la puerta de esta casa dice ABIERTO a las doce y no dice nada sobre cuándo cierra, porque no lo sabe. Porque no depende de él. Porque el horario de cierre de este sitio, desde antes de que este hombre existiera, lo pone la última persona que se va.
Y desde el seis de octubre, la última persona soy yo.
—¿Nora?
Estoy de pie delante del marco de una puerta con la bufanda dada dos vueltas y llevo, según mi propia cuenta, más de un minuto sin moverme.
—Nada. —Me giro—. Que ya me iba.
Y me voy, y no le digo nada, y esa es la decisión más consciente que he tomado desde marzo del año pasado.
Porque hay dos maneras de hacer esto también.
Una es decir: oye, esas horas son mías, ¿verdad?
, y esperar a ver qué cara pone. Y la otra es callarme y quedarme con ello, y esa es la que elijo, y elijo mal a sabiendas, porque callármelo lo convierte en algo mío y decírselo lo convertiría en algo suyo, y llevo un mes recibiendo cosas de este hombre —manzanilla, poemas, una estufa arrastrada medio metro, cuatro líneas donde van tres— sin haberle podido dar nada que no fueran dos euros mal contados.
Esto sí es mío. Esto lo he visto yo.
Fuera hace un frío seco de los que anuncian helada. Treinta y ocho pasos, la vuelta, la luz, el cartel ya girado.
Y esta noche la lámpara del mostrador tarda cuatro minutos en apagarse, y yo los cuento enteros, de pie en la acera, como una idiota.
El viernes llego a las doce y cuarto y me voy a las cuatro menos cuarto.
No hay ninguna razón. El catálogo de maquinaria agrícola lo entregué el miércoles y lo único que tengo entre manos es la revisión de una jurada que podría hacer en cuarenta minutos y que estiro durante tres horas con la técnica de mirar cada término dos veces cuando con una vez me sobra.
A las tres y media Awa se va —guardia el sábado— y me quedo sola en la sala.
A las tres y treinta y cinco Elías se sienta detrás del mostrador, que no lo hace nunca, y abre un libro.
A las cuatro menos veinte cierro el portátil.
—Buenas noches.
—Buenas noches, Nora.
Y por el rabillo del ojo, ya en la calle, veo el lápiz salir del bolsillo.
Tres cuarenta y cinco.
Es una cifra que he puesto yo. Estirando una jurada que no lo necesitaba, mirando términos dos veces, sentada en una silla dura junto a un cristal frío hasta que a un hombre no le quedara más remedio que quedarse conmigo.
Voy andando a casa y me digo, en voz alta, en mitad de la calle vacía, la frase completa: «Nora, estás haciendo el ridículo.»
Y mañana es sábado, y a las diez de la mañana mi hermana pasa a buscarme con el coche, y voy a abrir una puerta de chapa y una bombilla, y voy a encontrarme once cajas con los libros de un hombre que durante veintiún años venía aquí los sábados sin decírmelo.
Así que hoy, si quiero, puedo hacer el ridículo.