Noche 15 — lunes 3 de noviembre
—¿Lo de siempre?
Es la primera vez.
Llevo veintiocho días entrando por esa puerta y hasta hoy me ha preguntado qué quería, o no me ha preguntado nada y me ha puesto la manzanilla delante, que era su manera de no preguntar. Y hoy, sin levantar la vista de la caja, con la mano ya en la lata de las infusiones:
—¿Lo de siempre?
Se lo dice a Puri desde el sesenta y a Ramiro desde vete a saber, y a Jandro, y a Awa. Lo he oído treinta veces desde la mesa de la ventana con esa envidia idiota que da estar en un sitio donde todo el mundo tiene un siempre menos tú.
Y ahora resulta que yo también tengo uno, y me lo dan sin ceremonia, un lunes, a las doce y veinte, como quien entrega un juego de llaves diciendo la de arriba es la del portal.
—No.
Levanta la vista.
—Hoy no —digo—. Hoy un cortado doble.
—¿Doble?
—Doble.
—Son las doce y veinte.
—Ya lo sé.
Se queda un segundo con la lata en la mano, y luego la deja, y se gira hacia la máquina, y empieza el ruido de barco.
Es una tontería. Es que no me apetecía dormir, es que tengo cuatro mil palabras de un catálogo de maquinaria agrícola para el miércoles, es que la manzanilla la pedí el primer día porque me la puso él y no porque yo tomase manzanilla en mi vida.
Y también es que la manzanilla es lo que se le da a una mujer que ha entrado temblando en un sitio a las doce y media de la noche, y hoy yo no soy exactamente esa mujer, o lo soy menos, y me apetece que se note.
El cortado doble llega en cuatro minutos, como todo lo que sale de esa máquina, en una taza que no había visto nunca.
—Esa taza es nueva.
—Esa taza es de 1979.
—Nueva para mí.
—Es la de los cafés grandes.
Y ahí lo dejamos, los dos, porque hay conversaciones que si se estiran un centímetro más se convierten en otra cosa.
La noche va lenta. Ramiro viene y se va temprano porque el martes tiene médico —«mi médica, la que trabaja de noche y no me ve», que es un chiste que ya lleva tres semanas y del que se ríe él solo—.
Jandro pasa a las dos, coge dos galletas, anuncia que va por la página seiscientos y que hay una parte con un dragón que no se la esperaba nadie, y se va.
Puri no aparece: los lunes de noviembre hay poca calle.
Yo traduzco maquinaria agrícola durante dos horas y media con la eficacia de una máquina yo también. Cosechadoras, cabezales, anchura de corte. El catálogo tiene ciento diez páginas y no dice nada en ninguna de ellas, y eso, esta noche, me parece un descanso.
A las tres menos veinte, cuando cierro el portátil, en la esquina del mostrador hay un paquete de estraza.
Ni me ha llamado, ni me lo ha puesto delante, ni ha carraspeado. Lo ha dejado ahí en algún momento de las últimas dos horas, mientras yo estaba con las cosechadoras, y ha vuelto a lo suyo. Que lo vea si lo ve.
Me acerco. Lo cojo. Pesa más que el otro.
—Este es gordo.
—Ese no se lee entero.
—¿Cómo que no se lee entero?
—Que no hace falta.
Leo la letra de lápiz.
Cuentos completos I, J. Cortázar
Posología: uno. No el libro: un cuento.
Empieza por el tercero. Los dos primeros son para gente que duerme bien.
Si no hace efecto, vuelva.
Cuatro líneas.
Llevo un mes viendo estos paquetes salir de este mostrador.
Se los he visto a Jandro, a Vega, a un señor que vino una noche con un perro, a la mujer del abrigo bueno.
Todos tienen tres líneas. Título, posología, la fórmula.
Tres. Es un formato, como el de las recetas de verdad, y en un formato una línea de más no es una línea de más: es una decisión.
Los dos primeros son para gente que duerme bien.
Levanto la cabeza. Él está colocando una hilera de lomos que ya estaban colocados, empujándolos con dos dedos, uno detrás de otro, con una dedicación de relojero suizo.
—Cuatro líneas —digo.
—¿Qué?
—Que llevan tres. Todas las que he visto llevan tres.
Sigue empujando lomos. Uno. Otro.
—Se me fue la mano.
—Ya.
—Es un libro complicado.
—Ya.
Y ninguno de los dos dice nada más, y a mí se me ha puesto una cosa rara en el estómago que no pienso examinar aquí, delante de una gata que a estas horas ya está en el orejero y de un hombre que ha convertido una balda en un pretexto.
Me pongo el abrigo. Meto el paquete en el bolso, entre el portátil y el estuche, y esta vez con cuidado, porque a lo del libro azul con la esquina doblada le he cogido remordimiento.
—El sábado no vengo —digo desde la puerta.
—Vale.
—Voy a vaciar el trastero de mi padre. Con mi hermana. Son once cajas de libros y no sé cuántas de facturas de un negocio que cerró en el noventa y ocho.
Baja de donde esté y se limpia las manos en el pantalón.
—¿Y qué vas a hacer con ellas?
—No lo sé.
—Vale.
—Es que no lo sé, Elías. Llevo año y medio sin saberlo y por eso llevo año y medio pagando un trastero.
—Vale —dice, y ya está: ni «tú puedes», ni «va a ser duro», ni «ya me contarás», ni ninguna de las setenta frases que existen para este momento y que yo llevo un año y medio recibiendo como quien recibe factura.
Y luego, cuando ya tengo la puerta abierta y el frío entrando:
—Nora.
—¿Qué?
—Si hay alguna que no sepas dónde meter, tráela.
—¿Una caja?
—Una caja.
—¿Aquí?
—Aquí hay sitio.
Cierro la puerta desde fuera con más cuidado del necesario.
Treinta y ocho pasos, la vuelta, la luz, el cartel.
Y en el metro de mi cabeza, todo el camino de vuelta, una frase de cuatro líneas que en realidad son tres y una, y esa una diciendo, sin decirlo, que este señor sabe perfectamente que yo no duermo.