Noche 13 — lunes 27 de octubre
Tardo cuatro noches en volver y las cuatro las paso pensando en un cajón.
No es que no viniera. El jueves vine y estuve tres horas y no me levanté de la mesa de la ventana ni para ir a por agua, y el viernes también, y el sábado y el domingo no vine porque estuve en casa de mi hermana viendo cómo se organiza una mudanza que no es una mudanza, con listas, con cinta de embalar comprada de más y con la palabra trastero dicha catorce veces en una cena.
Y las cuatro noches, lo mismo. H–L. Ibarra, con I.
Hay dos maneras de hacer esto. Una es preguntar. «Oye, Elías, ¿puedo mirar una ficha?», que es una frase de cinco segundos y a la que este hombre contestaría que sí sin pedirme explicaciones, porque lleva doce noches sin pedirme una sola explicación de nada.
La otra es lo que hago yo, que es esperar a que a la una y media salga a la calle a bajar los cartones al contenedor y meterme en la trastienda como una ladrona.
El cajón se atasca un poco al principio. Están apretadísimas.
Ibáñez. Ibáñez. Ibarburu. Ibarra.
Ibarra, Tomás.
Y ahí está la letra de un hombre que se murió antes de que yo naciera escribiendo el nombre de otro hombre que se murió en marzo del año pasado.
La ficha es una cartulina beige del tamaño de una postal, escrita por las dos caras, con la letra inclinada apretándose hacia el final de cada línea para que quepa todo. Arriba, el nombre. Debajo, una lista de títulos, y al lado de cada uno dos fechas: la de llevárselo y la de traerlo.
La primera es del 12 de marzo de 1998.
Mi padre tenía cuarenta y siete años en 1998 y yo tenía nueve, y vivíamos a veinte minutos de aquí en autobús, y él cogía ese autobús los sábados por la mañana para ir a ver a su madre, que vivía en la calle de atrás hasta que murió, y yo iba con él muchas veces y me aburría como una piedra.
De lo otro no sabía nada: esta casa no abre de día y no ha abierto de día en cuarenta años, así que lo que hay en esta cartulina son sábados de madrugada.
Cuento las líneas. Cuarenta y una en la cara de delante. Treinta y seis en la de detrás.
Setenta y siete veces.
Setenta y siete veces mi padre entró en esta librería, o en esta librería cuando la llevaba otro señor, y se llevó un libro prestado y lo trajo de vuelta, y en veintiún años no me lo contó ni una sola vez.
Yo hablaba con mi padre de libros. Era lo que hacíamos.
Era, con perdón, lo único que hacíamos bien: no sabíamos hablar de dinero, ni de mi madre, ni de por qué él cerró el negocio en el noventa y ocho, ni de nada que se pareciera a un sentimiento, pero podíamos pasarnos una comida entera discutiendo si el final de una novela estaba a la altura del resto.
Ese era nuestro idioma. Y resulta que tenía un dialecto que se hablaba aquí, de noche, a veinte minutos en autobús, sin mí.
Repaso los títulos con el dedo. Hay de todo, y hay poco orden, y hay una cosa rara.
Hay un título que se repite.
Se repite muchísimo. Lo cuento: veintinueve veces de setenta y siete. Se lo llevó en el noventa y nueve, en el dos mil, dos veces en el dos mil dos, y luego cada año o cada dos años, hasta el final, con esa regularidad de las cosas que se hacen sin decidirlas.
Malloy, E. — The Small Hours.
En inglés. Mi padre no sabía inglés. Mi padre no sabía inglés en absoluto: mi padre era un hombre que en un restaurante de la costa pedía en castellano y muy alto, y que decía que para eso están las traducciones, y que decía también, cuando yo empecé la carrera, que él ya tenía una hija que sabía idiomas y que con eso a la familia le sobraba.
Se llevó veintinueve veces un libro que no podía leer.
Y luego está la última línea, que es la que me deja de pie en una trastienda con una cartulina en la mano y la puerta de la calle abriéndose a mi espalda.
La última línea tiene una fecha sola.
4 - X - 2019.
Sin la segunda. Sin la fecha de vuelta. Sin la raya que, según me explicaron el miércoles, ponía don Anselmo cuando un libro no volvía.
Nada. Una fecha, un espacio en blanco y el borde de la cartulina.
Mi padre se llevó ese libro en octubre de 2019, cinco meses antes de que le encontraran lo que le encontraron, y no lo devolvió nunca, y el hombre que se lo prestó estaba ya demasiado enfermo para reclamárselo, y los dos se murieron con esa fecha ahí colgando.
Y ese libro, si sigue en alguna parte, está en el trastero de la calle de atrás, en una de once cajas, y a mí me quedan doce días para ir a buscarlo.
—Se te va a enfriar.
Elías está en el vano de la puerta con las manos vacías y sin paño al hombro, y por el frío que trae en la ropa lleva ahí menos de un minuto.
Devuelvo la ficha al cajón. No en su sitio exacto: la meto donde puedo, y me tiembla un poco la mano, y él lo ve y no dice nada de eso.
—Perdona. Otra vez.
—Ya te dije que no pasa nada.
—Dijiste que no se tocaba.
—Dije que están por orden.
Empuja el cajón con la cadera hasta que encaja. Luego, en vez de irse, se apoya en el fregadero, que es lo que hace este hombre cuando ha decidido quedarse un rato.
—¿Cómo era? —le pregunto.
—¿Quién?
—Anselmo.
Y él se lo piensa. Se lo piensa de verdad, no por quedar bien, y a mí me da tiempo a apoyarme en la pared de enfrente y a sujetar el vaso de agua con las dos manos.
—Antipático —dice—. Bastante antipático.
—Vaya.
—Le preguntabas por un libro y te contestaba con la mitad de las palabras necesarias. Si le decías que una novela te había gustado, te preguntaba por qué, y no era una manera de hablar: quería el motivo, y si no lo tenías, se iba a colocar cosas.
—Suena a alguien que conozco.
—Ya.
—¿Y por qué venía la gente?
—Porque fiaba —dice—. Y porque no le contaba a nadie lo que se llevaba nadie.
Se queda mirando el mueble de los cajones, las cuatro columnas, las anillas de latón.
—En este barrio, en los ochenta, no había dinero.
Y él tenía sesenta cajones de gente que le debía libros y no se lo dijo nunca a nadie.
Ni a las mujeres cuando venían a preguntar qué se llevaba su marido, ni a los maridos, ni al cura, ni a los del banco.
—Se encoge de hombros—. Eso en un barrio es más que ser simpático.
—¿Y a ti qué te enseñó?
—A colocar libros.
—Ya.
—Y a no hacer preguntas.
Lo dice sin ningún énfasis, secándose las manos que no se ha mojado, y luego se va a la sala porque ha entrado alguien, y me deja sola con el fichero, el grifo y las tazas desparejadas.
Y yo no le digo nada.
No le digo: Ibarra, Tomás, era mi padre.
No le digo: setenta y siete veces. No le digo: hay un libro en inglés que se llevó veintinueve veces y que no puedo entender por qué, y una fecha de octubre de 2019 sin cerrar, y el ocho de noviembre voy a abrir un trastero con once cajas de libros y no sé si voy a poder.
Salgo, me siento en la mesa de la ventana y traduzco durante dos horas seguidas el pliego de condiciones de un concurso público de mobiliario urbano, con una precisión de relojero, sin equivocarme ni una vez.
A las tres menos cuarto recojo. Al pasar por el mostrador él está apuntando algo en la primera página de un libro con el lápiz de carpintero.
—Buenas noches, Elías.
—Buenas noches, Nora.
Treinta y ocho pasos, la vuelta, la luz, el cartel.
Y en casa, sentada en el borde de la cama con el abrigo puesto, hago una cosa que no hacía desde el instituto: escribo en un papel un título que no conozco, en un idioma que sí, y lo dejo encima del libro azul de la mesilla.
The Small Hours. E. Malloy.
Las horas pequeñas, sería. Que en español no significa nada.