Noche 12 — viernes 24 de octubre
La pregunta se la hago a Ramiro, que es el único que contesta.
—¿Por qué se llama La Vigilia?
Son las doce y media de un viernes y estamos cinco: Ramiro con su carajillo, Puri con el libro del cura, Vega en la mesa del fondo con Latín, Elías detrás del mostrador y yo en la mesa de la ventana con un pliego de condiciones que no me va a dar de comer ni la mitad de lo que me está costando.
Ramiro deja la taza y empuja el platillo dos dedos hacia el centro, que ya sé que significa que va a hablar largo.
—Por el turno.
—¿Qué turno?
—El de los serenos. —Se ajusta el sombrero—.
El padre de Anselmo era sereno de estas tres calles, y a la ronda de la noche se le llamaba la vigilia.
Eso lo decían ellos. «Estoy de vigilia.» Que no es lo mismo que estar de guardia, ¿eh?
, no lo confunda usted: la guardia es de un cuartel y la vigilia es de una calle.
—¿Y el hijo le puso el nombre a la librería?
—El hijo abrió esto en el setenta y dos con un rótulo que ponía LIbrOS ROLDÁN, muy feo, con unas letras naranjas espantosas. —Ramiro se bebe medio carajillo—. Lo del nombre fue después. Cuando cambió el horario.
—¿Y cuándo cambió el horario?
—En el setenta y ocho.
—En el setenta y siete —dice Puri, sin levantar la vista del libro.
—En el setenta y ocho, Purificación.
—En el setenta y siete. Que yo tenía quince años y mi padre decía que el librero se había vuelto majara.
—Su padre decía muchas cosas.
—Mi padre decía las que había que decir.
Y ahí se abre un debate de veinte minutos sobre la fecha exacta en que un señor muerto cambió el horario de una tienda, un debate en el que participan tres personas de tres generaciones distintas y que se resuelve —no se resuelve— con Ramiro diciendo que él lo pone en el acta como setenta y ocho y Puri diciendo que ella no firma esa acta.
Yo miro al mostrador.
Elías está colocando la sección de viajes con esa concentración suya, y no ha dicho ni una palabra en veinte minutos, y sabe perfectamente el año.
La noche del viernes en esta casa es distinta a las demás.
Entra más gente y se queda menos. Hay un trasiego constante: gente que sale de cenar y pasa a curiosear, dos chicas que preguntan si hay wifi, un hombre que compra un libro de bolsillo sin mirar el título, una pareja que discute en la sección de poesía en voz muy baja y muy furiosa durante diez minutos y que se va sin comprar nada.
—Esos vuelven —dice Puri.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque discutían de él y no del libro.
A la una y media llega una señora con una linterna de móvil encendida en pleno interior y con un abrigo encima del camisón. Tendrá setenta y muchos.
—Perdonen. ¿Es aquí donde…?
Y no termina la frase.
Elías sale de detrás del mostrador y le acerca una silla, no la que da la corriente sino la buena, y le pregunta si quiere un café o un vaso de agua, y ella dice que agua, y luego dice que café, y luego se echa a llorar de pie en mitad de una librería con la linterna del móvil todavía encendida apuntando al suelo.
Se llama Amparo. Vive en el segundo del cuatro, aquí al lado. Se ha despertado a la una menos cuarto, ha visto luz por la ventana y ha bajado.
—Es que yo esta luz la veo desde mi cocina —dice, ya sentada, con el vaso en las manos—. Todas las noches. Y llevo un año viéndola y no me atrevía a bajar, porque digo, qué va a pensar, una señora mayor a estas horas.
—No se piensa nada —dice Ramiro, desde su silla—. Aquí se entra por la puerta y ya está.
Y a mí me da un vuelco el estómago, porque esa frase es literalmente la que me dijeron a mí el miércoles pasado, palabra por palabra, y porque la acaba de decir un cliente y no el dueño.
O sea que esto no es una manía de un hombre.
Esto es una casa que enseña a hablar.
Doña Amparo se va a las tres menos cuarto acompañada por Ramiro, que vive a dos portales y que se ofrece con una ceremonia de otro siglo. Puri se va detrás. Vega ya se ha ido.
Y a las tres estamos solos, y yo hago lo que llevo toda la noche queriendo hacer.
—¿Tú de dónde eres?
Está fregando. No para.
—De Madrid.
—¿De Madrid Madrid?
—De Carabanchel.
—¿Y tienes familia?
Y ahí, en el fregadero, la esponja hace una pausa de medio segundo que yo, que llevo dieciocho días mirándole las manos, detecto perfectamente.
—Sí.
—Elías.
—Tengo familia, Nora. Todo el mundo tiene familia.
—Eso no es una respuesta.
—Ya.
Cierra el grifo. Coge el paño. Y en vez de contestar, hace lo que hace este hombre cuando no quiere contestar, que es preguntar él.
—¿Tú cuánto llevas traduciendo?
—Quince años. Y no cambies de tema.
—No estoy cambiando de tema. —Seca una taza—. Estoy eligiendo otro.
Y me quedo con la boca abierta, otra vez, en una librería a las tres de la mañana, delante de un hombre que acaba de dejarme sin argumentos usando cinco palabras y un trapo.
—Vale —digo—. Pues cuéntame de las lámparas.
—¿De las lámparas?
—Siete. Todas bajas. Ninguna en el techo. Llevo dieciocho días queriendo saber por qué.
Y esa sí me la contesta. Me la contesta entera, apoyado en el fregadero, durante diez minutos: que la luz de techo es de comisaría, que Anselmo decía que una librería de noche tiene que estar iluminada como una casa y no como una tienda, que las lámparas están puestas a la altura a la que se lee y no a la altura a la que se compra, y que hay una, la del rincón de poesía, que está fundida desde 2021 y que él no ha cambiado porque a esa esquina le sienta bien la penumbra.
Y me lo cuenta con un entusiasmo que no le he visto usar hablando de sí mismo ni una sola vez.
Me voy a las tres y veinte.
—Buenas noches, Elías.
—Buenas noches, Nora.
Treinta y ocho pasos, la vuelta, la luz, el cartel.
Y de camino a casa voy haciendo el inventario de lo que sé de este hombre después de dieciocho noches.
Que se llama Elías, que tiene unos cuarenta, que vive arriba, que hace la manzanilla con hierbaluisa y cáscara de naranja seca, que tiene una marca blanca del pulgar a la muñeca, que envuelve libros como quien pone una inyección, que sabe el año exacto en que cambió el horario esta casa y no lo dijo, que es de Carabanchel, y que hay siete lámparas encendidas a la altura a la que se lee.
Y que tiene familia, como todo el mundo.
Que es la cantidad exacta de información que da un hombre que lleva dieciocho días sin preguntarme a mí absolutamente nada.
Es un trato. Ya lo sé. Es un trato justo y yo lo firmé el primer día sin leerlo.
Lo que pasa es que a mí, desde el jueves pasado, se me ha empezado a quedar corto.