El librero de medianoche Noche 11 — miércoles 22 de octubre
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Noche 11 — miércoles 22 de octubre

La mujer entra a las dos menos veinte con un abrigo encima del pijama de hospital y se sienta en el primer sitio que encuentra, que resulta ser la silla de al lado de la puerta, la peor de la casa, la que da la corriente.

—Ahí te vas a congelar —dice Vega.

—Ya.

No se mueve. Se queda con las dos manos en el bolso y la mirada puesta en el suelo, a metro y medio, en ese punto que mira la gente que ha dejado de mirar cosas.

Elías sale de detrás del mostrador. Coge la silla, con ella dentro —la arrastra medio metro, con la mujer sentada, sin pedir permiso—, y la deja al lado de la estufa. Después vuelve a la máquina.

—Cortado descafeinado —dice ella hacia el suelo.

—La mentira piadosa.

—La mentira piadosa.

Tiene mi edad o un poco menos. Alta, el pelo recogido en trenzas, un cansancio que no es el de una mala noche sino el de doce años de malas noches.

Se descalza un talón sin quitarse el zueco, ese gesto de quien ha estado nueve horas de pie y ya no puede permitirse descalzarse del todo porque entonces no volvería a ponérselo.

El cortado llega. Lo sostiene con las dos manos sin bebérselo.

—Hoy no ha ido bien —dice, y no lo dice como quien va a contar algo. Lo dice como quien deja una cosa encima de la mesa para no tener que llevarla en la mano.

—Ya.

—Un chaval.

—Ya.

—Nada, que no.

Y ya está. Eso es todo lo que va a decir, y todos en esta habitación lo entendemos, y es exactamente la cantidad de información que se puede dar sin faltarle al chaval.

Yo estoy pegada al cristal con la póliza de seguros y no muevo un dedo, porque llevo once noches aprendiendo cómo se hacen aquí las cosas.

Elías vuelve al mostrador y se pone a lo suyo. Y ella se queda mirándole las manos.

—Tú has hecho noches.

No es una pregunta. Lo dice como se dicen las cosas que se saben de golpe: con una seguridad tranquila y con un poco de alivio.

Elías no contesta.

—Se te nota —insiste ella, sin ganas de insistir—. En cómo mueves las sillas.

—Bébete el café, Awa.

Y ella se lo bebe, y sonríe apenas, y no vuelve al tema, porque también se sabe que a la gente se le concede una pregunta a la que no contestar y no dos.

Yo, en cambio, me la guardo.

La guardo entera, con el pijama de hospital, con la silla arrastrada medio metro y con la manera de decirlo, y la meto en un sitio de la cabeza donde llevo once noches metiendo cosas de este señor: que la manzanilla tarda cuatro minutos, que no pregunta nunca, que tiene la mano izquierda con una marca larga y blanca que va del pulgar a la muñeca, que a las cinco de la mañana de un sábado alguien apunta una hora a lápiz en el marco de una puerta.

Tú has hecho noches.

Noches, así, sin más, como si en este país hubiera un solo tipo de noche que se hace y todo el mundo supiera cuál es.

A las dos y cuarto Awa ya está mejor, y mejor significa que habla. Habla con Vega de la EvAU con un realismo que agradezco («la nota no es tu vida, pero sácala»), habla conmigo tres frases sobre traducir manuales técnicos, y en algún momento dice, sobre lo suyo, con una sequedad de bisturí:

—Esto en el hospital lo llaman gestión emocional del profesional sanitario. Tenemos un curso. Son cuatro horas y dan diploma.

—¿Y sirve?

—El diploma sí. Lo tengo enmarcado en casa de mi madre.

Vega se ríe con esa risa suya de adolescente que se ríe fuerte porque todavía no ha aprendido a reírse por la nariz, y a mí me sale también, y a los tres segundos me doy cuenta de que llevo diez días riéndome en esta casa más que en el año anterior entero, y que eso no es una casualidad ni una mejoría: es un sitio.

A las tres menos cuarto voy a la trastienda a por agua. Hay un grifo, un fregadero pequeño, una estantería con tazas desparejadas y, contra la pared del fondo, un mueble.

Es un fichero de madera. De los de verdad: cuatro columnas de cajones estrechos con una anilla de latón y una cartelera, y en cada cartelera, escrito a mano con una letra inclinada y antigua, tres letras. A–C. D–G. H–L. Y así hasta el final.

Sesenta cajones. Los cuento dos veces porque me parecen demasiados.

Tiro de uno cualquiera. Está lleno hasta arriba de fichas de cartulina, apretadas, del tamaño de una postal.

Saco la primera. Un apellido, un nombre.

Debajo, una lista de títulos, y al lado de cada título dos fechas escritas a lápiz, una debajo de otra, decenas de pares de fechas, algunas de los años setenta, con esa letra inclinada que se va poniendo más temblona a medida que baja por la ficha.

—Eso no se toca.

Me giro con la cartulina en la mano como una niña con la mano en el bote de la mermelada. Elías está en el vano de la puerta con un paño al hombro.

—Perdona.

—No pasa nada. —Entra, coge la ficha, mira el nombre, la devuelve al cajón, en su sitio exacto—. Es que están por orden y luego no hay quien lo arregle.

—¿Qué son?

—Los préstamos.

—¿De la biblioteca?

—Esto no es una biblioteca.

—Ya, por eso.

Cierra el cajón con la cadera.

—Anselmo prestaba. —Se apoya en el fregadero—. Aquí venía gente que no podía comprar un libro, y él se lo prestaba y apuntaba la fecha, y cuando lo devolvían apuntaba la otra. Y si no lo devolvían, ponía una raya y ya está.

—¿Cuánta gente?

—El barrio entero, durante cincuenta años.

Miro el mueble. Cuatro columnas, quince cajones cada una, y detrás de cada anilla de latón una cantidad de gente que no se puede pensar de golpe: gente que a lo mejor ya está muerta, gente que se mudó, gente que tenía diez años en el setenta y ocho y se llevó un libro de piratas y no lo devolvió nunca, y ahí sigue su raya.

—¿Y esto se sigue usando?

—Sí.

—¿Tú apuntas a mano en un fichero de sesenta cajones?

—Es más rápido de lo que parece.

—Es del siglo pasado, Elías.

—El fichero es del cincuenta y tantos —dice, cogiendo el paño del hombro para secar una taza que ya está seca—. Del siglo pasado es más bien todo lo demás.

Vuelvo a la sala con el vaso de agua y no le digo lo que estoy pensando, que es una cosa muy concreta y que llevo pensando desde que he abierto el primer cajón: que mi padre nació en este barrio, que vivió aquí hasta que se casó, y que era un hombre que en toda su vida no compró un libro nuevo si podía conseguirlo de otra manera, porque para él comprar libros nuevos era una cosa de ricos y de gente con poco criterio.

No se lo digo. Termino la póliza. Recojo a las tres y cuarto.

Pero al pasar por delante de la puerta de la trastienda, con el abrigo ya puesto, miro otra vez el mueble del fondo y localizo, en la segunda columna, el cajón que pone H–L.

Ibarra.

Con I.

Salgo a la calle y hace un frío que corta, y cuando llego a los treinta y ocho pasos y me doy la vuelta, la luz sigue encendida y el cartel todavía no está girado, porque esta noche Awa se ha quedado dentro y Awa no se va hasta las cuatro.

Y me quedo ahí más de lo que hace falta, en mitad de la travesía, con las manos metidas en las mangas y la luz de un escaparate calentándome media cara desde ciento y pico metros.

Cuando echo a andar, ando en dirección contraria a como se anda de vuelta de un sitio ajeno.