El librero de medianoche Noche 10 — domingo 19 de octubre
22%

Noche 10 — domingo 19 de octubre

El viernes no fui y el sábado tampoco.

El viernes tenía la excusa buena: entrega de la jurada a las nueve de la mañana del lunes y ocho páginas por revisar, y hay que revisarlas con la cabeza fría y a mí la cabeza se me enfría en mi casa.

El sábado ya no tenía excusa, así que usé la misma, que es lo que hace la gente con las excusas buenas.

En realidad no fui porque el jueves dije en voz alta cinco palabras y me di la vuelta en la calle y él lo sabe, y hay una cantidad de terreno que una puede ceder por semana, y yo esa semana ya había cedido el mío.

El domingo a las doce y cuarto estoy otra vez en la travesía y en el bolso llevo, como llevo desde el lunes pasado, un libro azul sin abrir.

Dentro hay poca gente y mal repartida. Puri en la mesa de al lado de la puerta con el libro del cura, discutiendo por el manos libres con alguien de la parada del Prado.

Un chico en la mesa del fondo que no es Vega y que ha ocupado su sitio sin saber lo que hace, y a quien Elías no ha dicho nada porque los domingos Vega no viene.

La estufa. El piano del otro día en el tocadiscos, o uno parecido.

Y el sillón orejero vacío.

Colometa no está en él. Está en el escalón de la trastienda, hecha una rosca, dándonos a todos la espalda por motivos suyos.

Miro el sillón. Miro mi mesa de la ventana, que a estas alturas ya es mi mesa, con su silla dura y su cristal frío y el sitio donde apoyo el portátil.

Y me voy al sillón.

Es un movimiento de cuatro pasos y me cuesta lo que me cuestan las cosas: me siento en el borde, como en la sala de espera de un ambulatorio, y luego me hundo un poco, y luego me hundo del todo porque ese sillón lleva cincuenta años enseñando a la gente a hundirse en él y sabe hacerlo mejor que yo resistirme.

Saco el libro azul.

No he vuelto a mirarlo desde el lunes. Ha viajado en el bolso ocho días entre el portátil y el estuche, y tiene ya una esquina doblada de ir ahí metido, y esa esquina doblada me da una vergüenza absurda, como si hubiera maltratado a un animal pequeño.

Lo abro por donde se abre solo.

Y leo el primero, que es corto, y funciona lo de siempre: entra el primer verso, entra el segundo, y a mitad del tercero la frase se me va por la ventana y me quedo con los ojos puestos en unas letras que ya no significan nada. Vuelvo atrás. Otra vez. La misma ventana, el mismo tercer verso.

Cierro el libro y lo dejo en el brazo del sillón.

Podría irme ahora mismo a mi mesa, abrir el portátil y traducir las condiciones generales de una póliza de seguros con una eficacia impecable durante tres horas. Es lo que llevo un año y medio haciendo. Es lo que sé hacer.

Vuelvo a abrirlo. Otro poema. Otro, digo, no el mismo, porque el mismo ya me ha ganado y hay que tener un mínimo de amor propio.

El segundo tiene once versos.

Lo sé porque a mitad del cuarto he empezado a contarlos para no seguir leyéndolo, y no ha funcionado, porque se puede contar y leer a la vez. Es un descubrimiento horrible.

Va sobre una mujer que hace una lista de todo lo que no ha ocurrido.

No lo voy a explicar mejor porque no se puede explicar mejor: eso es lo que tiene, que dice una cosa que yo sé desde hace año y medio y que no he conseguido decirle a nadie ni una sola vez, ni a mi hermana, ni a la señora de la tintorería, ni al hombre que me sirve manzanilla a las doce y media de la noche.

Y la dice en once versos. Y no se disculpa por decirla, ni la adorna, ni la envuelve en las tres frases de rigor que envuelve todo el mundo.

Llego al final.

Vuelvo al principio y lo leo otra vez entero, y la segunda vez es peor, porque la segunda vez ya sé lo que viene y aun así viene.

Cuando levanto la cabeza no ha cambiado nada.

Puri sigue discutiendo con la parada del Prado y dice «pues que se espere» dos veces.

La cafetera hace su ruido de barco viejo.

El chico del fondo pasa una página. Elías está detrás del mostrador con un montón de libros y el lápiz de carpintero, apuntando algo en la primera página de cada uno, y no levanta la vista, y no la va a levantar, y yo llevo diez noches aprendiendo lo suficiente sobre esta casa como para saber que eso no es que no se haya dado cuenta.

Me paso el dorso de la mano por la cara con la misma naturalidad con que se aparta el pelo. Dos veces. Tres.

Nadie me mira.

Es la cosa más amable que me han hecho en año y medio y consiste, íntegramente, en que seis personas se dediquen a sus asuntos.

Y entonces Colometa se levanta del escalón de la trastienda.

Cruza la librería entera sin prisa, con esa manera de andar de las gatas que parece que van a otro sitio, pasa por delante del mostrador, dobla en la mesa de la ventana, llega hasta el sillón, se para.

Me evalúa, como el primer día. Y esta vez no decide que no: salta al reposabrazos, de ahí a mi regazo, da tres vueltas sobre sí misma pisándome con toda su alma, se acomoda encima del libro azul y se pone a ronronear como si aquello fuera cosa suya.

Se me para todo.

Le pongo la mano encima porque no hay otra cosa que hacer con las manos cuando un animal se te instala encima, y noto el ronroneo en la palma, que es un ruido y es un temblor a la vez, y me quedo así un rato largo mirando el techo de una librería.

—Ahí ya no te levantas —dice Puri, desde su mesa, sin apartar la vista del cura—. Que lo sepas.

—¿Cuánto suele estar?

—Lo que le dé la gana.

—¿Y qué se hace?

—Nada. Se está.

Y ahí me quedo, con una gata parda encima de un libro azul y un poema de once versos dentro, y no traduzco ni una línea de la póliza de seguros, y son las dos y cuarto, y luego las tres menos veinte, y a nadie en esta habitación le parece que eso sea un problema.

A las tres, Colometa decide que ya está bien y se marcha a la trastienda con una indiferencia ofensiva.

Me levanto con el libro en la mano. Voy hasta el mostrador. Elías sigue con su montón y su lápiz.

—Me he saltado la posología.

—¿Cuál era?

—Dos, antes de dormir. No seguidos.

—¿Y?

—Uno y medio, en un sillón, seguidos, a las dos de la mañana.

Deja el lápiz encima del montón. Se limpia las manos en el pantalón, que es lo que hace cuando va a decir algo y todavía no sabe qué.

—El uno y medio, ¿cuál fue el medio?

—El primero. El primero no me entró.

—¿Y el segundo?

—El segundo entero.

Coge el libro de mis manos, lo abre, mira la página del segundo poema el tiempo que tarda en leerlo alguien que ya se lo sabe, y me lo devuelve.

—Ese está bien.

—Sí.

—Pues vuelva.

Y se pone a apuntar en el siguiente libro del montón, y ese es el final de la conversación más importante que he tenido con nadie desde marzo del año pasado.

Fuera hace la primera noche de verdad fría del otoño. Treinta y ocho pasos, la vuelta: la luz, el cartel, CERRADO.

En casa dejo el libro azul en la mesilla, y esta vez lo dejo abierto, boca abajo, por la página once, que es la postura en que se dejan los libros que se van a seguir leyendo.

Estuvo uno así cuatro meses en esta misma mesilla. Lo cerró alguien que no fui yo.

Este lo cierro yo mañana.