El librero de medianoche Noche 9 — jueves 16 de octubre
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Noche 9 — jueves 16 de octubre

A la una menos diez, en la acera de enfrente, se enciende una luz amarilla y sube una persiana con un estruendo que en este barrio debe de servir de reloj.

—El obrador —dice Vega, sin levantar la vista del cuaderno—. Ya es la una.

—¿Y eso lo aguantáis todas las noches?

—Yo he crecido con eso.

—Tienes diecisiete años.

—Pues eso.

Diecisiete minutos después entran Marga y Chelo con una caja de cartón que gotea calor por las esquinas y con la conversación empezada desde el portal.

—Suizos de ayer.

—De hoy, que son las doce pasadas.

—De ayer para el que los hizo.

—Filósofa te me has vuelto con el horno.

La caja aterriza en el mostrador. Elías saca de debajo de la caja registradora dos novelas con la cubierta amarillenta y las deja al lado de la caja de cartón, y el trueque se consuma sin que intervenga el dinero ni la gramática.

—¿Este es el del cura?

—Ese es el del cura.

—El del cura me lo llevé yo en agosto.

—Te llevaste el del perro.

—Yo del perro no me acuerdo.

—Porque te lo leíste en agosto, y en agosto tú no eres persona.

Jandro se materializa desde la sección de bolsillo con un radar que la ciencia no ha sabido explicar.

—¿Sobra alguno?

—No.

—¿Y ese que está solo?

—Está acompañado de mi paciencia.

Trabajo pegada al cristal, con una traducción jurada a medias y con la puerta del obrador justo enfrente, y he descubierto que si giro la silla treinta grados veo el mostrador entero y sigo pareciendo una mujer que trabaja. Es un descubrimiento del que no estoy orgullosa.

Marga —la de la caja, la más baja, la que decide— se apoya con los dos codos en la madera con la comodidad de quien lleva veinte años apoyándose ahí.

—Oye, ¿tú qué vas a hacer con lo de la casa?

Elías está cortando un trozo de estraza. No levanta la vista.

—Nada.

—¿Nada?

—Todavía no hay nada que hacer.

—A nosotras nos vino la carta en julio.

—Ya me lo dijiste.

—Y la firmaba la hija. No el padre. La hija. —Marga se yergue y se limpia las manos en el delantal, aunque no las tiene sucias—. Que el padre en cuarenta años no nos mandó una carta ni cuando nos retrasamos cinco meses en el noventa y tres.

—Ya.

—Ya, ya. —Chelo, desde la puerta, con la caja vacía bajo el brazo—. Este «ya» suyo.

—Es que ella no ha hecho nada malo, Chelo. Ha heredado un edificio y ha mirado los números. Eso lo hace cualquiera.

—Pues cualquiera no.

Se van a la una y media con las dos novelas del cura y del perro, discutiendo por la escalera cuál se lleva cuál, y en la librería se queda el olor a mantequilla peleando con el del café y ganando por puntos.

Y se queda también, encima del mostrador, una conversación que nadie ha recogido.

Yo hago una cosa que llevo una semana sin hacer, que es mirar el sitio donde estoy con ojos de contable.

Cuento. Es lo mío.

De doce a dos y media han entrado nueve personas.

Han comprado dos: un señor que pasaba y se llevó un libro de bolsillo, y Vega, que ha comprado un boli.

Un boli. Puri se lleva libros y no paga —«tengo cuenta», me dijo el primer día, y a mí me pareció una broma y ahora ya no sé—.

Jandro no compra: Jandro recibe. La mujer del abrigo bueno de la otra noche se bebió un café que estaba pagado desde antes por alguien que ya se había ido a dormir.

En la pizarra de al lado de la caja hay ahora nueve rayas. El jueves pasado había doce.

Y este señor tiene siete lámparas encendidas ocho horas al día, una estufa, una máquina de café del año setenta y cuatro que debe de beber electricidad como un pueblo entero, un local en el centro de Madrid, y un negocio que consiste en abrir cuando todo el mundo cierra y en regalar libros envueltos en papel de estraza a gente que no ha pedido nada.

Eso no se sostiene. Eso no lo sostiene nadie. Y si además la carta viene firmada por una hija que ha heredado y ha mirado los números, esto no se sostiene menos: esto se cae.

Me pongo mala del estómago con una intensidad que no me corresponde. Llevo aquí nueve noches. Nueve. Hay gente en esa mesa que lleva veinte años.

—¿Tú qué miras? —dice Vega.

—Nada.

—Llevas media hora contando cosas con los labios.

—No cuento con los labios.

—Cuentas con los labios.

A las dos y media, cuando Vega ya se ha ido con el táper y con once líneas escritas de un tirón, y Jandro va por la página cuatrocientos y algo, me levanto y voy al mostrador con los dos euros de la manzanilla.

Y esta vez sí.

—Dos.

Elías levanta la cabeza.

—¿Dos qué?

—Dos cafés. El mío y otro en vela.

Ya está. Cinco palabras, más o menos, ocho noches, dos intentos fallidos y cuatro euros mal contados dejados de mala manera un sábado.

Él coge la tiza sin decir nada, se gira hacia la pizarrita y hace una raya. Diez.

Y luego, todavía de espaldas, con la tiza en la mano:

—El sábado dejaste cuatro.

—Me confundí.

—Ya.

—Iba con prisa.

—Ya.

Se da la vuelta y deja la tiza en su sitio, y por primera vez en nueve noches le veo hacer algo que en cualquier otra persona sería sonreír y que en él consiste en que se le mueve un músculo de la cara, uno solo, durante aproximadamente medio segundo.

—La raya la hice igual —dice.

—Ya lo vi.

—¿Lo viste?

—Me di la vuelta en la calle.

Y ahí me callo, porque acabo de confesar sin querer que me doy la vuelta en la calle, y él lo ha oído perfectamente, y ninguno de los dos tiene la más mínima intención de tocar el tema, así que nos quedamos los dos mirando la pizarra como si en la pizarra hubiera algo que mirar, que no lo hay: hay diez rayas de tiza en una pizarra vieja de un sitio que va a cerrar.

—Buenas noches, Elías.

—Buenas noches, Nora.

Fuera hace frío seco y huele a mantequilla desde la acera de enfrente, donde Marga y Chelo tienen la puerta abierta y las luces encendidas y les quedan cinco horas de trabajo por delante.

Treinta y ocho pasos. La vuelta. La luz, el cartel.

Y esta noche, además, la cuenta que me he hecho dentro y que no le he dicho a nadie: nueve personas, dos ventas, diez cafés que nadie ha pagado dos veces. Con eso no se paga ni el recibo de la luz.

Ando hasta casa pensando en el trastero de mi padre, en las once cajas, y en que el día ocho de noviembre voy a tener que abrir la puerta de chapa y encender una bombilla, y en que, por primera vez desde agosto del año pasado, lo que me da miedo de esas cajas no es abrirlas.

Es que alguien las tire.