El librero de medianoche Noche 8 — miércoles 15 de octubre
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Noche 8 — miércoles 15 de octubre

Mi hermana llama a las diez y veinte de la noche, que no es su hora, y ya solo por eso me quedo de pie en mitad del pasillo con el móvil en la mano dejándolo sonar tres veces más de lo necesario.

—Soy yo.

—Dime.

—Que me han llamado del trastero.

Del trastero. Mi padre tenía alquilado un trastero en la calle de atrás de su casa desde antes de que yo naciera, un cubículo de dos metros por tres con una bombilla y una puerta de chapa, y ahí dentro hay, en este orden, una bicicleta, tres sillas rotas, cajas de facturas de un negocio que cerró en 1998 y once cajas de libros.

Once. Las conté en agosto del año pasado, de pie en la puerta, sin entrar.

—Que suben el precio en enero y que o pagamos o vaciamos, y yo he pensado que ya está bien, Nora, que llevamos año y medio pagando un trastero por no tomar una decisión, y que un fin de semana de estos vamos las dos y…

—Vale.

—…lo vaciamos entre las dos, que yo llevo el coche y…

—Que vale.

—Ya, pero es que eso me lo dijiste en junio.

Y tiene razón. Me lo dijo en junio y le dije que vale, y en septiembre otra vez, y en las dos ocasiones colgué y no volví a pensarlo, y ella no me lo ha echado en cara ninguna de las dos veces hasta hoy, y hoy tampoco me lo echa en cara del todo: se le nota en la voz que lleva media hora ensayando cómo decirlo sin que suene a reproche, y lo consigue, y eso es lo peor.

—El fin de semana del ocho —digo—. De noviembre.

—¿Seguro?

—Seguro.

—Vale. —Pausa—. ¿Estás bien?

—Sí.

—Vale.

Cuelgo. Miro la hora: las diez y media. Faltan noventa minutos para que abran.

Aguanto cuarenta.

Salgo a las once y diez con el abrigo mal abrochado y la idea de dar una vuelta larga, bajar hasta el paseo y subir por el otro lado, gastar la hora andando, que es lo que llevo haciendo un año y medio y hasta hoy funcionaba.

Y en la esquina de la plaza, delante del quiosco cerrado, se me acaba el aire.

No es una manera de hablar. Es eso: cojo aire y el aire no llega a ninguna parte, se queda a mitad, y el segundo intento sale peor que el primero, y al tercero ya estoy con la mano apoyada en la persiana metálica del quiosco y con el corazón dándome golpes en sitios donde no hay corazón, en la garganta, en las muñecas.

Cuento. Es lo que hago. Cuento las baldosas del suelo que veo desde donde tengo la cabeza, que son ocho, y luego los barrotes de una ventana, que son seis, y luego vuelvo a las baldosas y ya no me salen ocho, me salen cinco, porque tengo la vista rara y porque contar tampoco funciona esta noche.

Se me pasa por la cabeza que me estoy muriendo. Sé que no me estoy muriendo. Las dos cosas caben a la vez y ninguna ayuda a la otra.

Pasa un chico con casco. Pasa una pareja. Nadie se para, y yo no quiero que se paren, y a la vez que no se pare nadie me parece la cosa más triste que ha ocurrido en esta ciudad esta noche.

No sé cuánto dura. Cuando puedo enderezarme tengo la mano helada de la persiana y las doce y veinticinco en el móvil, y en la travesía, cincuenta metros más allá, hay una luz encendida.

Entro. La campanilla suena igual que siempre y a mí me parece un escándalo.

Estoy temblando de una manera que no se puede disimular, con el temblor ese de después que no tiene nada que ver con el frío, y me quedo en la puerta sin quitarme el abrigo porque quitarse el abrigo requiere una serie de decisiones que ahora mismo no puedo tomar.

Elías levanta la vista.

Medio segundo. No más.

Y no dice nada.

Lo que hace es esto, y lo hace en un orden que no parece pensado y que llevo noches sabiendo que está pensadísimo: se acerca al tocadiscos que hay en la repisa detrás del mostrador, levanta la aguja de lo que estuviera sonando —una cosa con trompetas— y pone otro disco, un piano solo, algo muy lento y sin sobresaltos.

Después coge la estufa por el asa y la mueve.

La arrastra medio metro, hasta la mesa de la ventana, la mía, y allí la deja. Después va a la máquina.

El ruido de barco. Cuatro minutos.

Cuando llego a la silla, la manzanilla ya está en la mesa y él ya está de espaldas, subido a la escalera de tijera con toda la atención del mundo puesta en una balda que no le necesita.

Me siento.

Bebo. Quema. Bebo otra vez.

Nadie me pregunta qué me ha pasado. Nadie me dice tranquila.

Nadie me pone la mano en el antebrazo ni me trae un vaso de agua con azúcar ni me explica que eso que he tenido tiene un nombre, que lo tiene, y que yo me lo sé, y que lo último que necesito en el mundo es que alguien me lo diga en voz alta a las doce y media de la noche.

El piano sigue. La estufa me da en el costado izquierdo.

A la una entra Puri, y a Puri le basta un vistazo —esa mujer tiene un radar que debería estudiarse en la universidad— y hace lo que no ha hecho ninguna otra noche: en vez de preguntarme nada, se sienta en la mesa de al lado y se pone a contarme, sin pausa y sin que yo participe, la historia completa de un cliente que se dejó anteayer en el taxi una urna con las cenizas de su suegra.

Dura veinte minutos. Tiene giros. Tiene un momento en el peaje de la M-40 en el que la cosa se pone seria y otro en la puerta de un tanatorio de Carabanchel en el que se pone a la vez seria y grotesca, y al final del todo Puri concluye que la gente no sabe lo que lleva encima, y yo llevo un rato respirando de manera normal sin haberme dado permiso.

—Ya está —dice, levantándose.

—Gracias.

—¿Por qué?

—Por la urna.

—La urna es verdad —dice, muy digna, y se va a por su libro.

A las dos y media me levanto. Estoy cansada de una manera limpia, sin filo.

Paso por el mostrador. Elías está haciendo cuentas en un cuaderno con el lápiz de carpintero, que para las cuentas es un instrumento absurdo.

—No me vas a preguntar.

Deja el lápiz. Se toma su tiempo.

—No.

—¿Nunca?

—Si quieres contarlo, cuéntalo.

—¿Y si no?

—Pues no. —Se encoge de hombros, un movimiento mínimo—. Aquí la gente entra por la puerta y ya está. Con eso me basta.

Y ahí, de pie, con el abrigo en la mano y el vaho de la calle todavía en los cristales, se me ocurre una cosa que no digo, que es que esta es la única frase amable que me han dicho en año y medio que no viene acompañada de una factura.

—Hasta mañana, Elías.

Nunca le había llamado por su nombre. Se le nota que se ha dado cuenta en que no se le nota nada.

—Hasta mañana, Nora.

En la calle está el taxi de Puri con el motor encendido y ella dentro, con las luces largas puestas, esperando como quien lleva media hora esperando.

—Sube.

—Vivo aquí al lado.

—Sube, coño.

Subo. Son cuatrocientos doce pasos y los hacemos en dos minutos y medio y no me deja pagar, y cuando le digo que gracias por segunda vez en una noche me contesta que no le dé más las gracias, que hoy va a nombre de la casa.

Arriba, en el piso, dejo el bolso en el suelo y no enciendo la luz grande.

En la mesilla siguen el libro azul y el papel de estraza alisado. Cojo el papel, no el libro. Lo leo entero, las tres líneas, como se lee un prospecto.

Si no hace efecto, vuelva.

Ya he vuelto, pienso. Ocho veces.