Noche 7 — martes 14 de octubre
A la una y diez entra una chica con una mochila de instituto, mira mi mesa, se para en seco y se queda ahí, en mitad del pasillo, con la cara de quien llega a su casa y encuentra a otra persona sentada en el sofá.
Tiene diecisiete años como mucho. Coleta alta, chaqueta de chándal debajo del abrigo, un táper en la mano.
—Perdona —dice, educadísima, con esa educación de adolescente que corta más que la mala educación—. Es que esa es mi mesa.
Miro la mesa. Es una mesa. Tiene un flexo, una silla y un cajón que no abre.
—¿Tu mesa?
—Bueno. —Se coloca la mochila—. Sí.
Y entonces caigo. El flexo. En una librería con siete lámparas bajas y ninguna en el techo, hay exactamente un flexo, y está en esta mesa, y desde el lunes pasado nadie lo ha encendido salvo yo, y nadie me ha dicho nada.
—Es la mesa del fondo —dice Elías desde el mostrador, como quien recita el nombre de una institución del Estado.
—Ya, y ¿de quién es la mesa del fondo?
—De Vega.
—¿Y usted no me lo podía haber dicho el primer día?
—El primer día usted no se sentó ahí.
Recojo. Recojo con una eficiencia humillante, el portátil, el diccionario, el estuche, la taza, y me traslado a la mesa de la ventana entre disculpas cruzadas de las dos —«que no, que puedes quedarte», «que no, mujer, que ya está»— hasta que Vega deja el táper en el mostrador y se sienta y enciende el flexo, y el mundo vuelve a su sitio con un clic muy audible.
Cinco minutos después Elías le pone delante un ColaCao.
—Que ya tengo diecisiete.
—Ya lo sé.
—Que en mi casa tomo café.
—En tu casa haces lo que quieras.
—Esto es discriminación por edad.
—Esto es un ColaCao.
Ella lo coge con las dos manos y le da un sorbo largo, y en ese sorbo se le va toda la beligerancia. Es una escena tan claramente repetida ochenta veces que me da la sensación de haberme colado en el ensayo de una obra que llevan años representando.
He estado dos semanas fuera, le explica a Puri cuando Puri llega y le pregunta a gritos desde la puerta dónde se había metido; en casa de su abuela, en Móstoles, porque a su madre le dieron los turnos cambiados y en el piso son cinco y la abuela tiene un cuarto con puerta.
Puri opina sobre los turnos, sobre las abuelas y sobre Móstoles, en ese orden, y se lleva su libro sin pagar.
A las dos menos cuarto yo estoy en la mesa de la ventana con la caldera alemana y Vega está en la del fondo con un bolígrafo en la boca y una hoja delante, y desde donde estoy veo que lleva veinte minutos sin escribir nada.
A las dos, Vega se levanta, va al mostrador y le dice a Elías algo en voz baja. Él escucha con las manos quietas. Luego dice, sin bajar la voz y sin mirarme:
—Eso pregúntaselo a ella, que es traductora.
Gracias, hombre.
Vega llega hasta mi mesa con la hoja pegada al pecho y la deja delante como quien entrega un parte de bajas.
—Es un comentario de texto. Para el jueves. Y no sé por dónde cogerlo.
Es un poema. Doce versos, castellano del siglo veinte, uno de esos que salen en todos los libros de texto porque son buenos y porque son cortos. Debajo, tres preguntas del profesor y el espacio en blanco correspondiente.
Y yo, que llevo año y medio sin poder leer un libro, hago lo siguiente sin pensarlo: giro la hoja hacia mí, cojo un lápiz, y leo el poema entero dos veces.
Doce versos. Los dos.
Y no se me escapa nada, porque no lo estoy leyendo: lo estoy desmontando.
Es exactamente lo que hago con la caldera.
Aquí hay un verbo que está donde no le toca.
Aquí hay una palabra rara que sostiene todo el peso de la frase.
Aquí, en el noveno, hay un cambio de tiempo verbal que es donde el poema hace lo que ha venido a hacer.
—Mira. —Le marco el noveno verso con la punta del lápiz—. ¿Qué tiempo es este?
—Presente.
—¿Y el de antes?
—...Pasado.
—Vale. ¿Y por qué?
Vega mira. Mira de verdad, no la mirada de vuelta al folio de quien espera que se lo den masticado, y le veo el momento exacto en que el poema se le abre por dentro, porque se le mueve la boca y dice «ah».
—Porque ya no está contándolo. Porque le está pasando otra vez.
—Ahí lo tienes. Eso es todo el comentario. Lo demás es rellenar.
—¿Y eso se puede poner así?
—Se pone mejor, con más palabras y sin decir «rellenar». Pero es eso.
Se lleva la hoja a su mesa a paso rápido, se sienta, escribe once líneas de un tirón, y yo me quedo con el lápiz en la mano y una sensación en el pecho que tardo un rato en identificar porque hace mucho que no la tengo, y cuando la identifico me pongo de un humor de perros.
Ha sido fácil.
Ha sido facilísimo. Ha sido como bajar una escalera que te sabes de memoria: no ha habido esfuerzo, no ha habido bloqueo, no ha habido la frase escurriéndose a mitad de la tercera línea. Doce versos, dos lecturas, un dedo en el sitio donde late.
O sea que el músculo está.
O sea que el músculo está perfectamente y llevo año y medio contándome que se me ha roto algo, cuando lo que pasa es otra cosa que ahora mismo no pienso mirar de frente en una librería a las dos de la mañana con un manual de calderas abierto.
Cierro el portátil de golpe. La caldera alemana puede esperar.
A las dos y media Vega recoge, se pone la mochila y viene hacia mí con el táper vacío bajo el brazo.
—Oye, muchas gracias, ¿eh? —Y luego, ya de espaldas, sin darle importancia porque a los diecisiete años estas cosas no la tienen—: ¿Cómo te llamas?
Y ahí está.
A una cría de diecisiete años no se le puede decir que no. No hay manera. No existe la versión educada del silencio cuando quien pregunta es alguien que aún tiene la costumbre de preguntar las cosas directamente porque todavía no sabe que hay gente que no contesta.
—Nora.
—Yo Vega. Hasta mañana, Nora.
—Hasta mañana.
La puerta. El aire frío. El silencio de después.
Y en el mostrador, un hombre que lleva un cuarto de hora colocando la misma hilera de lomos y que ahora mismo, sin levantar la vista, tiene toda la cara ocupada en no decir absolutamente nada.
Ya lo sabía él. Lo sabe desde el domingo, desde un cartoncito naranja de tintorería. Pero una cosa es leer un nombre y otra que te lo den, y los dos sabemos que a él no se lo he dado.
Recojo. Me pongo el abrigo. Paso por delante del mostrador y no me paro, y al llegar a la puerta digo, hacia la calle, ya con el picaporte girado:
—Hasta mañana.
—Hasta mañana, Nora.
Fuera hace un frío seco. Treinta y ocho pasos, la vuelta, la luz, el cartel.
Y esta noche, en el escaparate, además del cartel hay una chica de diecisiete años que ha vuelto sobre sus pasos y está aporreando el cristal para que le abran porque se ha dejado el táper de su abuela encima de la mesa del fondo. Le abren. Discuten. Sale con el táper.
Me está mirando desde la otra acera, así que levanto la mano.
Levanta la suya.
Y así, tan tonto, es como me entero de que a partir de esta noche voy a tener que ir todos los días, porque ya hay gente que me espera.