El librero de medianoche Noche 6 — lunes 13 de octubre
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Noche 6 — lunes 13 de octubre

Una semana.

Lo pienso en el ascensor, bajando, y me parece una cifra ridícula para lo que se ha instalado en mi vida: hoy hace una semana justa que entré por la puerta de La Vigilia porque tenía frío, y hoy salgo de casa a las doce menos veinte sin haberme molestado en fingir que iba a la farmacia de guardia ni a dar una vuelta ni a ninguno de los sitios inventados que me decía a mí misma el miércoles.

Salgo a ir. Eso es todo. Y no cuento los pasos hasta que llevo la mitad, y para cuando lo advierto ya no puedo empezar por la mitad, así que llego sin cifra, que es como llegar desnuda.

Dentro está Ramiro, de pie, en su postura de reclamación.

—Le hice caso.

—Buenas noches, Ramiro.

—Le hice caso y me han dado un aviso.

Elías deja lo que está haciendo. Es la primera vez que le veo dejar de hacer algo por una frase.

—¿Un aviso de quién?

—De la del segundo. Que llamó al telefonillo a las tres de la mañana a preguntar si me pasaba algo, porque me oía hablar solo. —Se quita el sombrero, muy digno—. Le expliqué que estaba leyendo un libro inglés en voz alta y que iba por el capítulo de los quesos.

—¿Y qué le dijo?

—Que si quería que llamase a mi hija.

—¿Y usted?

—Que mi hija vive en Alcorcón y que a esas horas duerme como Dios manda. —Ramiro deja el libro en el mostrador con el golpe seco de siempre—. Y luego le leí el capítulo de los quesos.

Puri, desde el sillón de al lado de la estufa, donde ha aterrizado hace diez minutos con las llaves del taxi encima del mostrador y un ojo puesto en todos nosotros:

—¿A la del segundo?

—A la del segundo. Por el telefonillo.

—Ramiro, que la va usted a asustar.

—No se asustó. —Pausa de actor viejo—. Se rio.

Y ahí es donde yo, en mi mesa, con un manual de instrucciones de una caldera alemana en la pantalla, me tapo la boca con la mano. No sirve de nada, porque el ruido ya ha salido, un ruido corto por la nariz que en cualquier otra semana de mi vida no habría merecido ni mención.

Puri me señala con el libro de bolsillo, triunfal, como quien identifica a un sospechoso en una rueda de reconocimiento.

—Esta se ríe.

—Esta no se ríe —digo.

—Esta se ha reído. Elías, ¿tú la has oído?

Elías está de espaldas, alineando. No dice nada. Pero le veo el hombro y el hombro dice que sí.

Trabajo hasta la una y media. La caldera alemana tiene ciento veinte páginas y un vocabulario técnico que se resuelve solo si una tiene el diccionario correcto y la paciencia de comprobar cada término dos veces, y yo tengo las dos cosas, así que avanzo como una máquina y a la una y media he hecho el trabajo de dos días.

Esto es lo que se me da bien. Coger un objeto de un idioma y pasarlo entero al otro sin que se le caiga nada por el camino.

Se me da tan bien que lleva año y medio tapando el agujero: mientras haya calderas y contratos y folletos de la Comunidad de Madrid, mientras haya frases que desmontar y volver a montar, yo puedo pasarme la vida entera sin volver a leer un libro y nadie se dará cuenta.

Puri se va a las dos menos veinte. Ramiro, a las dos. La puerta se cierra dos veces y se queda esa acústica de después.

Y entonces él lo hace.

Desaparece entre dos estanterías, vuelve con un libro fino, lo pone en el mostrador, corta el papel de estraza con el canto de la mano y lo envuelve, dos dobleces, el cordel dos vueltas, el nudo que no es un lazo. Todo en el tiempo que yo tardo en decidir que no lo voy a aceptar.

Escribe tres líneas a lápiz apoyando fuerte. Deja el paquete en el borde del mostrador, en el borde de mi lado de la madera, y retira la mano.

—Yo no leo —digo, y esta vez me sale sin munición, casi como una disculpa.

—Ya lo sé.

—Se lo dije el miércoles.

—Y yo le dije que aquí no es obligatorio. —Coge un trapo, limpia el vapor de la boquilla de la máquina, que no lo necesita—. Sigue sin serlo.

—¿Entonces?

—Szymborska ganó el Nobel en el noventa y seis. —Cuelga el trapo—. En Estocolmo dio el discurso más corto que se recuerda. Diecinueve minutos.

—¿Y eso qué tiene que ver?

—Nada.

Nos quedamos los dos mirando el paquete como si fuera un animal pequeño que hay que decidir si se toca.

Y yo pienso, con una claridad desagradable, que este hombre no me ha preguntado ni una sola vez por qué no leo.

Ni el miércoles, ni hoy. Todo el mundo pregunta.

Mi hermana pregunta y luego se contesta ella sola.

Mi editor de siempre preguntó por correo con mucha delicadeza y muchas comas.

Hasta la señora de la tintorería, que me ve entrar con el abrigo negro cada dos semanas, preguntó una vez si estaba pasando una mala época, y yo le dije que sí, y ella me dijo que rezara, que es un consejo que agradezco pero que no puedo usar.

Este señor no pregunta. Este señor envuelve.

Cojo el paquete. Pesa lo que pesa un libro fino y una cosa más que no se pesa.

Lo leo ahí de pie, porque la letra a lápiz está por fuera y no hay manera de no leerla:

Poemas escogidos, W. Szymborska

Posología: dos, antes de dormir. No seguidos.

Si no hace efecto, vuelva.

—No lleva firma.

—No hace falta.

—¿Y si no hace efecto?

—Pues vuelve —dice, y se sube a la escalera de tijera.

Tercer peldaño. El crujido.

Me lo meto en el bolso, entre el portátil y el estuche, con una torpeza que no tengo desde el instituto.

Me pongo el abrigo. Voy hasta la puerta y me giro con la mano en el picaporte, porque hay una cosa que llevo desde el miércoles con ganas de decir y que hoy, con el paquete en el bolso, ya no puedo seguir debiendo.

—Oiga.

Él espera arriba, con un libro grande en la mano.

—Que gracias.

—De nada.

—No por el libro.

Se queda quieto un segundo. Luego encaja el libro en la balda, lo empuja con dos dedos hasta dejarlo a ras, y baja de la escalera sin contestar, que es su manera de contestar.

Fuera hace la noche más fría de la semana. Treinta y ocho pasos, la vuelta: la luz, el cartel girándose, CERRADO. Espero, porque desde el miércoles esperar se ha convertido en parte del trayecto, y la lámpara del fondo sigue encendida a los dos minutos y a los cinco.

En casa deshago el nudo, que se deshace tirando de un cabo porque ese hombre no hace lazos pero hace nudos que se abren.

Saco el libro. Es fino, tapa blanda, azul.

No lo abro.

Lo dejo en la mesilla, boca arriba, con el papel de estraza al lado. Alisado con la mano, dos veces, hasta que se queda plano.

Apago la luz a las tres y diez y me duermo a las cinco, que son dos horas menos que ayer, y por primera vez en año y medio no me duermo repasando lo que no he hecho, sino intentando acordarme de si en el noventa y seis yo tenía ya el carné de la biblioteca de la calle de al lado de mi casa.