El librero de medianoche Noche 5 — domingo 12 de octubre
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Noche 5 — domingo 12 de octubre

Llueve desde las nueve. No con ganas: una lluvia de domingo, fina y constante, de las que no justifican el paraguas pero te dejan el abrigo con olor a perro.

La travesía brilla. Las citas que hay grabadas en el suelo del barrio, esas letras de bronce entre los adoquines que en veinte años yo no había leído nunca porque nadie lee el suelo, esta noche se leen solas porque el agua las llena y las subraya.

Me paro en una. La leo entera. Un verso de un muerto muy antiguo sobre lo que dura la vida.

Se lee. Está claro que lo que puedo leer son cosas cortas y que estén quietas.

Dentro huele a lana mojada y a café. Hay tres abrigos colgados del perchero de al lado de la estufa, que es el récord de la semana, y en la mesa de la ventana un chico con auriculares que no ha levantado la cabeza desde que he entrado y que no la levantará en toda la noche.

—Buenas.

—Buenas.

La manzanilla llega a los cuatro minutos, no a los dos ni a los diez. Cuatro minutos. Lo sé porque lo he cronometrado dos noches seguidas, y saberlo me parece, en este orden, una información inútil, un síntoma y un motivo de vergüenza.

Hoy le pregunto.

—¿Qué lleva?

Él tarda en contestar lo que tarda en enroscar el filtro y encajarlo en la máquina.

—Manzanilla, hierbaluisa y un poco de cáscara de naranja seca.

—Es lo amargo del final.

—Es la naranja.

—Está bien.

—Ya lo sé.

Y se va a la trastienda. Un hombre que dice «ya lo sé» y se marcha debería caerme fatal. Anoto mentalmente que no me cae fatal y que eso habrá que revisarlo en otro momento.

Jandro aparece a la una menos cuarto empapado, con la mochila cúbica chorreando y el humor intacto, deja la bici en su sitio de siempre —hoy sin oposición, porque Puri libra los domingos, y lo anuncia a voces como si la ausencia de Puri fuera un acontecimiento meteorológico—, coge dos galletas y se sienta en el suelo contra la estantería de bolsillo.

—Voy por la doscientas.

—¿Y?

—Que me río solo por la calle.

—Ya te lo dije.

—Ya me lo dijiste sin decírmelo.

Se van a las dos, primero el chico de los auriculares y luego Jandro, y la librería se queda con esa acústica rara de después, cuando el suelo cruje aunque no pise nadie.

Yo termino el contrato italiano. Lo mando a las dos y veinte, un domingo, con dos días de adelanto sobre el plazo, y me quedo mirando la pantalla con el correo enviado como si hubiera hecho algo heroico.

En marzo del año pasado yo entregaba cosas con dos semanas de adelanto.

Un año y medio después, entregar con dos días me parece una hazaña y encima estoy contenta. Eso también habrá que revisarlo.

Recojo. Cierro el portátil, lo meto en el bolso, cojo el abrigo del perchero —está caliente por el lado de la estufa, es un detalle absurdo que me pone de buen humor— y me lo pongo sacudiéndolo, y al sacudirlo sale despedido del bolsillo un papel pequeño que planea y aterriza a los pies del mostrador.

Elías se agacha. Lo coge. Es el resguardo de la tintorería, ese cartoncito naranja con el número grande y los datos escritos a bolígrafo por una señora que lleva treinta años escribiendo lo mismo.

Y ahí, mientras se incorpora, hace lo que hace cualquiera con un papel que se le pone delante: leerlo. Medio segundo. Ni siquiera es curiosidad, es el reflejo de la especie.

Me lo tiende.

—Se le ha caído, Nora.

El techo no se cae. La estufa sigue zumbando.

Colometa no levanta la cabeza. Sin embargo yo me quedo con el resguardo entre los dedos y con una sensación exacta en el esternón, como cuando se enciende una habitación en la que llevabas rato a oscuras y descubres que estabas sentada de una manera rarísima.

Nora.

Lo ha dicho como quien devuelve una cosa que se ha caído. Sin subrayarlo, sin sonreír de lado, sin ese tonito de haber ganado un punto. Ha leído un nombre en un papel y ha usado el nombre, porque para eso están los nombres.

Debería decir: y tú Elías, ya lo sé, me lo dijo Puri el primer día.

Lo que digo es:

—Gracias.

Y me guardo el resguardo en el bolsillo con una eficiencia militar.

Él vuelve a la escalera de tijera. Tercer peldaño, el crujido. Yo me quedo dos segundos de más en mitad de la librería, con el abrigo puesto y el bolso al hombro, como una mujer que ha olvidado a qué había venido.

—Hasta luego.

—Hasta luego, Nora.

Dos veces. Y la segunda ya no es un accidente de un papel caído, la segunda es una decisión, y las dos sabemos —yo y la parte de mí que se dedica a comentar la jugada— que la que no está siendo educada aquí soy yo.

Fuera sigue lloviendo. Treinta y ocho pasos, la vuelta, la luz, el cartel, y hoy además el reflejo de todo eso repetido del revés en el charco de la esquina, que es más de lo que necesito.

En el metro no hay nadie a esta hora, y hay que ir andando hasta el otro lado de la plaza, y mientras ando me pongo, sin darme permiso, a buscar la última vez.

La última vez que alguien dijo mi nombre en voz alta. No mi apellido, ni «buenos días», ni «¿la siguiente?». Mi nombre.

En la comunidad de vecinos me llaman la del tercero.

En el supermercado me llaman guapa. Los clientes escriben Estimada Sra.

Ibarra , y eso no cuenta porque no suena.

Mi hermana llama los domingos y dice «soy yo» y luego habla veinte minutos de sus cosas, que es su manera de quererme y a mí ya me vale.

Cuento hacia atrás. La semana pasada, no. El mes pasado, no. Y a partir de ahí la cuenta se me pone borrosa, como todo lo del año pasado, y me detengo antes de llegar a marzo porque en marzo sé perfectamente quién lo decía y con qué voz.

Llego a mi portal con el abrigo empapado y sin haber contado los pasos.