El librero de medianoche Noche 4 — sábado 11 de octubre
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Noche 4 — sábado 11 de octubre

El sábado por la noche el barrio es de otra gente.

Vengo esquivando grupos que van hacia la plaza, y por primera vez desde el lunes no soy la única persona despierta en Madrid, y eso, en vez de acompañar, hace lo contrario: cuatro chicas riéndose a las doce y media son cuatro chicas riéndose, y yo soy una mujer de treinta y seis años con las manos en los bolsillos yendo a una librería.

Cuento las que van del brazo. Tres de cuatro.

Dentro, la calle se apaga de golpe. Es una cosa física: la puerta se cierra y el ruido baja dos pisos, como si el papel de las estanterías se lo tragara. La estufa. Las siete lámparas. La gata en el orejero, que hoy levanta la cabeza entera.

Y un señor mayor de pie delante del mostrador, con abrigo de paño, sombrero en la mano y un libro en la otra, en actitud de haber venido a poner una reclamación.

—Buenas noches. Vengo a devolverle esto.

—Buenas noches, Ramiro.

—Y a decirle una cosa.

—Ya me lo imagino.

El señor deja el libro sobre la madera con un golpecito seco. Tres hombres en una barca, edición vieja, con el lomo blando de haber sido leído por alguien alguna vez, aunque sospecho que no por él.

—Que no tiene gracia.

—Tiene gracia.

—Que no la tiene, se lo digo yo. Tres ingleses en un río haciendo el ganso durante trescientas páginas. Trescientas. Yo he estado en un río, ¿sabe usted?, con una barca, y le aseguro que no pasa nada de eso.

—¿Se ha reído usted alguna vez en un río?

—Yo me he reído lo que había que reírse.

Elías coge el libro, busca una página sin dudar, le da la vuelta hacia el señor y le señala una línea con el lápiz de carpintero, sin decir cuál. El señor se pone las gafas con una lentitud de trámite oficial. Lee. Se le mueve la boca por dentro. Deja de moverse.

—Bueno —dice.

—Bueno.

—Eso es otra cosa.

—Ríase, Ramiro, que no es pecado.

Y yo, en la mesa del fondo, con el flexo encendido y un contrato de arrendamiento italiano a medio traducir, sonrío.

No es gran cosa. Es una sonrisa de las de la boca cerrada, de tres segundos, de las que no se ven desde el mostrador. Pero llevo año y medio con la cara quieta, y noto perfectamente el sitio exacto donde se me ha movido, como se nota una muela dormida desde hace meses.

Me fastidia muchísimo.

Vuelvo al contrato con una concentración de opositora. Cláusula séptima, resolución anticipada, penalización. Traduzco cuatro líneas mal y las dejo mal.

El señor —Ramiro, usted, sombrero— se instala en mi mesa con la naturalidad de quien tiene silla asignada.

—¿Me pone usted un carajillo?

—¿De coñac?

—De coñac.

—¿Y su médica?

—Mi médica trabaja de noche y no me ve. —Levanta un dedo—. Y a usted lo que le pagan es por servir, no por cuidar de mis arterias.

—A mí no me paga nadie por servir, don Ramiro. Esto es una librería.

—Pues por eso mismo.

El carajillo llega. El señor lo prueba, hace un gesto con la barbilla que parece de aprobación y empuja el platillo dos dedos hacia el centro de la mesa, que ya he visto que significa algo pero todavía no sé qué.

—Está fuerte.

—Está como siempre.

—Está fuerte —repite, y se lo bebe entero.

A la una y media entra Puri con las llaves, saluda al señor por su nombre y con un respeto que no le he visto usar con nadie más, se lleva otro libro sin pagar y se va. A las dos se abre la puerta y no entra nadie: es el viento. Elías se levanta, la cierra, comprueba el pestillo de arriba, vuelve.

Y sobre las dos y media, el señor Ramiro empieza a hablar de una barca de verdad.

No a mí. Ni siquiera a Elías, exactamente.

Habla mirando la estufa, en ese tono de quien cuenta algo por décima vez porque las nueve anteriores tampoco le sirvieron: un pantano en Ávila, mil novecientos setenta y tantos, una barca alquilada por horas, una mujer que se llamaba Charo y que se reía tanto que casi vuelcan.

—Ella sí se hubiera reído con el libro este —dice—. Se reía con todo. Con las noticias, hasta.

Silencio. La estufa. Elías no dice lo siento, ni cómo la echará usted de menos, ni ninguna de las frases que se dicen. Se acerca a la mesa, le retira la taza vacía y le deja delante el libro de los tres ingleses.

—Vuelve a llevárselo. Léalo en voz alta.

—¿Solo, en mi casa, en voz alta? Se me van a llevar los del ayuntamiento.

—A los del ayuntamiento a estas horas también les vendría bien.

El señor se lo lleva. Con reproche, con el sombrero puesto, con un gruñido de despedida general que nos incluye a mí, a la gata y a la máquina de café.

A las tres menos veinte cierro el portátil. Hoy no me he ido con la sensación de haber trabajado, sino con la de haber estado en un sitio, que es una sensación distinta y que hacía tiempo que no tenía.

Colometa —ese es su nombre, lo he oído decir a Ramiro y me ha parecido un nombre absurdamente bonito para una gata parda— se ha bajado del orejero y se ha instalado en la silla de enfrente de la mía.

En la silla, no en mi regazo. Cara al respaldo, digna, como en una reunión a la que no la han invitado y a la que ha decidido asistir igualmente.

Me pongo el abrigo. Voy hacia el mostrador con dos euros para la manzanilla y ahí está la pizarra, con sus rayas, y ahí está Elías dándome la espalda con la escalera de tijera, y el peldaño tercero crujiendo.

Cinco palabras: «y otro en vela, por favor».

No me salen. Lo he intentado el jueves y no me salieron y hoy tampoco.

Lo que hago es dejar cuatro euros en el mostrador en vez de dos, mal contados a propósito, como quien tiene prisa, y decir buenas noches por encima del hombro ya con la puerta abierta, para que cuando él los mire yo esté en la calle y no haya nadie a quien preguntar nada.

Treinta y ocho pasos. La vuelta.

Está de espaldas al escaparate, con la tiza en la mano, delante de la pizarrita. Añade una raya.

Luego gira el cartel. CERRADO.

Echo a andar y me da la risa, sola, en mitad de la travesía, una risa corta y por la nariz de la que no se entera nadie. Cobarde de mierda, me digo. Con lo fácil que era decirlo.