El librero de medianoche Noche 3 — jueves 9 de octubre
7%

Noche 3 — jueves 9 de octubre

La bici entra antes que el chico.

Entra por la puerta con el manillar de lado, roza la mesa de novedades, y detrás viene un crío de veintipocos con una mochila cúbica de reparto a la espalda, el casco todavía puesto y la cara de quien ha pedaleado en contra del viento por la Castellana.

—Buenas.

—Eso ahí no —dice Puri, sin levantar la vista del libro.

—Es que si la dejo fuera me la quitan.

—Eso ahí no.

—Puri, que son cuatro minutos.

—Cuatro minutos tuyos son cuarenta.

El chico apoya la bici donde la ha apoyado siempre, junto a la escalera de tijera, con el gesto de quien ha perdido esta discusión doscientas veces y ha ganado doscientas veces la bici. Se quita el casco. Tiene el pelo aplastado y una energía que a la una y veinte de la madrugada resulta ofensiva.

—Jandro —me dice—. ¿Tú eres nueva o eres de las que vienen y no vuelven?

—Todavía no lo sé.

—Vale. Buena respuesta.

Y va derecho al mostrador, mete la mano en una lata de galletas que hay a un palmo de la caja como quien mete la mano en su propia despensa, saca tres, se come dos, se guarda una.

Elías no dice nada. Elías está envolviendo un libro.

Lo hace deprisa y sin mirarse las manos, que es como se hacen las cosas que se han hecho mil veces: el papel de estraza en la mesa, el libro en el centro, dos dobleces, el cordel dos vueltas, un nudo que no es un lazo.

Luego coge el lápiz de carpintero y escribe tres líneas encima del papel, apoyando fuerte, y lo deja sobre el mostrador.

—Toma.

—¿Y esto? —dice Jandro.

—Lo que pediste.

—Yo no he pedido nada.

—Dijiste que las noches se te hacían largas.

—¡Eso no es pedir nada, eso es hablar!

Elías vuelve a lo suyo. Jandro deshace el nudo con los dientes —con los dientes—, saca un libro gordo de tapa blanda con una portada llena de gente con espadas, y lee en voz alta lo que hay escrito en el papel:

¡Guardias! ¿Guardias?, T. Pratchett

Posología: veinte páginas al terminar el turno. Nunca antes.

Si no hace efecto, vuelva.

—¿Nunca antes por qué?

—Porque te reirías solo por la calle.

—Ya me río solo por la calle.

—Pues por eso.

Puri suelta por la nariz un ruido que es el noventa por ciento de la risa que se permite en público.

Jandro se sienta en el suelo, con la espalda contra la estantería de bolsillo, se come la tercera galleta y abre el libro por la página uno, y ahí se queda cuarenta minutos con la mochila cúbica al lado como un perro.

Yo estoy en la mesa del fondo con el portátil abierto y sin escribir una palabra desde hace un rato, mirando el papel de estraza arrugado que ha quedado encima del mostrador.

Tres líneas. Título, posología, y esa fórmula final que no es una fórmula comercial ni una despedida ni nada que yo haya oído nunca en una tienda.

Si no hace efecto, vuelva.

Es una frase de médico. Eso es lo que es.

A la una y media entra una mujer con un abrigo bueno pero de otra temporada y un bolso apretado contra el costado. No mira los libros. Se acerca al mostrador, dice algo en voz muy baja, y Elías, sin contestarle, se da la vuelta hacia la máquina y empieza a hacer un café.

Vapor. El ruido de barco. La leche.

La mujer se lo bebe de pie, en tres tragos largos que dan un poco de vergüenza mirar, y cuando termina hace ademán de sacar el monedero, y Elías ya está de espaldas otra vez, ocupadísimo con una hilera de lomos que estaban alineados hace un segundo.

La mujer se queda con la mano dentro del bolso. Luego dice gracias y se va.

Él coge una tiza y hace una raya en la pizarrita de al lado de la caja, en la línea que pone CAFÉS EN VELA. Tacha una raya, mejor dicho. Ahora hay una menos.

—No lo entiendes —dice Puri, que me ha estado observando entenderlo.

—No.

—Ven.

Me levanto y voy. Puri señala la pizarra con el libro de bolsillo, como quien da una clase con un puntero.

—Tú vienes, te tomas tu café y pagas dos.

El tuyo y otro. Y ese otro se queda ahí, en la pizarra, en vela.

Y cuando entra alguien que ese día no puede pagarse un café, se lo toma y no pasa nada, porque ya está pagado desde antes.

Ni pide nada ni le preguntan nada. Coge lo que hay.

—Se encoge de hombros—. Toda la vida se ha hecho.

—¿Toda la vida?

—Toda la vida aquí. Lo inventó don Anselmo, que en paz descanse, o lo inventaría su padre, vete tú a saber. En este barrio no se ha inventado nada nuevo desde el sesenta. —Da un golpecito con el nudillo en el mostrador—. Y este lo mantiene.

Miro la pizarra. Doce rayas. Doce cafés pagados por gente que ya se ha ido a dormir, esperando a personas que todavía no han entrado por la puerta.

—¿Y quién los paga?

—Los que pueden. Unos días unos y otros días otros. —Puri me mira de arriba abajo, otra vez, con ese descaro suyo de agente de aduanas—. Tampoco es un examen, guapa. Aquí nadie apunta quién.

Miro a Elías, que sigue de espaldas, alineando por tercera vez unos lomos que ya estaban a ras.

Alguien apunta. Alguien apunta las horas a las que se va la última persona en el marco de la puerta, con lápiz, desde hace años. Pero eso todavía no se lo digo a nadie, primero porque no es asunto mío y segundo porque para decirlo tendría que explicar por qué me he fijado.

Vuelvo a mi mesa. Escribo cuatrocientas palabras sobre depuradoras y las borro. Escribo otras cuatrocientas y las dejo, que son peores, pero son las de dentro del plazo.

Jandro se va a las dos y diez con el libro en la mochila cúbica y sin despedirse de nadie en particular, la bici sacada de lado, un «hasta mañana» dicho hacia el techo.

Puri se va a las dos y media con las llaves y un ruido de motor en doble fila.

A las tres menos cuarto ya solo estamos el hombre, la gata y yo, y el zumbido de la estufa, y lo que queda de un olor a papel viejo que a estas horas ya es solo papel.

Cierro el portátil.

Al pasar por el mostrador me paro. Está la lata de galletas, está el rollo de estraza, está el ovillo de cordel y está la tiza.

Podría dejar dos euros y decir «y otro en vela», que son cinco palabras.

No las digo. Cojo el abrigo, doy las buenas noches y salgo con las cinco palabras dentro, como quien sale de una tienda con algo sin pagar en el bolsillo.

Fuera, treinta y ocho pasos, la vuelta, la luz, el cartel girándose.

En casa, a las tres y cuarto, cojo de la estantería el libro que puse derecho anoche y lo abro por donde estaba la marca. Leo cuatro líneas. A la quinta se me escapa la frase, como siempre, se va por la ventana y no vuelve.

Me quedo con el libro abierto en las rodillas y la cuenta hecha: cuatro líneas hoy, tres anteanoche. Lo dejo en la mesilla con un resguardo de tintorería marcando la página, que es lo que tengo más a mano.