Noche 2 — miércoles 8 de octubre
El martes no voy.
Lo decido a las once y media de la noche, de pie en la cocina con la nevera abierta, y lo decido con argumentos: que no le debo nada a nadie, que una manzanilla son ochenta céntimos, que hay algo ligeramente humillante en volver al sitio donde una desconocida te ha mirado de arriba abajo y ha dictaminado que ya era hora.
Me acuesto a la una. A las tres sigo mirando la persiana.
A las cuatro me sé de memoria la grieta del techo, que baja desde la lámpara y se bifurca, y que tiene —lo he contado más veces de las que voy a admitir— once ramas.
El miércoles a las doce y veinte estoy en la travesía con dos euros en el bolsillo del abrigo, apretados en el puño como una niña que va a por el pan.
—Vengo a pagar lo de ayer.
—Lo de anteayer.
—Lo de anteayer.
Está subido a la escalera de tijera, la que cruje en el tercer peldaño, colocando una hilera de libros grandes en la balda alta. No baja. Estira el brazo, encaja un lomo, lo empuja con dos dedos hasta que queda a ras de los otros.
—Déjelo en el mostrador.
Dejo los dos euros en el mostrador. Se quedan ahí, de pie sobre la madera, con un aire absurdo de ofrenda. Y como no sé qué hacer con las manos ahora que ya no llevan dos euros, me quito el abrigo, y al quitarme el abrigo ya me he quedado, que era exactamente lo que no pensaba hacer.
La estufa está encendida. La gata parda está en el sillón orejero, en la misma postura del lunes, como si en el intervalo no hubiera pasado nada y a lo mejor no ha pasado nada.
Cuento las lámparas: siete. Cuento las mesas: cuatro.
Es la clase de comprobación que no le sirve a nadie y a mí me tranquiliza.
A la una menos cuarto entra la mujer del taxi.
Las llaves caen sobre el mostrador con un golpe seco y contento. Trae la cazadora acolchada y un humor de las once de la mañana.
—Elías, dame algo que no me dé sueño.
Elías.
Así que se llama Elías, y me entero como se entera una de todo en esta ciudad: porque alguien lo dice delante de ti sin ninguna intención de informarte.
—¿Lo de siempre no le vale? —dice él.
—Lo de siempre me lo terminé en el turno de Vallecas. Y el final es una tomadura de pelo, dicho quede.
—Se lo dije.
—Me lo dijiste sin decírmelo, que es tu especialidad. —Se gira hacia mí sin transición ninguna—. Tú. La del lunes.
Levanto la cabeza.
—Yo.
—Puri.
—Encantada.
Espera. Yo espero. Ella arquea una ceja, entiende lo que está pasando y decide, con una generosidad que no le he pedido, no insistir.
—Encantada —repite, y se mete entre las estanterías.
Sale a los dos minutos con un libro de bolsillo con las esquinas dobladas, se lo enseña a Elías levantándolo por encima de la cabeza, él dice que sí con la barbilla y ella se va sin pagar. Otra vez. Las llaves, el golpe seco, el taxi con el motor encendido en doble fila.
Y entonces él hace lo que lleva veinte minutos preparando, aunque yo eso no lo sé todavía, o sí lo sé y me hago la tonta: baja de la escalera, se limpia el polvo de las manos en el pantalón, coge un libro de un montón que hay junto a la caja y lo deja en el mostrador, a medio camino entre los dos.
Delgado. Tapa blanda. Ni siquiera lo empuja hacia mí; lo pone y retira la mano.
—Yo no leo.
Me sale más seco de lo que pretendía. En realidad no pretendía nada, esa es la cuestión: las tres palabras estaban ahí desde el lunes, cargadas, esperando a que alguien acercase un libro para dispararse solas.
Él mira el libro. Luego a mí. Es la primera vez en dos noches que me mira más de un segundo y medio, y descubro que no es una mirada incómoda, que es peor: es una mirada que no exige respuesta.
—Aquí tampoco es obligatorio.
Y devuelve el libro al montón. Sin ceremonia, sin insistir, sin ese silencio de dos tiempos que pone la gente cuando quiere que te oigas a ti misma. Lo devuelve como quien retira un plato que no se ha pedido.
Me quedo con la boca abierta para decir algo. No hay nada que decir. Es un desastre.
Traduzco un anuncio de la Comunidad de Madrid sobre el agua, tres mil palabras, para el viernes, y podría estar haciéndolo en mi casa, y en lugar de eso saco el portátil del bolso a la una y veinte de la madrugada en la mesa del fondo de una librería y lo abro ahí, bajo el flexo, con la excusa de que aquí hay estufa.
Traducir sí puedo. Es lo que no le he contado a nadie, y me da vergüenza porque suena a truco: puedo pasar una frase de un idioma a otro perfectamente, con el ritmo, con las comas, con la palabra rara resuelta al segundo intento.
Lo que no puedo es leer. Traducir es ir por dentro de la frase con las manos, tocando la mecánica; leer es dejarse llevar por ella hacia otro sitio, y para dejarse llevar hay que fiarse, y yo hace año y medio que no me fío ni de un párrafo.
Es una distinción que sonaría estupenda en una conversación de bar. Nunca la he dicho en voz alta.
A las dos y media me levanto a por agua y descubro que la gata se ha bajado del sillón y está sentada a un metro de mi silla, dándome la espalda, con una dignidad de funcionaria. No se acerca. Yo tampoco. Nos quedamos las dos ahí, en nuestra frontera, hasta que ella se cansa y vuelve al orejero.
Cierro el portátil a las tres. Mil quinientas palabras del agua de Madrid, que es más de lo que llevaba hecho en toda la semana.
—Hasta luego.
—Hasta luego.
En el marco de la puerta, la columna de números a lápiz.
Hoy me fijo mejor: no son pedidos, no llevan euros ni comas ni nada que se parezca a una contabilidad.
Son horas. Las tres y diez. Las cuatro y media.
La una y cuarto. Docenas de horas apuntadas una debajo de otra, trepando por la madera hasta más arriba de donde yo llego con el brazo estirado.
Alguien en esta casa lleva años apuntando a qué hora se va la última persona.
Pienso, con esa lucidez tonta de las tres de la mañana, que es una manía muy rara para un hombre que tiene un negocio. Y me voy.
Cuento hasta treinta y ocho pasos, me doy la vuelta —ya es la segunda vez, esto empieza a ser un gesto— y ahí está: la luz encendida, el hombre girando el cartel. CERRADO desde la calle.
Pero no se apaga la lámpara.
Espero. Sigo esperando. Cuento hasta ciento veinte, que son dos minutos, y sigue encendida, y al final me voy porque hace frío y porque hay una línea que separa mirar de otra cosa.
En casa, antes de acostarme, cojo del estante el libro que estaba leyendo en marzo del año pasado, el que se quedó abierto boca abajo encima de la mesilla y así estuvo cuatro meses hasta que alguien lo cerró. No lo abro. Lo pongo derecho.