El librero de medianoche
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Noche 1 — lunes 6 de octubre
De mi portal a la plaza hay cuatrocientos doce pasos.
Lo sé porque los cuento, y los cuento porque contar es lo único que se me da bien a las doce y diez de la noche.
Esta vez me salen cuatrocientos siete, y en vez de aceptar que he alargado la zancada me paro a mitad de la travesía a buscar los cinco que faltan.
Hace frío de octubre, del que no parece frío hasta que llevas veinte minutos fuera y descubres que las manos se te han quedado en otra parte. Llevo el abrigo de entretiempo porque a las once de la noche todavía me creo que estamos en septiembre.
Ahí está la luz.
Un escaparate encendido en una calle donde todo lleva horas cerrado, con un rótulo antiguo —LA VIGILIA, letras de las que ya no se hacen— y un cartel de ABIERTO pintado a mano, tan seguro de sí mismo que parece una errata.
Miro el reloj. Miro el cartel. En inglés esto sería open , que también significa abierto de par en par, y también franco, y también sin resolver.
Entro porque hace frío. Que conste.
Lo primero es el olor, y el olor es dos cosas a la vez: papel viejo y café recién hecho.
No se mezclan, se turnan. El papel está en el fondo, en las estanterías que suben hasta el techo; el café viene de la izquierda, de una máquina cromada con más palancas que un avión, de esas que ya solo quedan en los bares que resistieron. Suena como un barco pequeño.
Cuento, por costumbre: siete lámparas encendidas, todas bajas, ninguna en el techo.
Cuatro mesas. Un sillón orejero verde junto a la estufa, ocupado por una gata parda que abre un ojo, me evalúa y decide que no.
Una escalera de tijera apoyada en la sección alta.
Y un mostrador de madera con el canto gastado en el sitio exacto donde apoyaría las manos alguien que lleva años apoyándolas ahí.
Detrás del mostrador hay un hombre de unos cuarenta años colocando lomos con un dedo, como quien endereza cuadros.
—Buenas —digo, que es lo que se dice.
—Buenas.
Y ya está. Vuelve a los lomos. No me pregunta si busco algo, no me dice que si necesito ayuda le avise, no hace ninguna de las cosas que hace la gente que vende cosas. Me quedo tres segundos de más en la puerta, con la mano todavía en el picaporte, esperando el guion. El guion no llega.
Así que camino.
La librería es más honda de lo que parece desde fuera; se estrecha al fondo, hace un recodo y aparece una mesa con un flexo apagado.
Paso los dedos por los lomos de una balda a la altura de los ojos, que es lo que hacía yo antes, y compruebo lo de siempre.
Los títulos entran. Los títulos son fáciles: tres palabras, cinco palabras, un nombre.
Abro uno al azar por la mitad, leo la primera línea, la segunda, y a mitad de la tercera la frase se me escurre como si estuviera escrita en un idioma que aprendí y he perdido.
Hace un año y medio que traduzco de tres idiomas y no leo en ninguno.
Cierro el libro. Lo dejo mal, torcido, y luego vuelvo y lo pongo derecho, porque una cosa es estar rota y otra ser una maleducada.
Cuando salgo del recodo hay una taza en el mostrador. Humeante. En el borde de la barra, no en el centro: a medio camino entre él y yo, como quien deja comida a un gato que no se fía.
—No he pedido nada.
—Ya.
Manzanilla. Ni siquiera me ha mirado al servirla, o sí, o lo ha hecho en ese momento en que yo estaba de espaldas fingiendo interés por unas memorias de un almirante inglés. Me siento en el taburete de la esquina porque estar de pie delante de una taza que humea es una postura ridícula.
—¿Cuánto es?
Él señala con la barbilla una pizarra pequeña colgada junto a la caja registradora.
Tiene una lista de rayas y unos cuantos nombres a lápiz, y arriba, con letra clara: CAFÉS EN VELA.
No entiendo nada. Espero la explicación.
La explicación tampoco llega, y entonces caigo en que este hombre no explica: coloca cosas y espera a que se entiendan solas.
—Mañana me lo cobra.
—Vale.
La manzanilla está buena, que es un milagro pequeño, porque la manzanilla suele saber a lo que sabe la manzanilla.
Esta sabe a algo más, algo amargo por debajo.
Me la bebo mirando las manos del hombre, que es lo único que se mueve en la habitación: coge un libro, lo abre por la primera página, apunta algo con un lápiz de carpintero y lo deja en un montón.
Otro. Otro. Al lado del montón hay un rollo de papel de estraza y un ovillo de cordel, que en una librería son objetos tan raros como un martillo.
A la una y cuarto entra una mujer de sesenta y tantos con una cazadora acolchada y la llave de un coche colgando del dedo.
Deja las llaves encima del mostrador de golpe, con confianza de años, y desaparece entre dos estanterías.
Sale con un libro de bolsillo. No paga. No saluda.
Me mira a mí con un interés absolutamente descarado, de arriba abajo, el tipo de mirada que en cualquier otro sitio sería una agresión y aquí parece un trámite de admisión.
—Nueva —le dice al librero, no a mí.
—Sí.
—Pues ya era hora.
Se lleva las llaves y se va. Por la ventana la veo montarse en un taxi mal aparcado con las luces puestas y el motor encendido, que lleva ahí desde que ella entró, y arrancar sin mirar el retrovisor.
Levanto las cejas. No pregunto. Él tampoco cuenta.
Me quedo.
Eso es lo raro de la noche, y lo pienso más tarde, cuando ya voy por la segunda manzanilla que tampoco he pedido: que me quedo.
Normalmente a esta hora estoy dando vueltas por el barrio con los cascos puestos sin música, o de pie en la cocina mirando la nevera abierta como si fuera un escaparate.
Aquí no hay nada que hacer. Hay una estufa, siete lámparas bajas, una gata que ronca, un hombre que ordena libros y un silencio que no me obliga a nada.
En una hora y media nadie me ha preguntado cómo estoy, qué tal llevo el otoño, si duermo mejor.
Nadie me ha dicho poco a poco. Nadie me ha puesto la mano en el antebrazo.
Cuento las cosas que no me han pasado y me salen todas.
A las tres y cuarto —tres y diez, en realidad, lo miro dos veces— me levanto. La gata abre un ojo otra vez. El hombre no me dice vuelva cuando quiera, ni que ha sido un placer, ni cuídese.
—Hasta luego —digo.
—Hasta luego.
En el marco de la puerta, a la altura de la mano, hay una columna de números apuntados a lápiz. Cuatro cifras, cinco cifras, docenas de ellas, unas encima de otras como las marcas de altura de un niño en el quicio de una casa. Las miro un segundo. Serán pedidos. Será una contabilidad de las suyas.
Salgo. La calle está a la temperatura de las tres de la mañana, que es otra temperatura distinta y más limpia, y me subo el cuello del abrigo y echo a andar hacia la plaza.
A los treinta y ocho pasos —los cuento sin querer— me doy la vuelta, no sé para qué, quizá para comprobar que el sitio sigue ahí.
La luz del escaparate está encendida todavía. Detrás del cristal, el hombre le da la vuelta al cartel pintado a mano. Ahora, desde la calle, pone CERRADO.
Me quedo mirando hasta que se apaga la primera lámpara. Luego sigo andando, y no cuento nada durante un buen rato, y cuando me doy cuenta de que no estoy contando ya estoy en mi portal.