El librero de medianoche Noche 14 — sábado 1 de noviembre
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Noche 14 — sábado 1 de noviembre

Por la mañana he ido al cementerio con mi hermana, con flores compradas en el sitio de siempre y con esa conversación de coche que consiste en hablar del tráfico durante cuarenta minutos.

Por la noche no puedo estar en mi casa.

Llego a las doce y cinco pensando que voy a encontrarme lo de siempre, y lo que me encuentro es que no cabe un alfiler.

Están todas las mesas ocupadas. Está Ramiro con el sombrero puesto y dos señores de su edad a los que no he visto nunca.

Está Puri, que ha dejado el taxi con los cuatro intermitentes en mitad de la travesía y que a las doce y cinco ya está discutiendo con alguien.

Están Marga y Chelo, que han cerrado el obrador y han venido con dos bandejas, y según Vega eso no pasa más que una vez al año.

Está Vega con su madre, una mujer pequeña con las manos rojas que se sienta muy derecha y que dice que no a todo lo que le ofrecen hasta que le ponen delante un ColaCao y entonces dice que bueno.

Está Awa de paisano, sin pijama de hospital, y verla con ropa normal es tan raro como ver a un profesor en el supermercado.

Está Jandro, que hoy no reparte. Y hay diez o doce personas más de las que no sé el nombre y que se saludan entre ellas con esa familiaridad de la gente que se ve una noche al año.

Elías está detrás de la máquina y no da abasto y no ha estado más callado en su vida.

—Es lo que hay hoy —me dice Awa, haciéndome sitio en su mesa—. La noche de difuntos aquí es peor que Nochevieja.

—¿Peor?

—Más gente. —Se descalza el talón sin quitarse el zapato, ese gesto suyo—. En Nochevieja la gente está con alguien. Hoy es el día en que todo el mundo ha ido por la mañana a llevarle flores a alguien y llega la noche y no sabe dónde meterse.

Miro la sala. Ahora que lo dice, se ve. No es una fiesta: es una sala de espera con café.

—¿Y esto lo montó él?

—Esto lo lleva la casa haciendo desde antes de que él estuviera. —Awa da un sorbo—. Yo llevo cuatro años viniendo el uno de noviembre y hay señoras que llevan treinta.

A la una, Ramiro se pone de pie.

No golpea la mesa ni pide silencio, pero es Ramiro y lleva sombrero, así que la sala baja el volumen sola.

—Yo quería decir una cosa —dice.

—Que la diga —dice Puri.

—Que hoy hace un año y once días que se murió mi mujer, Rosario, para los que no la conocieran, que aquí la conocían casi todos.

Silencio del bueno. Marga se limpia las manos en el delantal.

—Y que este año no he sido capaz de ir a verla por la mañana.

—Se ajusta el sombrero, que no se lo ha quitado ni para esto—.

Fui ayer, por la tarde, cuando no hay nadie, porque el uno de noviembre aquello parece la Gran Vía y a Charo eso no le habría gustado, que era muy suya.

Y no lo digo para que nadie me diga nada, ¿eh?

Lo digo porque llevo desde ayer con la cosa de no habérselo dicho a nadie, y ya está dicho.

—Ya está dicho —dice Marga.

—Ya está dicho. —Ramiro levanta el vaso—. Bueno, pues por ella.

Y entonces, en el segundo exacto en que veinte personas están levantando lo que tengan en la mano y en la librería no se oye ni el suelo, la Faema del setenta y cuatro suelta por la boquilla del vapor un chillido largo, agudísimo, obsceno, de tres segundos, seguido de un eructo hidráulico.

Nadie se atreve a moverse.

Yo me giro hacia el mostrador buscando qué ha pasado y me encuentro con que Elías se ha girado a la vez buscando lo mismo, y los dos nos quedamos mirándonos con la cara de dos personas que están intentando con todas sus fuerzas comportarse.

Y no podemos.

Se me escapa a mí primero, o a él, eso no lo sabremos nunca. Es una risa de las que salen mal, por la nariz, con el cuerpo doblado, con la vergüenza de saber que no toca, y en cuanto arranca la primera arrancan las veinte, y Ramiro, con el vaso todavía en alto, mira la máquina y dice:

—Pues a Charo esto le habría hecho una gracia enorme.

Y ya es imposible. Ya se ríe todo el mundo, y Vega se ríe fuerte porque a los diecisiete no se sabe reír por la nariz, y la madre de Vega se ríe tapándose la boca con las dos manos rojas, y Awa se ríe cerrando los ojos, y Elías se está riendo con la cabeza baja y una mano en el borde del mostrador, y yo me estoy riendo hasta que me duele el costado en el sitio donde ninguna cosa me ha dolido de risa en año y medio.

Cuando se pasa —y se pasa como se pasan estas cosas, en oleadas, con dos recaídas—, Ramiro se bebe su vaso, se sienta, y alguien pone otro disco, y la noche se convierte en otra cosa. Más suelta. Más ruidosa. La gente se levanta y se cambia de mesa.

A las dos y media la casa se ha vaciado hasta la mitad. A las tres quedamos siete. A las tres y cuarto, cinco.

Yo estoy en la banqueta de la esquina del mostrador, que es donde me senté la primera noche, y él está enfrente secando tazas con un paño y colocándolas en la balda de las tazas desparejadas.

—El cuatro de octubre de 2019 —digo.

Deja la taza.

—Hay una ficha en el cajón de la hache a la ele —digo—. Ibarra, Tomás. Setenta y siete préstamos. El último no está devuelto.

No dice nada. Coge otra taza.

—Era mi padre.

Y ahí sí para. Deja el paño, apoya las dos manos en el mostrador y se queda mirando la madera, y le veo hacer la cuenta entera: el resguardo de la tintorería, el apellido que leyó hace tres semanas y en el que no pensó porque no había motivo para pensar, la mujer que lleva un mes entrando por esa puerta a las doce y veinte.

—Ibarra —dice.

—Ibarra.

—Yo no lo conocí. Vino hasta el diecinueve y yo entré aquí en el veinte. —Levanta la vista—. Por meses.

—Ya.

—¿De qué?

—De lo que se muere la gente. Le encontraron una cosa en marzo del veinte y se murió en marzo del veinticuatro. Cuatro años, que para lo que tenía es mucho, eso me dijeron todos, y a mí me sigue pareciendo una cifra muy corta.

—Es una cifra muy corta.

Gracias, pienso. Gracias por no decirme que fueron cuatro años buenos, ni que menos mal, ni que por lo menos.

—Setenta y siete veces —digo—. Y yo no lo sabía.

—¿Nunca te lo contó?

—Nunca. Y hablábamos de libros, ¿eh? Todo el rato. Era lo que hacíamos. —Me río, y me sale una risa que no se parece a la de antes—. Yo soy traductora por él. Por él y por nadie más. Y venía aquí todos los sábados como quien va a un sitio de mala fama.

Elías coge el paño y no seca nada con él.

—A lo mejor no era de mala fama.

—¿Entonces qué era?

—Suyo.

Y eso me calla la boca durante un rato largo, porque es exactamente la palabra, y porque llevo cinco días buscándola sin dar con ella, y porque ahora que la tengo delante no sé si me consuela o me duele más.

Puri se va la última, a las cuatro menos veinte, con las llaves y un «hasta el año que viene, Ramiro» dicho desde la puerta aunque a Ramiro lo vaya a ver el martes.

Y nos quedamos los dos.

Me pongo el abrigo despacio. Él empieza a apagar lámparas, una, dos, y la sala se va poniendo del color que tiene esto cuando queda solo la del mostrador.

—Elías.

—Dime.

—¿Por qué a las doce?

Se queda con la mano en el interruptor de la tercera lámpara.

Y luego la apaga, y coge un montón de libros del extremo del mostrador, y se va con ellos hacia la sección de la pared del fondo, y empieza a colocarlos uno a uno, encajándolos, empujándolos con dos dedos hasta dejarlos a ras.

Yo espero de pie en mitad de la librería, con el bolso al hombro.

Cuando acaba el montón coge otro.

—Buenas noches, Nora.

—Buenas noches.