1. Amanda #3
—Está en el último año del instituto. Cumple dieciocho en unos meses.
—Maren tiene quince años —digo—. Puedes traerla. Quizá se lleven bien.
—Oh —dice Donna—. Es muy amable por tu parte. Puedo preguntarle a ver qué me dice. ¿A qué hora tenías pensado?
—Tengo que ponerme al día por la mañana —dice Abby—, gracias a nuestra reciente mudanza. Pero si vienes sobre las cuatro y media, los niños pueden jugar un rato antes de cenar.
—Me encantaría —dice Donna.
En el camino de vuelta al coche, me siento muy satisfecha. Saco una bonita foto de la esquina del instituto con la montaña detrás y no puedo evitar sonreír.
—Es agradable conocer a gente nueva —dice Abby.
Antes poder responder, suena mi teléfono. —Es Amanda Saddler —le digo a Abby—. La vecina que vive calle abajo.
—La que tiene el cerdo como mascota —dice.
Deslizo el dedo para contestar. —¿Hola?
—¿Amanda? —Le encanta que nos llamemos igual.
—Sí, soy yo.
—He encontrado el mejor programa —Prácticamente ríe a carcajadas—. Me costó mucho dejarlo después del primer episodio, pero creo que te va a encantar. ¿Quieres que lo veamos juntas?
Me hace morir de risa.
—¿Mencioné que compré una botella de champán? —Esta vez, se ríe como si tuviera veinte años, no más de ochenta.
—Me encantaría ir a verlo —le digo—. ¿Cuándo te parece bien?
—¿Cuánto tardarás en llegar?
Me río. —¿Te parece bien después de cenar?
—Debes pensar que estoy loca por presionarte para que vengas enseguida, pero cuando estás cerca de los noventa, no tienes tiempo para esperar. Podría morir antes de que terminemos de ver esto si no te das prisa.
Es la anciana más sana que he conocido, siempre trabajando en su jardín, jugando con su cerdo y limpiando cosas sin que nadie se lo pida.
Pero constantemente hace bromas sobre su edad.
Supongo que es lo que tiene que hacer, si quieres mantener una buena perspectiva al respecto.
–Yo también tengo muchas ganas. Llevaré queso y galletas.
—¿Queso y galletas? —Silba—. Se te nota Nueva York —Definitivamente se ríe a carcajadas esta vez. —Si haces eso, tendré una gran bolsa de escupitajos.
Cuelga antes de que pueda preguntarle qué significa eso.
—¿Te apetece una noche de chicas? —pregunto.
— Me encantaría una noche de chicas —dice Abby, con la mirada en la carretera—. ¿Pero recuerdas que trabajo un sábado? No estoy segura de cuánto tiempo me va a llevar esta petición, así que mejor la empiezo esta noche.
Así es como acabo en casa de Amanda, sola, con queso Gouda y cereales Wheat Thins en la mano.
Me arrastra por la puerta con una sonrisa y me empuja hacia un gran sofá a rayas.
Fiel a su palabra, hay dos botellas de champán con copas en el centro de la mesita.
A su alrededor, tres enormes cuencos de cerámica llenos de pipas de girasol y dos cuencos vacíos.
—¿Para qué son los cuencos vacíos? —pregunto un poco desconcertada.
—¿Dónde crees que vas a escupir? —Ella levanta una ceja—. No en mi piso.
Y ahora he descubierto por qué aparentemente llama «escupitajos» a las pipas de girasol. A veces no sé si es la persona más increíble que he conocido… o la más asquerosa.
—Hay sabor barbacoa, rancho y original —Señala el lugar más bajo del sofá—. Yo me siento ahí, ¿recuerdas?
Me dejo caer en mi asiento del otro lado, esperando que se una a mí, pero está demasiado ocupada dándole al botón de reproducir y descorchando el champán. Para cuando acaban los créditos, yo tengo un puñado de «escupitajos» y una copa de champán.
Después de unas copas de champán, siento que por fin lo entiendo.
Estos «escupitajos» son francamente deliciosos.
Para cuando la primera botella está vacía, hemos visto dos episodios completos, y las cosas en mi vida parecen bastante claras. —¿Sabes que Emily en la serie ama su trabajo? —Me recuesto en el sofá—. Yo nunca he amado mi trabajo. Ni siquiera un poco.
Amanda hace una pausa y se da la vuelta en el sofá. —¿No haces fotos? ¿No te gusta eso?
Sacudo la cabeza y parece que la habitación se mueve un poco, como si estuviéramos en un barco.
No bebo muy a menudo. Probablemente debería dejar de hacerlo ahora mismo.
Pero Amanda ya me está rellenando la copa.
La sostengo, no bebo nada. —No son las fotos lo que no me gusta.
Es cómo tengo que estar viviendo mi vida constantemente para tener estos bellos momentos que capturar.
Y todo lo que publico es sólo un poco de la verdad —Me inclino más hacia ella—.
Hoy he recortado la mayor parte del instituto de la foto y he añadido algunos filtros para que parezca que mis hijas van al colegio en un pueblo de esquí fuera de temporada o algo así —Suspiro.
—Si tu trabajo es la única parte de tu vida que desearías que fuera diferente, creo que lo estás haciendo bastante bien —Amanda me sonríe y me rellena la copa de nuevo. ¿Cuándo me la he bebido?
—No es sólo mi trabajo —Cierro los ojos—. Mi vida amorosa es desastrosa y el único chico que me gusta, mi jefa dice que no puedo salir con él —Me incorporo y abro los ojos—. Y mis hijas no escuchan nada de lo que digo. No es que sepa qué decir cuando empiezan a pelearse de todas formas.
Amanda escupe un bocado de cáscaras en su cuenco. —Bueno, no tuve hijos, y mi vida amorosa no fue muy buena. Pero creo que, si quieres algo diferente a lo que tienes, tienes que hacer algo diferente a lo que estás haciendo.
¿Cómo es tan sabia? Tal vez sea porque es vieja.
Pero tiene toda la razón: si quiero una vida amorosa mejor, si quiero un trabajo mejor, si quiero ser mejor madre, tengo que cambiar todas esas cosas.
—Eres más inteligente que el Dalai Lama.
De hecho —se me nubla el cerebro—, no estoy segura de quién es el Dalai Lama.
Puede que sea un personaje de una película para niños en la que hay llamas.
Amanda se ríe.
—¿Pero cómo cambio? —Suspiro—. Quiero decir, ¿cómo consigo que dos hombres se me echen encima en una fiesta, por ejemplo? ¿O cómo consigo que mis hijas escuchen lo que digo?
—Deberías encontrar a alguien que tenga todas esas cosas y hacer lo que esa persona hace —Amanda asiente—. Aprendí ganadería de mis padres. Eran excelentes ganaderos —Me llena la copa.
Tengo un raro momento de total claridad: Abigail. Un año después de la muerte de su marido, tenía dos hombres persiguiéndola. Tiene una carrera exitosa que parece amar. Tiene hijos que la escuchan y están pendientes de cada una de sus palabras.
Necesito ser como Abigail.
Amanda me da un trozo de papel y un lápiz, y empezamos a escribir todas las formas en las que voy a cambiar mi vida para siempre… convirtiéndome en Abigail.
Cuando me despierto a la mañana siguiente, mis recuerdos exactos de la noche anterior son un poco borrosos, pero al escudriñar la lista que hicimos, claramente en un momento en que estaba un poco pasada de copas, me sorprendo.
La verdad es que da en el clavo. En nuestra borrachera, puede que se me haya ocurrido el mejor plan de vida que he visto nunca.
Amanda Brooks está a punto de dar un giro a su vida y tener todo lo que siempre quiso, convirtiéndose en una mejor persona en todos los sentidos.
Y resulta que mi modelo para esta nueva vida vive aquí mismo, en esta casa.
Vuelvo a escribir la lista para que sea un poco más clara y salgo corriendo, preparada para empezar.