El Legado (El Rancho de Birch Creek 1) 26. Amanda
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26. Amanda

AMANDA

N unca me han gustado mucho los huevos. Los comía, pero sólo si iban acompañados de otra cosa. Las gallinas me daban miedo. Sus movimientos extraños y espasmódicos. Sus ojos saltones. Sus picotazos entrecortados.

Hasta que llegamos al rancho Birch Creek.

Soy la primera en admitir que fui la persona más inútil que fue a Utah. No toqué un caballo en todo el tiempo que estuve allí. Nunca di de comer a las cabras: sus berridos me ponían de los nervios y sus montoncitos negros de caca me ponían los pelos de punta.

Al principio, las gallinas paseándose por todas partes, haciendo caca por todas partes, me volvían loca.

Pero con el tiempo, empecé a reconocer los distintos tipos de gallinas.

Algunas eran rojas. Otras eran blancas. Mis favoritas tenían unas plumitas con aspecto de barba bajo el pico.

Las llamaba las Tías. Algunas de esas gallinas ponían huevos de color marrón claro.

Otras ponían huevos blancos. Pero algunas ponían huevos de color celeste claro.

Al principio, el extraño color de la cáscara me asustó, pero en el momento de subir al avión para volver a casa, ya los echaba de menos.

Cuando un halcón les sobrevolaba, o cuando saltaban y chillaban, aquellas gallinas se metían bajo el porche, entre los arbustos o debajo de una carretilla.

Los dos gallos, uno con un brillante abanico de colores y el otro de un blanco como de nieve con largas plumas negras en la cola, se esponjaban y se pavoneaban, graznando a su vez.

Me dio una nueva visión sobre la frase «ser una gallina».

Así que cuando digo que «fui una gallina» y le envié un mensaje de despedida a Eddy, lo digo en serio.

Quería ir a verlo. Quería llamarle y fijar una hora para vernos, pero cada vez que repetía en mi cabeza cómo sería, el resultado era el mismo. Parecía una completa imbécil, o sonaba como una boba que deja que una empresa dicte sus acciones.

Además, si viera sus hoyuelos, podría hacer alguna estupidez, como decirle a Lololime que se vaya a freír espárragos.

Acabo de recibir la renovación del contrato de nuestro piso.

Nuestro alquiler va a subir una cantidad considerable.

La matrícula del colegio privado de las niñas también va a subir, y necesitamos los ingresos de ese contrato.

[Emergencia en casa. Lo siento mucho, nos vamos mañana por la mañana].

Eso es todo lo que dije en mi mensaje.

Me respondió enseguida. [Espero que estés bien. Me entristece que tengas que irte tan pronto. Te deseo lo mejor].

Una parte de mí esperaba que se volviera loco. Si mi vida fuera una película, vendría en coche e interrumpiría la preparación de nuestras maletas. Entonces intentaría convencerme de que me quedara. O incluso exigiría saber cuál es la emergencia y se ofrecería a echar una mano.

Pero mi vida sería demasiado deprimente para ser una película o un programa de televisión.

Y en la vida real, la gente buena respeta los límites.

No significa no, y cuando digo que tengo una urgencia y me tengo que ir, el tipo me desea suerte y me deja en paz.

Tal vez ese haya sido mi problema todo el tiempo, haber deseado que mi vida se pareciera más a una película.

No es realista, y por eso se crean expectativas equivocadas.

Me dolió casi tanto dejar a Roscoe como enviar el mensaje de despedida a Eddy.

El pobre perrito fue el compañero perfecto durante mi estadía.

Me seguía a todas partes, y me esperaba afligido junto a la puerta principal cada vez que me iba.

Claro que a veces me tropezaba con él, y cada vez que me lamía la mano, me daba un poco de impresión, sabiendo todos los lugares en los que su lengua podía haber estado, pero de todas las personas que llegaron, me eligió a mí para quererme.

Ser elegido y querido es siempre un honor.

Y con la reciente pérdida de Jedediah, me preocupa cómo afrontará el hecho de que yo también me haya ido. Incluso me planteé llevármelo a Nueva York, pero al final decidí que eso sería más traumático para él que la partida de una mujer a la que apenas conocía.

Estoy sentada en el avión, con Maren y Emery conectadas a sus iPads completamente cargados, cuando recibo la nueva propuesta de Lololime.

Descargo frenéticamente el archivo adjunto, preocupada porque me hagan apagar el teléfono antes de poder leerlo.

Quieren que vuelva a promocionar dos líneas: la línea femenina juvenil y la adulta.

Más concretamente, quieren que Maren modele la línea juvenil, y no sólo a través de imágenes que yo suba selectivamente a mi cuenta. Quieren que las publicaciones de su cuenta interactúen con las mías y en cierto modo las espejen.

No puedo articular por qué, pero la sola idea de obligar a publicar a mi hija adolescente me enfurece.

Firmaron conmigo, no con ella. Ella sólo tiene unos miles de seguidores.

¿Por qué querrían que yo publicara las mismas imágenes que ella, y luego etiquetar su cuenta?

Lo único que dice la propuesta es que será «más interactiva e impactante».

¿Qué significa eso? Es casi tan malo como era «dinámica».

—¿Estás bien, mamá? —Emery frunce el ceño—. Pareces disgustada.

Aliso mis gestos y fuerzo una sonrisa. —Estoy bien, amor. Completamente bien. Estoy deseando llegar a casa —Algo me roza el costado de la pierna y me agacho automáticamente para acariciar a Roscoe, pero no está ahí. Es un niño que sostiene un osito de peluche y acabo de agarrarlo.

El niño se pone inmediatamente a berrear y su madre parece a punto de denunciarme a los Servicios de Protección de Menores.

—Lo siento mucho —le digo—. Su oso me rozó y me sorprendió. Eso es todo.

—¿Estás diciendo que es culpa suya que lo agarraras?

—No lo agarré —Me defiendo—. Agarré su juguete.

—¡Tiene tres años! ¿Qué diablos te pasa?

Había olvidado lo loca que está la mayoría de la gente.

Me retraigo, curvando mi cuerpo hacia mis hijas para evitar más interacciones.

Pero durante todo el camino a casa no dejo de pensar en cómo echo de menos a Roscoe.

En cómo fui una gallina con Eddy. Y en cómo apesta Lololime.

Primero quieren que construya mi campaña en torno a una relación: ya bastante difícil es tener citas como para que mi éxito o fracaso esté ligado a mi rendimiento en el trabajo.

Y ahora quieren que utilice a mi propia hija como una especie de impulso de marketing.

Por supuesto, cuando aterrizamos en Nueva York, mi teléfono me notifica que la bonificación por haber firmado el contrato ha entrado a mi cuenta, y parte del viento desaparece de mis velas.

Me están pagando generosamente por el placer de dirigir mi persona virtual.

Probablemente es de esperar que sean molestos y algo pesados .

En cuanto llegamos, antes incluso de llegar al área de recogida de equipajes, Maren ya está al teléfono.

Al principio sólo envía mensajes de texto, pero al cabo de media hora ya está enviando videos y mensajes de voz a todos sus conocidos.

Había olvidado lo maliciosa que suena cuando habla con sus amigas. Me pone los pelos de punta.

Cuando subimos al taxi, miro a Emery. Tiene los hombros encorvados, la mirada fija en los pies y los dedos crispados. Es lo normal en ella, o lo era, antes de nuestras vacaciones. Había olvidado lo ansiosa e infeliz que parecía todo el tiempo antes de que llegáramos al rancho.

—No dijiste nada cuando te dije que volveríamos pronto a casa —le digo.

Emery se encoge de hombros.

—¿Te hace ilusión volver a ver a tus amigos?

Se encoge de hombros.

—¿En absoluto?

—Mamá, estoy bien.

«Bien» es la palabra clave. Abby lo sabía. Yo también. —Emery, puedes decirme cómo te sientes realmente.

—No —dice ella—. No puedo decírtelo, porque ya sé que estás tan «bien» como yo.

¿Cómo es que mi hija es tan brillante?

—Ha sido una semana dura, adaptándome a Lololime y a las cosas que esperan de mí ahora que he firmado con ellos.

—Fueron unas semanas duras intentando que estuvieran lo suficientemente contentos como para elegirte —dice.

Está en modo Gandhi. —Sí, así es —Eso me hace pensar en cuán malos pueden ser los próximos dos años; como si alguna parte de este proceso hubiese sido satisfactoria ni especialmente alegre.

—¿Te gusta tu trabajo? —Todo su cuerpo se endereza, sus ojos brillan al hacer la pregunta.

Nadie me ha preguntado nunca eso. Me preguntan qué hago. Preguntan cómo funciona. Me preguntan cuánto me pagan, más a menudo de lo que esperaba. Pero nadie nunca me ha preguntado si me gusta . —No —Niego con la cabeza—. A veces creo que lo odio, pero no sé hacer nada más, y esto se me da bien.

Su expresión es de dolor, como si acabara de tragarse un bicho. —Espero no tener que pasarme toda la vida haciendo algo que no me gusta.

Pasarse la vida .

Es normal usar esa palabra cuando se habla del tiempo, pero hoy por alguna razón me golpea de forma diferente.

Soy plenamente consciente de que nuestros minutos, horas, días y semanas son una forma de moneda: son limitados. Podemos elegir cómo utilizarlos, pero en ese momento un recurso finito de nuestra vida se acaba.

El tiempo es probablemente la moneda más importante de toda mi vida.

Ese pensamiento me golpea como un rayo. Lo he estado desaprovechando: cada minuto que paso en este trabajo, haciendo algo que no me gusta, es como gastar el dinero en algo estúpido.

He ido incluso un paso más allá. Dejé que el mismísimo trabajo que no me gusta me diga exactamente cómo emplear cada mínimo tiempo que tengo, a cambio de dinero, ¡una moneda mucho más disponible y mucho menos valiosa!

Si estuviera hablando con mi propia hija, no lo dudaría. Le diría que renunciara inmediatamente.