El Legado (El Rancho de Birch Creek 1) 21. Abigail
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21. Abigail

ABIGAIL

Creo que nos ha echado de menos.

Pasa tanto tiempo con los niños como conmigo.

Había olvidado cuánto lo quieren. Él y Gabe juegan con un viejo juego de trenes que encuentran en el desván.

Izzy, Whitney y Emery le convencen para que juegue a un número incontable de rondas de Uno.

Esta mañana, cuando me levanto para ayudar a las chicas a dar de comer y beber a las cabras, las gallinas, los gatos y los caballos, él ya está despierto y a punto de salir con Ethan a mover el agua.

—No sabía que te levantarías tan temprano —digo.

—Es un poco injusto —dice—. Para mí, parecen las siete en punto.

Es cierto. Diferentes zonas horarias. —¿Seguro que quieres llevar ese calzado? —Miro sus brillantes zapatillas blancas y negras.

Se ríe. —Tienen casi un año, pero en general las uso en las cintas de correr, por eso no parecen tan usadas. Les he hecho el doble de kilómetros de los que debía, así que ya me he comprado un par nuevo. Estoy dispuesto a tirarlas a la basura antes de irme.

—Un hombre inteligente —dice Ethan—. Seguramente estarán en condiciones para eso —Me guiña un ojo—. A menos que la tía Amanda les ponga las manos encima. Me pregunto si su Tide podría hacer algo con ellas.

—¿Su qué?

Robert conoció a Amanda anoche. Parecía demasiado cansada para quedarse despierta y hablar cuando volvió de…

donde sea que había ido. Pero al menos él sabe quién es.

—Es influencer en redes sociales —le digo—.

Últimamente ha hecho muchas promociones para Tide, mostrando qué tipo de manchas de la vida en el rancho pueden eliminar con éxito sus productos.

—Ah —Se vuelve hacia Ethan—. ¿Listo?

—Voy a ver la monta de cimarrones del rodeo —digo—. Steve va a ser juez. Saldré a las nueve y media para asegurarme de llegar a tiempo, y las chicas también tienen muchas ganas de verlo. Las carreras con barriles son justo después.

—Volveremos a las nueve —dice Ethan.

—Perfecto—dice Robert—. Iré contigo.

Maravilloso.

Sigo pensando que debería enviar un mensaje de texto o llamar a Steve para advertirle, pero no estoy segura de lo que le diría. Ya me había dicho que probablemente había un tipo interesado en mí allí en casa, alguien adecuado, viable, pero que probablemente vine aquí, en parte, para escapar de él.

Estúpido Steve y su perspicacia inspirada en los caballos.

Difícilmente puedo llamarle y decirle «Oye, ¿sabes ese tipo que predijiste que existía? Pues está aquí, de visita, en el único día que se suponía que íbamos a pasar juntos. Lo siento» ¿Y si me pregunta qué siento por Robert? Ni yo misma lo sé.

Pero yo no pospongo las cosas. No soy así. Así que cuando terminamos de dar de comer a los animales, y sé que Steve podría estar ya en el rodeo, le envío un mensaje de texto. [La amistad más antigua de la familia ha venido sorpresivamente de visita a la ciudad].

[Estoy deseando conocerla].

Me acobardo. Por supuesto, supuso que era una mujer.

¿Es raro que el amigo más antiguo de nuestra familia sea un hombre?

No puedo dejarlo pasar. [Probablemente irá conmigo, así que si tienes tiempo puedes conocerlo hoy].

Estuve a punto de enviarlo así no más, pero pensé que, ya que estoy revelando información, sería mejor sacarlo todo a la luz. [También es mi jefe].

Steve llama.

Obviamente. Es un montón de información para soltarle a alguien con quien has estado flirteando por mensajes y con quien se supone que tienes una cita esta noche. —Ey —digo, con indiferencia. Me muestro fácil, desenvuelta y totalmente bien.

—¿Tu jefe está aquí? —No sé si está enfadado o si se está riendo.

—Sí. Robert, Nate y yo fuimos juntos a la Facultad de Derecho. Nos conocimos en el primer año y desde entonces somos amigos.

—Así que es él .

Sabía que lo sabría, pero de todos modos me hago la tonta.

Es un reflejo, como una zarigüeya que se hace la muerta, un armadillo que se hace una bola o una tortuga que se mete en su caparazón.

Todos esperamos que no nos aplasten. —¿Quién?

¿Mi jefe? Sí, pasé a trabajar a tiempo parcial cuando empecé a tener hijos, y Nate y Robert siguieron trabajando a tiempo completo.

Ambos se hicieron socios mientras yo cambiaba pañales —Muy buena, Abby.

Añade un poco de irritación feminista y quizá eso le despiste.

—Que es él el tipo al que le gustas, quiero decir .

—¿Robert? —Niégalo, niégalo, niégalo—. Lo conozco desde hace casi veinte años, ¿recuerdas?

—Déjame adivinar. De algún modo se enteró de que tú y yo íbamos a ir juntos al baile, y lo considera tu primera cita desde que Nate murió.

No puedo mentir y decir que no es verdad.

—Y casualmente estaba libre este fin de semana y decidió venir de visita. Os echa mucho de menos a ti y a los niños.

¿Es un mago? ¿Puede leer la mente? —No quería que te tomara por sorpresa, eso es todo. Estará allí, pero no es para tanto. Como has dicho, sabe que tú y yo vamos a salir esta noche.

—Gracias por el aviso —dice Steve—. Te lo agradezco.

—Yo igual estaré allí para verte ser juez.

—Con tu querido amigo sentado a tu lado, seguro.

—Y los niños. ¿Va a ser esto terriblemente incómodo?

—No para mí —dice Steve—. Te doy mi palabra, me portaré lo mejor posible.

—Gracias.

Ahora bien, si consiguiera que Robert hiciera la misma promesa, quizá estaríamos realmente bien.

Ethan y Robert terminan antes de lo habitual, lo cual no es una gran sorpresa, ya que Ethan contaba con un par de manos extra. No puedo evitar reírme cuando Robert entra, descalzo. —Las zapatillas ni siquiera han pasado la prueba para entrar a la casa, ¿eh?

Se ríe. —Ethan dice que tienes unas normas muy rigurosas sobre lo que está permitido en el interior.

—No se equivoca.

Ethan y Robert se turnan para usar la ducha y, cuando acaban, todos están impacientes.

—¿Habrá caballos cimarrones de verdad? —pregunta Gabe.

—Por lo que he oído, sí —digo.

—¿No es horrible para los animales? —pregunta Robert—. Lo pregunto ahora para no ofender a nadie, pero sujetarlos con la correa me parece bastante cruel.

—La correa del flanco está forrada de neopreno —dice Whitney—. No les hace daño. Si lo hiciera, no corcovearían.

—En realidad, el rodeo es algo bueno para los caballos —dice Izzy—. Muchos de estos cimarrones son caballos que simplemente se negaron a ser ensillados. Esto les ofrece un trabajo para el que son buenos, y muchos de ellos viven sanos y fuertes hasta pasados los veinte años.

—Algunos compiten hasta los treinta años —dice Whitney—. Y eso es un montón para un caballo.

—Estáis todos muy bien informados —dice Robert.

—El señor Archer sabe mucho de esto —dice Ethan—. Nos ha estado enseñando.

—¿Así que va a montar un cimarrón? —Robert parece tener curiosidad de verdad.

—Dice que es demasiado viejo para eso —Gabe sonríe—. Pero ganó muchos cuando era más joven, así que quieren que elija a los ganadores.

—Dijiste que iba a ser juez, pero se me olvidó —La sonrisa de Robert es un poco tímida mientras todos nos amontonamos en el monovolumen.

—Tengo una bolsa con snacks y dinero en efectivo. ¿Qué se me olvida?

—Nada, mamá. Además, no es que estemos lejos. Puedo volver en coche, o puede hacerlo Robert, si se te ha olvidado algo.

—Por supuesto —dice Robert—. Vamos.

Llegamos con tiempo suficiente para comprar las entradas y encontrar asientos decentes, sólo a mitad de las gradas.

Todo está mucho más cerca de lo que pensaba.

Los caballos y los bueyes están por todas partes.

Ensillados, con el ronzal, yendo, viniendo.

Está mucho más concurrido y tiene un aspecto mucho más… legítimo de lo que esperaba .

—¡Abby! —Steve está montado sobre una gamuza preciosa, lleva vaqueros oscuros y una camisa azul con botones que hace juego con sus ojos. —Whitney, Izzy, Ethan, Gabe, bienvenidos —Mira a su alrededor—. ¿Emery y Maren no vienen?

—Se supone que sí —digo. Ya se habían marchado cuando nos fuimos; me pregunto si se habrán perdido.

—Las voy a buscar —Steve da media vuelta e impulsa a su caballo hacia delante. Despega como un tiro, dejando polvo tras de sí.

—¿Así que esa es la cita? —Los labios de Robert tiemblan de risa reprimida.

—El Doctor de los Caballos —dice Gabe—. Así le llama la gente.

—Es… más joven de lo que imaginaba —Se me acerca más y susurra—. Y parece bastante sobrio.

Olvidé que no había corregido mi suposición anterior. —Oh, eso fue un malentendido. La cerveza era para uno de sus caballos.

—Seguro que sí —Robert me guiña un ojo.

Tampoco le he dicho a Robert que es médico, pero sé que va a terminar siendo un asunto. Probablemente sea mejor quitármelo de encima ahora. —Y resulta que estaba durmiendo…

—¡Tía Abby! —Emery lleva un enorme plato de papel lleno de nachos, que me sorprende que le haya comprado su madre, mientras sube las escaleras del estadio. —Estábamos en el otro lado. Steve nos dijo que estabais aquí.

—Oh, bien —dice Robert—. Nos han encontrado.

—¿Me das unos nachos? —A Gabe prácticamente se le iluminan los ojos.

—Claro.

—No te los comas todos —le digo.

—Puedo ir a comprarle unos —dice Robert.

—No, no es necesario …

—Me encantaría —Se levanta—. ¿Alguien más quiere algo?

Ethan, siempre hambriento, quiere perritos calientes, en plural.

Whitney quiere palomitas e Izzy, por supuesto, quiere algodón de azúcar.

—Prohíbo eso —digo—. Palomitas o nachos o algo supersalado que probablemente provoque un infarto inmediato está bien.

Mi límite es empezar el día con bolas pegajosas de azúcar que inevitablemente se me atascarán en el pelo.

—Prohibido consumir algodón de azúcar antes del mediodía —dice Robert—. Tomo nota.

Lleva fuera tres segundos cuando Steve da la vuelta y se detiene delante de nosotros. —Los han encontrado —dice.

—Gracias —dice Amanda—. Apreciamos el detalle.

—¿Necesitáis algo? —Steve mira a su alrededor—. Tengo algunos minutos más antes de empezar.

—¿Vas a montar a caballo como juez? —pregunta Ethan.