16. Amanda
AMANDA
—¿ C ortarás el agua? Porque se supone que va a llover. No queremos agotar nuestra cuota si no la necesitamos, y sin Jeff ni Kevin aquí, me preocupa que se nos escapen cosas —A Abby le van a salir arrugas si no se calma.
—Dije que cerraría el paso, mamá. No necesito que ellos se encarguen del agua. Hice todo esto incluso cuando ellos estaban aquí, ¿recuerdas?
—¿Y les diste de comer a los caballos? —pregunta Abby.
—Yo lo hice —dice Izzy—. Y vacié los establos antes de sacarlos.
—Antes de que preguntes, he rellenado la comida y el agua de las gallinas —dice Whitney.
Gabe extiende dos enérgicos pulgares hacia arriba. —Y yo les di de comer a las cabras, y les di agua.
Somos el equipo de las vagas, supongo. No hemos hecho nada más que galletas y brownies, ver películas, jugar y pasear observando a los animales. Y subí a visitar a la señora Saddler, dos veces. Le encantan los brownies, los ama. Nunca había visto a nadie chillar tanto .
—Yo descargué el lavavajillas —dice Maren.
Todo el mundo se gira hacia ella. Probablemente, sea la primera tarea que hace desde que llegamos. —Muy bien.
—Y lo pondré hoy también. Creo que a partir de ahora debería encargarme de los platos.
¿Lo ves? Abby pensaba que tenía que hablar con ella, pero sabía que cuando Whitney se lastimara, se daría cuenta de que se había pasado. Maren siempre ha sido así. Se autorregula. Si me hubiera sentado a decirle lo que tenía que hacer, se habría enfadado y las cosas habrían ido peor.
—Puedo hacer la cena —dice Emery—. Izzy me enseñó a hacer eso de la semana pasada.
—Rollitos de pollo en hojaldre —dice Izzy—. Sí, ella me ayudó a hacerlos. Mamá, ¿tenemos los ingredientes?
—Creo que sí —Abby abre la nevera y mueve la cabeza—. Tengo que presidir una reunión dentro de veinte minutos, pero volveré más tarde para ayudarte con…
—Mamá —dice Ethan—, lo sabemos. No pasa nada.
—Está bien que esté estresada —dice—. Ni siquiera puedes llamarme si tienes problemas a menos que primero corras a la colina.
—Estoy aquí —digo—. Si hay algún problema, ey, yo me encargo.
Abby me mira sin comprender.
—Como esa canción —digo—. «Check out the mike, while the DJ performs it».
—No es así la letra, eh —dice Ethan—. En realidad, dice…
—Tengo que irme —Abby me mira—. Gracias.
Aún no he hecho nada, pero es agradable ser reconocida. He sido la única adulta que ha estado en casa todo este tiempo. Sus hijos muy pocas veces necesitan algo, pero no se trata de eso.
—¿Vas a estar en la «oficina»?
Abby se encoge de hombros. —Sería lo ideal, me gusta el aire libre —Sigue fingiendo que no evita a Steve—. Pero con la lluvia…
Así que estará en casa de Steve, supongo. Debe de estar trabajando, sino se vería más alterada.
—El internet llega el viernes —digo.
Una serie de aplausos de los niños me recuerda que todos hemos estado contando los días.
Aunque una parte de mí está un poco triste.
Por lo general, mi trabajo es un constante ding, ding y ding , pero, por primera vez, he estado bastante libre.
He leído libros: intento ponerme al día con Maren en la serie que me recomendó mi amiga para que podamos hablar de ella.
Es mejor de lo que esperaba. He jugado con los niños.
He hecho tantas galletas que hemos empezado a congelarlas para que estén listas siempre que alguien tenga un antojo.
La falta de opciones de comida para llevar o de entrega a domicilio lo ha convertido en una necesidad.
—Quizá deberíamos ir hoy a Green River —digo.
Como si mis palabras provocaran la tormenta, suenan los truenos y crepitan los relámpagos. Y empieza a llover a cántaros.
Ethan se queja, pero se dirige al exterior. No puede dejar el medidor en marcha: todo esto del rancho es un dolor de cabeza aún mayor de lo que había supuesto. En nuestra segunda partida de Cluedo, Emery por fin se atreve a preguntarme lo que ha estado insinuando desde ayer.
—Bueno, mamá. He estado pensando mucho en esto —Me doy cuenta de que sí—. Y realmente creo que deberías dejarme tomar clases de equitación.
Frunzo el ceño. —Creía que las clases habían terminado. Ya hicieron el arreo del ganado.
—Tenemos que subir a las colinas dos o tres veces por semana para revisar los terneros —dice Izzy—. Y tendremos que llevar más sal .
—Y tienen que asegurarse de que están en el lugar correcto —dice Gabe—. Kevin dice que a veces vagan por ahí.
—Qué divertido —digo—. Pero creo que eres demasiado joven…
—Yo tengo doce años e Izzy también —Se cruza de brazos.
Lo que sólo me hace pensar en esos brazos diminutos y huesudos, rotos y doblados después de que un caballo salvaje se la lleve por delante.
—Izzy lleva años montando a caballo.
—Whitney tiene diez años —Aprieta los labios—. Y va a ir en cuanto le quiten la escayola.
—Quizá antes —añade Whitney para ayudar—. El señor Steve dice que cuando ya hayan pasado una o dos semanas, los huesos estarán asentados y, con la escayola para protegerme, probablemente esté bien.
—Ya sabes —dice Maren—. Ese tipo lo tiene bien montado.
—¿Cómo? —pregunto.
—Bueno, le pagan por enseñar a montar a la gente, y cuando el caballo les tira y se rompen una pierna, tienen que pagarle para que se la arregle.
Me río.
—No fue así como me rompí el hueso —dice Whitney—. No tuvo nada que ver con un caballo —mira fijamente a Maren, que se calla por completo.
Fuera retumban más truenos.
—¿Qué piensas? —He evadido el asunto con éxito unas cuantas veces, pero parece que esta vez Emery no va a dejarlo pasar.
—El señor Steve es un gran profesor —dice Whitney—. De verdad.
—No estoy segura de que tenga hueco.
—Mamá ya no recibe clases —dice Izzy—. Le pregunté si podía enseñar a Emery y me dijo que eso dependía de ti .
Sólo estaremos aquí dos semanas más. ¿Qué daño pueden hacer unas cuantas lecciones?
—Bien. No más de dos veces por semana.
—De todas formas, eso es todo lo que tenemos ahora —dice Whitney—. ¡Yuju!
Todas las chicas se levantan de un salto y bailan.
—Cuidado —dice Maren—. No mires mis cartas.
—Oh, por favor —dice Izzy—. Como si tuviera que hacer trampas para ganarte.
Sin embargo, Maren gana la segunda ronda. Ha estado más callada y reservada desde la lesión de Whitney, y necesitaba la victoria. Me doy cuenta.
Después de comer, por fin deja de llover. Es entonces cuando empiezo a preguntarme adónde ha ido Ethan. No debería llevarle mucho tiempo cerrar la toma principal de agua. ¿Cuánto tiempo lleva fuera?
Como si mis pensamientos lo hubieran traído por arte de magia, irrumpe por la puerta, empapado.
—Se ha caído un árbol —Resopla—. Y ha derribado la valla. Los caballos están sueltos. Intenté cogerlos, pero sólo pude con Snoopy y el Capitán. Los demás huyeron en tropel. A esos dos los metí en el establo.
—Oh, no —digo—. ¿Qué hacemos?
Mueve la cabeza. —No lo sé.
—¿Hasta dónde podrían llegar? —pregunto—. No es que sólo haya una valla en la propiedad.
—Era el prado de atrás —dice—. Da a los terrenos forestales.
Izzy empieza a llorar.
—Todo está bien. Todo va a estar bien —Le envío un mensaje a Abby, pero no lo recibe. Lo intento cuatro veces más.
—Yo tampoco tengo cobertura.
—Quizá debería ir a casa de Steve —Me doy golpecitos en el labio.
—Sí —dice Ethan—. Él sabrá exactamente qué hacer .
—Seguro que está trabajando —digo—. O vuestra madre no habría…—Los niños me miran sin comprender. No quiero explicarles a qué me refería, así que cambio de tema—. Si se ha ido, a tu madre se le ocurrirá algo.
—Pero tiene esa declaración… —dice Ethan—. Esa citación. No podemos interrumpirla a menos que…
—¡Pero Maggie podría estar muriéndose! —Izzy está realmente frenética.
—Iré ahora mismo —le digo—. Si no puede venir, bueno, ya pensaremos en otra cosa.
—Apenas llueve ya, así que por suerte no me mojo demasiado de camino a la furgoneta.
Estoy a punto de salir a la carretera principal cuando una camioneta se detiene y enciende las luces intermitentes.
El conductor baja la ventanilla del acompañante.
Yo también bajo la ventanilla, pero aun así apenas oigo a Eddy.
—¿Amanda?
—Sí.
—¿Estás bien?
—Estoy bien —digo—. Pero un árbol derribó una valla y los caballos se escaparon.
—Posiblemente encontrarán el camino de vuelta —dice.
—Los niños se están volviendo locos. —Siento la voz ronca de tanto gritar—. Voy a buscar a Abby.
—¿Está trabajando?
—Sí.
Apaga los intermitentes y gira en la calzada, pasando a mi lado. Me saluda con la mano. ¿Qué quiere que haga? ¿Que me dé la vuelta?
Aparca entre las dos casas, en el lugar más cercano al granero. Tardo un poco con esta bestia, pero doy la vuelta y aparco junto a él. Cuando abro la puerta, ya está fuera. —Puedo ayudarte.
Su voz profunda, su pelo empapado por la lluvia… me pr oducen un escalofrío desde la cabeza hasta los dedos de los pies.
—¿Tienes frío?
—La lluvia —digo.
Me rodea con un brazo. —Seguro que no han ido muy lejos. Probablemente fue una combinación de la rama del árbol que los asustó y el trueno, pero si los niños están nerviosos, podemos salir a ver cómo están.
—¿Nosotros?
Se ríe. —Yo puedo montar.
—Iré contigo —dice Ethan desde el porche.
Eddy suelta el brazo como si le hubiera quemado.
—Genial —Luego, frunce el ceño—. ¿Tenemos caballos? Porque el Polaris va a ser un desastre con todo este barro.
—Sí, he pillado a Snoopy y a Capitán.
—El caballo overo, ¿verdad?
—Ese es Snoopy —dice Ethan—. Es el que suele montar mamá.
—Entonces, será perfecto para ti.
—¿Y tú? —pregunto.
Se encoge de hombros. —Puedo montar cualquier cosa.
¿Me está entrando calor? Vuelvo a temblar.
—Deberías entrar y secarte. No me gustaría que te enfermaras.
Corro dentro a coger una chaqueta para apoyar mi tapadera, lo que es algo tonto.
Hace como 20 grados, pero no puedo quedarme holgazaneando mientras cabalgan hacia el bosque, por eso voy corriendo hacia el establo.
Aún están colocando las monturas y el resto de las cosas, así que no he llegado demasiado tarde.
—¿Hay algo que pueda hacer?
—Escucha, sé que es angustioso, pero no es como si se hubieran dirigido a la carretera. Están vagando en medio de la nada y será fácil encontrarlos .
—Abby me dijo que todos los años perdemos vacas por culpa de pumas y osos.
Ethan frunce el ceño.
—Por eso he cogido esto —Eddy palmea un rifle atado a su silla de montar—. Pero, sinceramente, Amanda, no te preocupes. Suelen quedarse en algún lugar seco durante un tiempo después de una gran tormenta.
Sus palabras me hacen sentir mejor, pero sigo ansiosa mientras los dos se alejan a caballo, las montañas asomando a sus espaldas, el árbol caído marcando el lugar donde la valla está derribada.
Aún están lo bastante cerca como para distinguir sus formas y un poco de sus caras.
Saco el móvil y hago unas cuantas fotos.
En mi favorita, Ethan y Eddy están hablando, y Eddy sonríe claramente.
Es sólo un perfil lateral, pero me encanta.
¿Y lo mejor? Ha dejado de llover y hay un arco iris detrás de ellos.
Ni siquiera me sorprende tener una sola barra de cobertura. Subo la foto rápidamente.
«La valla derribada ha dejado salir a los caballos, pero los atraparemos gracias a un poco de ayuda». Luego le pongo los hashtags #MiHeroe #Arre #LosHeroesMontanCaballos #VaqueroSexy y #MontaComoSiLoDesearas.
Sin duda, ha sido un viaje extraño, totalmente distinto a los últimos veinte años de mi vida, casi todos transcurridos en Nueva York, pero también todo es más bonito de lo que esperaba.
Y no me siento ni la mitad de sola de lo que pensaba.
En parte, por Abby y sus hijos, que siempre están en todas partes y ocupan mucho espacio.
Pero también por Eddy, que parece aparecer justo cuando lo necesito.
Puede que él insista en que no está haciendo nada útil.
Después de todo, Abby asustó a su padre para que hiciera lo correcto.
Y dice que los caballos volverían a casa solos.
Aun así, tener a un veterinario que monta a caballo tan bien como cualquier entrenador, dispuesto a salir con tu sobrino para que te sientas mejor, no está tan mal.
A juzgar por los comentarios preliminares a mi post, mis seguidores también están de acuerdo.
«Cásate ya con él y ten unos hijos vaqueros preciosos».
«¡Es tan de ensueño!»
«Mis ovarios se contrajeron».
No estoy segura de que los ovarios puedan contraerse, y no quiero tener nada que ver con nada que haga que mis ovarios hagan algo, pero entiendo el sentimiento.
Aprovecho la rara oportunidad, con una señal decente, de responder a algunos correos electrónicos.
Estoy diciéndole a Tide que estaría encantada de repetir una publicación sobre su nueva barra quitamanchas cuando suena mi teléfono.
Estoy completamente sorprendida de que mi señal sea tan buena.
—Hola, Heather —le digo.
—Chica —Silba bajo y largo—. Por favor, dime que es el veterinario.
—Lo es —digo.
—Se pone más bueno con cada foto que publicas.
—Sólo es un amigo —le digo.
—Pues hazte un lado —Se ríe—. Voy a reservar un vuelo.
—No estoy segura de cuánto tiempo tendré cobertura, así que…
—¿Aún no tienes wifi? Qué fuerte —Suspira—. Mira, quería decirte que a mi jefa le encantan las nuevas publicaciones de vaqueros, incluso más que a mí. Le gusta el ángulo de la vida en un pueblo pequeño, el vecino y la forma en que, por fin, pareces conectada con la gente real que te rodea.
—Estupendo.
—Le encantaría ver unas cuantas publicaciones más con gente, como con esa vecina mayor. Personas extravagantes a las que obviamente conoces y con las que conectas .
—Puedo hacer eso —digo.
—Y creo que hablo en nombre de todas las mujeres cuando digo que cuanto más veterinaria sea la persona, mejor.
Me río. —Entendido.
—Y una última cosa. Vamos a tomar las decisiones finales sobre el contrato a principios de julio, pero si te elegimos a ti, mi jefa quiere asegurarse de que te quedarás allí, al menos durante el resto del verano. ¿Eso sería un problema?
Le habría dicho que Maren enloquecería y que yo también me volvería loca. Me habría negado si me lo hubiera pedido hace una o dos semanas. Pero ahora, sigo pensando en Eddy rodeándome con el brazo. Eddy cabalgando hacia el bosque para ayudarme.
Nadie se ha preocupado mucho por mi vida o mis dificultades en mucho tiempo. Está claro que no soy el tipo de persona destinada a estar con un veterinario en una ciudad de cuatrocientos habitantes, pero a veces es divertido jugar a fingir. Puedo permitirme unas semanas más. —Claro.
—Perfecto.
Empiezo a pensar que en cierto modo lo es.