El Legado (El Rancho de Birch Creek 1) 15. Abigail #3
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15. Abigail #3

Pero Jeff se le echa encima, haciéndole avanzar rápidamente, antes de que dé más de un bocado.

Las demás vacas intentan seguirle, pero Ethan grita e Izzy chilla.

Cuando una gran vaca negra intenta agacharse por detrás de Izzy, Donk le da una patada.

La vaca se sobresalta tanto que gira demasiado deprisa y choca contra el costado de otra, lanzándolas a ambas hacia delante. Parecen coches de choque.

Cuando nuestra parte del rebaño llega a la pradera, ya no puedo vigilar a Izzy y Ethan, pero no me preocupa.

Steve tiene razón. Ninguno de nosotros sabe enlazar muy bien, pero somos bastante buenos gritando y corriendo hasta que las vacas cambian de dirección.

Y Snoopy hace la parte difícil. Tener caballos que ya saben lo que hay que hacer tiene sus ventajas.

Como Jeff, Ethan e Izzy han hecho tan buen trabajo, nuestras vacas siguen, en general, moviéndose, lo cual es estupendo.

Sin embargo, un grupo de seis irrumpe con fuerza hacia Steve y él está ocupado rodeándolas y haciéndolas retroceder cuando un gran toro decide que quiere algunas de las flores moradas.

Empuja a dos vacas y se lanza por un hueco, corriendo delante de mí.

Me alejo, Snoopy se mueve más deprisa que antes, galopando velozmente por el terreno llano y cubierto de pasto para cortarle el paso al toro. El toro resopla y rasca el suelo, y por un momento me pregunto si cargará contra mí. Pero en lugar de eso, se limita a bajar la cabeza y empezar a pastar.

Exactamente lo que no puedo permitir que haga.

Algunas otras vacas ya han empezado a girar hacia nuestra dirección. No puedo permitir que el único problema real que hemos tenido sea culpa mía, pero incluso cuando giro a Snoopy hacia él y le grito, me ignora. ¿Debería embestirlo? No tengo látigo.

Entonces se me ocurre una idea. Cuando mis hijos no miraban a la cámara, yo solía hacer un sonido muy extraño, un sonido desagradable.

Todos los humanos de la sala giraban la cabeza hacia mí cuando lo hacía: siempre llamaba la atención rápidamente.

Al fin y al cabo, de eso se trataba. No tengo ni idea de cómo reaccionará, pero vuelvo a girar a Snoopy y corro hacia ese pobre toro, y cuando nos acercamos, hago el sonido de delfín chirriando al volumen más alto que he utilizado nunca.

El toro salta, con las cuatro pezuñas hacia fuera mientras baja unos centímetros. Prácticamente, se le ponen los ojos en blanco y, podría jurarlo, da un salto de casi 180 grados y sale disparado hacia el rebaño; las vacas bobas que le seguían dan vueltas para ponerse también en fila.

—¿Qué demonios ha sido ese ruido? —pregunta Steve.

—Tengo algunos trucos bajo la manga —le digo—. No lo olvides —Insto a Snoopy a avanzar y dejo atrás a Steve por primera vez.

Me tiemblan un poco los brazos y tengo el trasero totalmente magullado cuando atravesamos el prado, pero ha sido divertido. Al menos, es divertido en retrospectiva, ahora que estamos caminando y han pasado todas las vacas. Steve me acerca a la pobre y sudorosa Farrah con cara de perplejidad.

—Tendrás que enseñármelo más tarde —dice Steve.

—No creo que sea algo que se pueda enseñar —digo—. Es una habilidad innata. O la tienes o no la tienes.

Lo intenta, pero es horrible.

—Suena como el gorjeo de una gaviota dolorida —Me río—. Me temo que no la tienes, Steve.

—¿Cómo sabes que no se puede enseñar? Tengo fe en ti.

—No deberías. No me conoces en absoluto.

—Siento que te conozco bastante bien.

—¿Ah, sí? —Esto promete—. ¿Por qué no me dices lo que sabes?

Ladea una ceja. —¿Seguro que quieres eso? Sé juzgar muy bien a las personas.

—¿Es por atender a tantos pacientes en Urgencias?

—No, es por los caballos. Ellos no mienten y nunca disimulan. Así es más fácil ver lo que es falso; las mentiras que los humanos se cuentan a sí mismos.

No creo que estar rodeado de caballos haga a alguien más intuitivo con las personas, pero no me molesto en discutirlo.

—Ahora mismo, por ejemplo, estás pensando que soy un idiota. ¿Cómo es posible que pasar todo el día con criaturas de cuatro patas me permita comprender el corazón humano?

¿Cómo lo supo?

—Muy bien, muy bien, ya he hecho mi primer truco. Recoge esa mandíbula y dime si de verdad quieres oír lo que he aprendido sobre ti.

¿Cómo puedo negarme ahora? Parecería una cobarde. Pero tengo un poco de miedo. —Una vez, hice que un chico dibujara una caricatura mía; fue en segundo de la ESO, creo.

—¿Sí?

Asiento con la cabeza. —Tenía unas gafas que yo pensaba que se veían muy bonitas. En mi defensa, mi par anterior había sido enormemente redondo, de plástico rosa, y las varillas laterales sujetas por abajo, como las de un bibliotecario.

—Pagaría un buen dinero por ver una foto de esas.

—Estoy bastante segura de que he destruido todas las fotos que hizo mi madre. Aún la culpo por haberme quedado con esas; debería haberme impedido que las eligiera.

—¿Pero y la caricatura?

—Cierto. La cosa es que me alegré mucho cuando el caricaturista que visitó nuestra clase me eligió para hacer un dibujo de demostración.

Me pareció todo un honor, pero creo que me eligió porque sabía que sería fácil hacer que el mío fuera gracioso.

—Me había olvidado lo molesto que fue en aquel momento—.

Me dibujó con unas gafas enormes que me comían la cara, el pelo esponjoso e hinchado y una sonrisa asimétrica cargada de brackets.

—Tu sonrisa es perfectamente simétrica —dice.

—Puede que sí, pero nadie se fijó en la forma: sólo veían los brackets. Y entonces me di cuenta de que la imagen que tenemos de nosotros mismos rara vez es real.

—¿Es tu forma de decir que no quieres oír lo que pienso?

—Tal vez, porque eso fue doloroso. Pero aquella caricatura me ayudó a ver lo que veían los demás, lo cual también fue útil.

Me quité el aparato de ortodoncia inmediatamente después y le rogué a mi madre que me pusiera lentillas.

El pelo esponjoso tardó un poco más en ser domado, pero al final también lo puse bajo control.

—¿Y te mezclaste con el resto de las ovejas?

Emito un balido.

Se ríe .

—Nunca se me ha dado bien pasar desapercibida —digo—. Pero tampoco he destacado tanto.

—Bueno, si no te importa lo que yo piense, está bien.

Ahora tengo que saberlo. —Dímelo.

—Te enfrentas a las cosas de frente, pero siempre te armas primero para afrontarlas. Cuando me hablaste de la carta del Servicio Forestal, no estabas llorando ni enfadada. Ya habías consultado la página web y me pedías consejo por cortesía.

—Al final, resultó ser útil —digo—. Creo que Amanda, sorprendentemente, también ayudó.

—Pero fuiste tú quien asustó al pobre guardabosques Dutton para que hiciera lo correcto.

—Supongo.

—No puedo hablar de cómo eras en primaria o en el instituto, pero ahora eres independiente, actúas de forma competente y enérgica, y eres feroz.

Esto no es tan malo como pensaba.

—Pero, como ocurre con la mayoría de las cosas, nuestros mejores rasgos son también los peores.

Ahí lo tienes. El aguijón en la cola.

—No puedes pedir ayuda: insistes en pagar o en cualquier otra forma de evitar sentirte culpable por los favores que recibes.

Probablemente, sea para asegurarte de que nunca te pidan, justamente, que hagas algo por alguien más.

Tiene sentido, tienes que proteger tu tiempo puesto que no te sobra.

Sólo reconoces una debilidad o un defecto para poder reforzar tu armadura, no porque te parezca bien no ser la mejor en todo.

—Sé que no soy…

—Y hablas más que nadie que yo haya conocido. Tienes algo que decir sobre todo lo que hay bajo el sol, la mayoría de las veces con buenos argumentos.

Eso no sonó mal .

—Así es casi imposible saber cuándo estás fuera de tus casillas. Suenas igual de experta en todos los casos.

—Parezco una pesada total.

—Crías a tus hijos de la misma manera en la que afrontas la vida. Lo eres todo para ellos, y te machacas por cualquier paso en falso, por leve que sea.

No puedo evitar fruncir el ceño.

—Pero eso te convierte en una madre excelente, y tus hijos son de los más equilibrados, empáticos y brillantes que he conocido nunca.

Es casi más difícil aceptar los cumplidos que las críticas. —Bueno…

—Aún no he terminado.

—¿No?

Detiene a Farrah, y Snoopy también se detiene.

—La muerte de tu marido casi te destroza. Está claro que lo amabas profundamente.

Sus palabras son como una bofetada en la cara.

—Probablemente no estés preparada para salir con nadie. Me sorprendería que lo estuvieras; ese tipo de amor es difícil de superar.

Mis manos aprietan las riendas.

—Pero, en verdad, nunca estarás preparada para pasar página. No está en tu naturaleza. Lo amabas como amas a tus hijos, absoluta y completamente.

—Entonces, ¿por qué…?

Como si percibiera sus deseos, Farrah avanza arrastrando los pies hasta situarse a medio metro de mí.

—Pero tienes que hacerlo de todos modos.

Alguien como tú no puede esconderse. Alguien como tú necesita vivir plenamente.

Estabas dispuesta a dejarme que te invitara a salir. .. cuando pensabas que era un inútil.

—No creo que los entrenadores de caballos sean unos inútiles —Protesto .

Sonríe. —¿Y los entrenadores de caballos borrachos que apenas cumplen con su trabajo?

Ahí sí tiene razón.

—Pensabas que era un entrenador de caballos borracho con un cuerpo en forma, pero aun así que era un desastre.

Espera, ¿sabía que era yo, aquel día que estaba cortando el césped? —Nunca mencionaste que me habías visto.

—Hay exactamente un monovolumen azul marino en Manila —dice Steve—.

Pero en cuanto descubriste que era médico y que no era un borracho, te cerraste por completo.

Empezaste a rechazarme, y creo que es porque me convertí en una opción de mayor riesgo.

Si soy una opción viable, nunca me darás luz verde. Salir conmigo es demasiado peligroso.

—No es…

—Apuesto a que incluso tienes a alguien allá en casa, alguien adecuado, y parte de la razón por la que viniste aquí, a un lugar en el que no querías estar, fue para alejarte de un tipo que quería salir contigo —Se encoge de hombros—.

Él también habría sido una opción real, y eso no está bien, no para Abby Brooks.

Podría destrozar su vida, y su visión de sí misma, amar a otra persona después de perder a su marido perfecto.

—Crees que lo sabes todo —le digo—. Pero no tienes ni idea.

—Bueno, entonces si me equivoco, déjame invitarte a salir.

Le doy una patada a Snoopy y sale corriendo, lo que habría sido mucho más impactante si no hubiésemos llegado al final de la fila.

Al menos, no me preocupa estar dolorida en el largo viaje de vuelta; estoy demasiado ocupada asegurándome de no volver a quedarme a solas con Steve. Ojalá no fuera totalmente obvio lo que estoy haciendo, pero su sonrisa cómplice me persigue todo el camino de vuelta a casa.