15. Abigail #2
—Bueno —dice Jeff—. El sol está a punto de salir, así que vamos a repasar nuestras tareas.
Debería ser factible, ya que tenemos un novillo dominante, Rob el Guapo, como le llamamos.
Como podéis ver, ya está esperando al frente del rebaño.
Los demás están acostumbrados a seguirle, pues lo hemos llevado de un prado a otro siempre en primer lugar.
Iz, tú y Ethan seréis mis jinetes de respaldo.
Tenéis que intentar manteneros a un tercio de la distancia.
Siempre deberíais poder verme, y si tenéis preguntas, gritad. Iré a ver qué necesitáis.
Ethan e Izzy asienten.
—Abigail y Steve – gracias por venir, por cierto – serán mis jinetes de flanco, y vosotros intentaréis quedaros a unos dos tercios del camino.
Vuestro trabajo consistirá en mantener a las vacas juntas y en movimiento.
No podréis verme la mayor parte del tiempo, pero verán a Kevin en la retaguardia, porque es un tipo afortunado.
Steve se ríe y Kevin frunce el ceño.
—Te toca a ti —dice Jeff—. Yo fui la cola el año pasado.
—¿La cola? —pregunto.
—En la cola, la cosa se pone bastante polvorienta —dice Steve—. No siempre es un lugar cómodo para cabalgar, y tu trabajo consiste en animar al ganado que ya no quiere moverse. Al principio no está mal, pero se vuelve más agotador con el paso del tiempo.
—Ahora que ha salido el sol… —Jeff mueve su caballo, un gran castrado rojizo, hacia el portón.
—Hora de partir —Kevin va montado en un caballo gris, que sale con el menor empujón y pasa por delante de unas cuantas vacas para dirigirse a la parte trasera del rebaño.
—Tómate las cosas con calma, Srta. Isabel —dice Steve.
—Lo haré —Tiene los ojos brillantes y las mejillas sonrosadas. No se la suele incluir en este tipo de cosas, ya que sólo tiene doce años. En realidad, nadie de mi familia participa nunca en cosas así. Probablemente esté tan nerviosa como el resto de nosotros.
—Espero que esté preparada.
Steve baja la voz. —Por algo le atamos el burro.
—Espera, ¿por qué razón?
—Está montando a Maggie, que ya es una montura muy estable y fiable. Lleva una semana dando clases con ella y se conocen. Pero Donk es lento y molesto, y tenerlo a su lado debería evitar que ella sea una de las jinetes que pueda tener problemas.
—¿No le estorbará?
Steve se encoge de hombros. —Sólo hay trescientas cincuenta vacas. Si tratáramos de manejar quinientas, o incluso mil, necesitaríamos más gente, pero a menudo Jed sólo tenía cuatro hombres para mover su rebaño.
—¿Has hecho esto antes? —pregunto—. No tienes ganado, así que no estoy segura.
—Crecí aquí —dice, como si eso lo explicara todo.
—Espero que no estés intentando desviar la conversación porque no has estado en ninguna, y actúas como si lo supieras todo.
Pone los ojos en blanco. —Mujer, por favor.
— ¿Mujer ?
—Oh, perdona. ¿Eres un hombre?
Suspiro. —Tienes suerte de que estemos montando a caballo.
—¿Caso contrario me darías un puñetazo?
—Probablemente —digo—. O te prendería fuego.
—Una mujer violenta —Sonríe—. Me gustan las yeguas fogosas. ¿Ya lo había mencionado?
Antes de que pueda decir nada más, da una patada a su caballo, cuyo nombre ni siquiera sé, y se pone en marcha.
Las vacas se extienden delante de mí, por un lado, pero Ethan las maneja bastante bien.
Me alegro de no ser la persona atrapada en la nube de polvo de atrás, aunque cuando me doy la vuelta no parece tan malo.
Aquí hay mucha hierba, así que no hay mucha tierra que levantar.
Además, supongo que las vacas no quieren quedarse atrás.
Esperemos que Kevin no lo pase realmente mal.
La primera vez que intento arrear a las vacas de vuelta al grupo principal, se separan más y empiezan a correr en dirección contraria.
Maldigo en voz baja y hago girar al pobre Snoopy.
Antes de que pueda poner a Snoopy a galope tendido tras ellas, Steve ya está allí, gritando y redirigiendo nuevamente a los animales reacios al grupo principal.
Observo a Izzy y Ethan, fijándome en lo que funciona y lo que no, y me corrijo .
No vuelvo a acercarme mal o de frente, y mi trabajo se hace más fácil.
Contar con la ayuda de Steve es como tener dos hombres más.
Nunca parece cansado, y cabalga sin esfuerzo.
Le vi en Urgencias no hace mucho, y se lo veía hábil, confiado y a gusto.
En ese momento pensé que probablemente estaba viéndolo hacer lo que se le daba mejor.
Pero verlo cabalgar es diferente.
Su yegua, que descubrí que se llama Farrah, se mueve como una extensión de su cuerpo.
Él no rebota, ni se sacude, y apenas mueve las manos.
Pasa de un paseo lento y fácil a una carrera rápida con el simple sonido de un beso.
Probablemente, también esté moviendo su cuerpo, pero no puedo verlo.
Sinceramente, no puedo entender cómo la parte superior de su cuerpo permanece tan firme, incluso cuando corren.
Mientras tanto, yo hago mi mejor imitación de un saco de patatas rebotando encima del pobre Snoopy.
Las siguientes horas no son tan malas: Jeff y Kevin saben adónde vamos y las vacas quieren ir allí.
Pero a medida que avanza el día hace más calor y las vacas pierden mucho ímpetu, sobre todo los terneros.
Izzy y Ethan empiezan a flaquear, se toman un refresco de cola y vuelven a ponerse en marcha, como esos juguetes a los que se les ha dado cuerda.
Pero a medida que los terneros se ponen más lentos, tenemos que trabajar más para mantenerlos en marcha, y eso es duro porque…
Yo también me estoy quedando sin energía.
Steve se da cuenta, por supuesto.
—¿Estás bien?
—Creo que probablemente he magullado de manera permanente la espalda de Snoopy.
—Va a estar bien. Parece que se divierte. Apenas pesas, así que se llevó la mejor parte. Pero sospecho que mañana te dolerá todo.
¿Apenas peso? Casi me río de esa absurda afirmación. Nunca he sido una de esas chicas delgaduchas. —Oh, ya me duele.
Se ríe. —La buena noticia es que casi lo hemos conseguido. Sólo nos queda un último obstáculo.
—¿Obstáculo? —Por alguna razón, su uso de esa palabra me alarma.
—Al Servicio Forestal no le gusta tener vacas en los parques, ni cerca de carreteras, ni cerca de fuentes de agua importantes.
—Así es —Kevin corre a nuestro lado—. Nuestra parcela tiene una zona específica en la que se supone que debemos hacer entrar las vacas.
—¿Estamos cerca?
—Así es —dice Steve—. Pero…
—¿Pero qué?
—Ya casi hemos llegado —dice Kevin—. Venía a decirte que las mantengan en movimiento.
—Lo haré —dice Steve.
Kevin ya se ha ido, y me doy cuenta de que Jeff está hablando con Ethan e Izzy.
—¿Debería preocuparme?
—En absoluto —dice Steve—. Esta es la parte divertida.
—¿De qué se trata?
—Casi hemos llegado a la primera pradera despejada que probablemente estará totalmente cubierta de hierba.
—¿Eso no es bueno?
—No querrán moverse de ahí —dice—. Así que tenemos que mantenerlas en movimiento. Si se detienen y empiezan a pastar, podríamos tardar horas en conseguir que avancen.
Ah.
—Prepárate para aullar, gritar y correr, si es necesario —No parece que me esté advirtiendo: parece un niño pequeño en Nochebuena.
—Realmente te gusta esta parte .
—Es la única razón por la que he venido —Sus ojos se iluminan, y me pregunto si es verdad. ¿Realmente ha venido para pasar tiempo conmigo? ¿O para correr con Farrah en plena naturaleza, aullando y gritando?
Me pone un poco nerviosa que Ethan, Izzy y yo no estemos a la altura. ¿Y si dejamos que se detengan y luego nos quedamos atrapados aquí todo el día sin ningún remedio? Jeff y Kevin sacan sendos látigos de sus cinturones.
—¿Los necesitamos?
Steve niega con la cabeza. —No, no hará falta.
—Bueno.
Entonces, se detiene y su rostro se vuelve hacia el mío. —Abigail.
—¿Qué? —Lo miro a los ojos.
—¿Estás bien?
Debo tardar mucho en responder.
—No te preocupes, esta parte irá bien. A pesar de todas tus bromas sobre la espalda de Snoopy, te mueves muy bien. Parece que no es la primera vez que lo haces.
Ajá.
Farrah se acerca un poco más, de modo que está casi a mi lado. Snoopy, como buen muchacho, ni siquiera da un pisotón ni se queja de que ella invada su espacio. Steve baja la voz.
—Whitney probablemente hubiera estado bien, pero no estaba seguro al cien por cien, por eso no la dejé.
Estaba completamente seguro de que tú, Ethan e Izzy estaríais bien, así que confía en mi criterio.
Cuando hayamos pasado el prado y nos dirijamos al primer punto del mapa, te sentirás revitalizada.
Dirás: «Steve, tenías razón. Eres un hombre brillante y un gran entrenador de caballos».
—Eso ya lo sé —digo—. Cualquiera con ojos puede verlo.
—Pues yo tengo ojo de jinete crítico y te digo que no te preocupes. Lo harás muy bien.
Asiento con la cabeza .
Menos mal que ha terminado su charla, porque Jeff hace sonar su látigo y el ganado acelera un poco el paso. Cuando doblamos la curva, veo a qué se refieren. Delante de nosotros se extiende un prado largo, ancho y hermoso, cubierto de flores silvestres.
—Vamos a separarnos —dice Steve—. Yo daré vueltas hacia el otro lado, y tú quédate aquí. Si grito «¡ahora!», quiero que te muevas hacia mí, gritando tan fuerte como puedas. Es un movimiento en cuña y hará que se muevan en línea recta. ¿Entendido?
—Sí.
—Y oye, Snoopy ha hecho esto docenas de veces. Si no estás segura de qué hacer, afloja un poco las riendas y él irá tras ellas. Tiene un sexto sentido increíble con las vacas.
Es bueno que alguien de nosotros lo tenga.
Definitivamente, Rob el Guapo acelera el ritmo al principio, pero en cuanto llega a la pradera llana y ancha, retoza un poco y baja la cabeza.
Está comiendo.