El Legado (El Rancho de Birch Creek 1) 14. Amanda
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14. Amanda

AMANDA

H a desaparecido otro paquete. Probablemente no ayuda que el buzón de la calle esté a rebosar de cartas.

Las recojo todas, dejando caer una a cada dos pasos.

Tardo una eternidad en inclinarme y recoger, volver a organizar y dejar caer otra, pero al final llego a la casa.

Las tiro sin contemplaciones sobre la encimera.

—¿Qué es todo eso? —pregunta Abby.

—Este es el correo, que concretamente no incluía ningún paquete que se suponía que ya había recibido de Ariat.

—¿Qué te mandan? —pregunta.

—Botas —le contesto—. Se pusieron en contacto conmigo para decirme que les gustaban mis últimas publicaciones y me preguntaron si estaría interesada en ropa y calzado apropiados para la zona —Me encojo de hombros—.

Como aún nos quedan unas semanas, dije ¿por qué no?

Pero… el paquete no está en ninguna parte.

Ahora Abby está hojeando el correo de un hombre muerto. No puede dejar pasar nada.

—Mhmm —dice—. Qué bien. Yo tengo que pagar toda mi ropa .

—Pero también puedes elegirla.

Ahora Abby está abriendo cartas y clasificándolas.

—¿Qué haces?

Levanta la vista. —Tú organizas tu propia vida, ¿verdad?

Dios mío, es tan engreída. —Claro.

—Me avergüenza admitirlo, pero he estado considerando este episodio aquí como si fueran unas vacaciones.

Unas terribles vacaciones en las que trabajo en una granja y también hago mi trabajo, pero aun así.

Ya que estamos aquí, se supone que debemos gestionar cosas.

Como pagar la factura de la luz —Señala la luz que hay sobre nuestras cabezas—.

Si no hacemos cosas como esa, tienden a cortarla.

Entonces, no tener internet será la menor de nuestras urgencias, te lo prometo.

Es una engreída, pero probablemente también tiene razón. Me vuelvo para ayudarla, filtrando los correos basura y tirándolos, mientras le entrego el correo que parece fiable.

—¿Servicio Forestal Nacional? —Lo echo al montón de correo no deseado.

—Espera —Abby se lanza a por él.

—¿Crees que lo necesitamos?

—Ahí es donde pastan las vacas —dice—. ¿Te acuerdas?

—Creía que era la Oficina de Gestión del Territorio.

—Kevin dice que aquí esa tierra es todo desierto. Dice que los terrenos del servicio forestal son mucho mejores, y también más baratos.

¿Eh? Supongo que debería prestar más atención, pero es difícil preocuparse cuando sólo llevo unas pocas semanas.

Cuando Abby abre la carta, sus manos se tensan en los bordes y el color se le va de la cara.

—No son buenas noticias, supongo.

—Dice que, como no hemos solicitado la renovación de nuestro permiso, este año no podemos subir ninguna vaca al bosque.

Perfecto —digo—. Caramba, ¿por qué no lo hicimos desde el principio? Ahora pueden quedarse aquí y no tendrás que pasarte todo el día acarreándolas hasta allí.

Abby aprieta los dientes, pero intento que no me moleste. —Amanda, sé que no estás aquí para participar, pero ¿has oído algo de lo que han dicho Kevin y Jeff?

La verdad es que no.

—Las vacas necesitan ir allí arriba —dice—. Si no lo hacen, no podremos cultivar heno suficiente para alimentarlas durante el invierno. Si eso ocurre, y nos vemos obligadas a comprar heno para cientos de vacas, perderemos cualquier beneficio que hubiéramos podido obtener de otro modo.

Me inclino hacia delante, apoyando las manos en la mesa. —Abigail, corrígeme si me equivoco, pero dentro de unas semanas tu hijo Ethan irá a la universidad —Levanto las cejas y espero una respuesta.

Ella parpadea. —Así es.

—Y todo este rancho, así como las vacas, serán presumiblemente vendidos.

Ella asiente.

—Nada de ese dinero nos va a llegar a nosotras, ¿verdad?

—Exacto.

Me inclino aún más. —¿Entonces por qué te importa?

Suelta la carta y esta revolotea sobre la mesa. —Bueno, supongo que…

Para alguien que insiste en que no es una opción real, actúa como si lo fuera.

—¿Y qué si las vacas se quedan aquí? ¿Y qué si no hay heno suficiente para el invierno? —Me encojo de hombros—. Deja que los nuevos propietarios se ocupen de eso.

Abigail parece una cometa a la que le han cortado los hilos. Se desploma en una silla y se reclina en ella. —Ha sido una locura, una emergencia tras otra, desde que Nate murió.

Me siento a su lado. Recuerdo esa sensación. En realidad, tengo estrés postraumático por esa sensación. Durante más de un año, no tenía ni idea de si nos desahuciarían. Una vez saqué un adelanto en efectivo de una tarjeta de crédito para pagar el alquiler, y eso sí que fue difícil de pagar.

—Sólo estás aquí por Ethan, así que…

—Ethan sabrá si no me lo tomo en serio, y me echará la culpa —Frunce el ceño—. Le dije que lo intentaríamos. Que nos aseguraríamos de tener éxito en cada tarea, y que le daría a toda la iniciativa un trato justo.

—¿Pero qué puedes hacer a estas alturas? —Me encojo de hombros—. Es decir, has hecho lo que podías hacer, ¿no?

—Supongo —Un momento después, se escabulle por la puerta para ir a otra clase de equitación, que en realidad no tiene por qué tomar. Si no hay arreo de ganado, tampoco hay una urgencia desesperada por aprender a montar y a enlazar, y Emery también dejaría de insistir. Aleluya.

He recorrido todo el camino hasta la «oficina» de la colina y estoy presentando una queja al servicio postal de EE.UU. por el paquete perdido, cuando Ethan viene a toda velocidad hacia mí montado en su gran caballo marrón. —¡Tía Mandy!

En cuarenta años, dudo que alguna vez me haya levantado tan deprisa, y Roscoe se lanza delante de mí, con el pelo de punta, gruñendo. —Ethan, cuidado.

Pero su caballo se desliza hasta detenerse justo a tiempo, levantando hierba y tierra, a media docena de metros delante de mí y del perro. —Has hablado con el Dr. Dutton, ¿verdad?

—¿Qué? —¿De dónde salió eso?

—En medio de la clase, el señor Archer preguntó a mamá por qué estaba enfadada.

Yo ni siquiera sabía que estaba enfadada.

Ese tipo es muy listo. Pero me dijo que el Servicio Forestal no había aprobado la renovación de nuestro permiso porque no habíamos presentado los formularios correctos, o, mejor dicho, el tío Jed no lo había hecho.

—Bueno.

—El señor Steve dijo que es una pena que no conozcamos a Eddy, porque la única persona a la que escucha el guarda Dutton es a su hijo.

—¿Me estás diciendo que el guardabosques encargado de los permisos es el padre de Eddy, el veterinario?

Ethan asiente. —Parece que tuviste una agradable charla con él el otro día. ¿Podrías pedirle un favor?

¿El tipo que coqueteó conmigo descaradamente, pero que nunca me llamó? ¿El tipo con la cara más bonita que he visto nunca? ¿El tipo por el que aún preguntan mis seguidoras? Sí, ¿por qué no le llamo y le pido un favor?

Preferiría comerme mis botas perdidas antes que suplicarle un favor.

—Ethan, el caso es que…

—¿Por favor, tía Mandy? —Puede que tenga diecisiete años, pero Ethan sigue siendo ese niño con ojos de cachorrito.

Abro la boca para hacerle callar, pero en vez de eso, por alguna razón, digo: —Le llamaré, pero no puedo prometerte que vaya a servir de algo.

Ethan cierra los ojos y murmura: —Sí —por una vez, me siento como una estrella de rock. Es agradable ser la persona a la que la gente está agradecida, la persona a la que la gente se emociona por tener a su lado.

—No te hagas ilusiones. Le di mi número —le digo—, pero nunca me llamó.

—¿Estás segura de que no te ha llamado? —pregunta Ethan—. La mayoría de las veces no tenemos cobertura.

¿Por qué no se me había ocurrido? —Eres muy inteligente, jovencito. Ahora vete y déjame llamar a ese tipo.

—Recuérdale que Jed murió y que acabamos de llegar —Junta las manos como si rezara, pero eso sobresalta a su caballo, que sacude la cabeza y empieza a trotar hacia mí. Ethan lo hace girar y se marchan.

Mis manos se ponen nerviosas cuando busco un anuncio de un veterinario en Manila. Sólo aparece uno. Edward Dutton. Antes de que me dé tiempo a pensarlo, pulso para llamar.

—Consulta del Dr. Dutton —dice una mujer.

—Oh —Me aclaro la garganta. No sé por qué no esperaba que fuera una mujer—. ¿Está el Dr. Dutton? Necesito hablar con él. Sobre cosas de terneros.

—¿Cosas de terneros? —Odio el sonido de la risa reprimida en su tono.

—Bueno, tengo unas vacas y tengo algunas preguntas sobre las vacas.

—¿Vacas? —pregunta ella—. ¿O terneros?

—¿Está por ahí?

Ella se ríe. —Sí, aquí está.

¿Estuvo escuchando todo ese tiempo, mientras ella se burlaba de un cliente?

Su tono es ligero y alegre cuando contesta, lo que me hace pensar que sí.

—Hola, soy Eddy.

—Dr. Dutton —digo. Hasta ahí llego. No se me ocurre qué más decir. Quiero preguntarle por qué no me ha llamado. Quiero preguntarle si llamó, pero sólo le llegó mi buzón de voz, y si es así, ¿por qué no me dejó un mensaje? En lugar de eso, me siento aquí, estúpidamente, pensando en su sonrisa.

—¿Hola? —Su voz es suave, como un café batido.

—Lo siento —le digo—. Sé que estás ocupado.

—¿Eres Amanda?

Mi corazón se para en seco en mi pecho.

—¿Amanda Brooks?

—Sí —digo—. Soy yo.

Su voz es de perplejidad. —¿Tienes una pregunta sobre vacas para mí?

—Más bien de un ternero —Bromeo. Si ya se están riendo de ti, es mejor demostrarles que no te molesta.

—Pues dispara .

Creo que eso significa que le cuente, no que piensa que algo ha ido mal. —Seguro que recuerdas que Jed murió no hace mucho.

—Sí, no lo he olvidado.

No estoy segura de poder hacer esto por teléfono. Pedir un favor es una especie de arte, y no se trata de llamar y escupirlo así sin más, sobre todo con alguien a quien apenas conoces.

Alguien que no llamó cuando dijo que lo haría.

—Intenté llamarte, ¿sabes?

¿Puede leerme la mente? —Ya, seguro —le digo.

—No, de verdad. Incluso lo intenté varias veces al teléfono de casa de Jed, pero una vez sonó y sonó, y otra vez descolgó un niño. No le importó cuántas veces le pidiera que llamara a Amanda, sólo hacía ruidos de pedos.