El Legado (El Rancho de Birch Creek 1) 12. Amanda #2
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12. Amanda #2

En primer lugar, nunca debí haber discutido sobre Maren.

Nunca me he sentido tan insegura acerca de mis propias habilidades como madre: incluso pasando unas pocas de horas al día con sus hijos, Abigail lo está haciendo genial, mientras que mi huraña hija no ha hecho más que leer en su habitación y quejarse.

Odia el olor a vaca, la comida es horrible, la cama es incómoda, no puede hablar con sus amigos y no hay nada que ver en la televisión.

Yo misma he querido abofetearla al menos una docena de veces, pero no tengo ni idea de cómo hacer que se comporte de manera similar a como lo hacen los hijos de Abigail.

Debería pedirle ayuda, no regañarla por ser una madre negligente.

—Yo…

Abigail deja caer su rostro entre las manos.

—Lo siento, Amanda. Lo siento mucho —Cuando mueve las manos, es evidente que está llorando—.

Ha sido tan duro desde que murió Nate. No sé cómo has sobrevivido.

No debería haber arremetido contra ti así, pero lo que has dicho…

—Más lágrimas brotan y corren por su cara—.

Es exactamente lo que siempre he temido.

Estoy tratando de ser madre y de proveer, y estoy fallando en ambas cosas. Todo el tiempo.

¿Cómo se debe sentir ella? ¿Perder a un compañero de verdad, alguien a quien amaba y respetaba, alguien a quien quería a su lado durante los próximos cincuenta años?

Siento celos. Sé que ha perdido a Nate y que es totalmente inapropiado que sienta celos de ella, pero nunca he tenido lo que ella echa de menos tan profundamente.

Nunca he sido una gran madre ni una esposa feliz.

Incluso ahora que Nate se ha ido, sigo sintiendo celos de ella sobre ambas cosas.

—Hablaré con Maren —le digo—. Quizá…

—¡Mamá! —La voz de Whitney es estridente, y le siguen inmediatamente los gritos de los demás.

Abigail se da la vuelta y sale disparada hacia el granero. La sigo rápidamente por detrás, dejando de lado todos los detalles de nuestra discusión en el momento en que un niño nos necesita.

Es la primera vez que entro en el establo, así que estoy un poco abrumada.

Hay heno en grandes pilas, una puerta abierta llena de monturas y trastos, e hileras de establos.

Hay varias cabezas de caballo colgando, e instintivamente me alejo de ellas.

Criaturas enormes y feroces. Me estremezco y sigo adelante.

Los niños están todos dentro de una especie de gran corral abierto con grandes cubas metálicas rectangulares a un lado. Hay cubos y objetos extraños, con forma de rastrillo, esparcidos por todas partes, así como una cosa redonda, blanca y sucia.

—¿Quién está herido? —pregunta Abigail.

—Yo —Solloza Whitney.

Abigail se arrodilla, sin importarle el barro que se está metiendo en los vaqueros. —Ven aquí, nena, déjame ver.

Mientras Abigail examina a Whitney, busco a mis hijas para asegurarme de que están bien. Emery parece preocupada, como debe ser, pero Maren tiene la mandíbula desencajada y los ojos brillantes.

Eso no es bueno.

Bordeo el corral hasta donde está ella. —¿Qué ha pasado?

—Nada —dice ella—. Es decir, no debería haber sido nada, pero Gabe siempre es tan quejica.

¿Tenía razón Abigail? ¿Soy una madre terrible? ¿Maren ha hecho daño a Whitney? —Cuéntame qué ha pasado —digo con toda la calma que puedo. Aun así, la frustración tiñe mi tono.

Maren, como era de esperar, reacciona resoplando y sacudiendo la cabeza. —Ni siquiera quería jugar con ellos, pero cuando hacíamos relevos necesitaban equipos parejos y luego pasaron a jugar a ese juego tonto y yo ya estaba aquí.

—¿Qué juego ?

—Una versión idiota del pato, pato, ganso —dice—. Te sientas en círculo y una persona lo es, pero lo llaman caballo, caballo, cabra.

La verdad es que suena muy bien. A mi página de insta le encantaría. Ojalá hubiera podido grabar un vídeo.

—Okay, así que corres y das vueltas, con una persona intentando tocar a alguien. Supongo que debe decir «cabra», y esa persona tiene que correr.

—Exacto.

—¿Para qué son los cubos y los rastrillos?

—Dios mío, mamá, hasta yo sé más que tú. Eso no son rastrillos. Son palas, para limpiar establos.

Tardo un segundo, pero me doy cuenta de que tienen una forma extraña para poder recoger excremento. Qué asco. —¿Pero para qué los usabais?

—Como somos caballos, no sólo corremos en círculo, sino que tenemos que saltar los obstáculos —Aprieta los labios.

Me sorprende que la convencieran para jugar. —Seguro que se te daba bien, ya que saltas mucho para animar.

—Claro.

—Pero ¿cómo se hizo daño Whitney?

—Todo el mundo deja ganar a Gabe —dice—. Todas las veces. Es muy lento, se queja constantemente y no puede coger a nadie. Así que el que está más cerca de él simplemente se deja tocar. Incluso Emery.

—Tiene siete años.

—Hablas exactamente como ellos, como si su edad lo fuera todo. Yo también tuve siete años una vez.

Soy una mala madre. He criado a una mocosa total.

—Es un error dejar que la gente gane. Envía el mensaje equivocado, de que no necesitan esforzarse. Así que cuando me dijo «cabra», me persiguió y me persiguió y perdió y tuvo que repetir.

—¿Y ?

Se encoge de hombros. —Pasó unas cuantas veces. El resto se enfadó porque son tontos.

—Whitney le hizo una zancadilla la siguiente vez que no dejó que Gabe la cogiera —dice Emery.

—Eso no se hace —dice Abigail—. ¿Por qué lo hiciste?

Whitney tiene la cara ensombrecida por el llanto. —Lo siento mucho, mamá. Sí que me disculpé. Gabe estaba muy triste, pero sabía que estaba haciendo algo mal.

—Sigo sin entender cómo se lesionó Whitney —Me doy cuenta de que le pasa algo en el brazo.

—Cuando me hizo la zancadilla, la empujé —dice Maren—. Me manchó la camiseta de barro.

—Whitney se cayó y aterrizó en el abrevadero —dice Izzy—. Creo que se ha roto el brazo.

—Voy a subir a la colina —dice Ethan—. Consultaré el mapa de mi teléfono para ver dónde está la sala de urgencias más cercana.

Abigail asiente. —Gracias.

—Nosotras también vamos —le digo—. Lo siento mucho, Abigail.

—No quiero que ella venga —dice Whitney.

Claro que no. —Todas lo sentimos —Le doy un golpecito en la mano a Maren y, como sigue sin decir nada, le doy una patada.

—Sí. Lo siento.

Mi hija es un monstruo. Ojalá tuviera alguna idea de cómo arreglarlo.