10. Amanda #2
—¿Hasta qué hora estuviste despierta anoche?
Frunce el ceño. —Estaba leyendo, por si te interesa. Ese libro tonto que tú me regalaste por Navidad. El que es superlargo.
—¿Te has quedado despierta toda la noche? —No estoy segura de creer lo que estoy escuchando.
—Dijiste que la autora te llamó una vez, con preguntas sobre un libro que está escribiendo.
—Ah, claro. Es una abogada amiga de mi cuñada que dejó la abogacía y se puso a escribir.
—Pues escribe muy bien sobre hermanos.
—Debería. Tiene un montón de hijos. Escribe ficción femenina y romántica, que me encanta, pero pensé que te gustarían los libros de fantasía.
—¿Te ha gustado?
Maren se encoge de hombros. —Bah.
Debió de gustarle si se pasó toda la noche leyéndolo.
—El siguiente trata sobre el villano del primer libro, y no entiendo por qué. No quiero leerlo .
Suspiro. —Bueno, si te gustó la primera parte, quizá necesites darle una oportunidad.
—Tal vez.
Cuando salgo, casi tropezando con el perro, me sorprendo a mí misma mirando fijamente a Kevin. Es demasiado joven, y coquetear con él sería terriblemente incómodo, por no mencionar que hasta demandable, visto que estoy en posición de dirigir el rancho. ¿Eso me convertiría en su jefa?
Quizá podría pagarle para que posara para mí. Si tuviéramos cuidado con los ángulos, podría no resultar obvio lo joven que es…
No es feo. Su cara es un poco bobalicona, como la de un joven Harry Connick, Jr. pero a algunas personas les gusta eso. A mí no, pero a mucha gente sí.
—Es demasiado joven. No funcionaría.
—¿Qué es lo que no funcionaría? —pregunta Ethan desde detrás de mí.
Pego un salto.
—Perdona si te he asustado —Está lijando el porche, que parece recién rociado con una manguera.
—¿Qué haces?
Ethan sonríe. —Pensaba que teníamos que mover el agua esta mañana, pero por lo visto no podemos superar cierta cantidad de uso semanal, y estamos demasiado cerca. Cerrar la toma principal fue rápido, así que pensé en empezar a arreglar las molduras y la pintura del porche.
—¿Arreglarlas?
—Estoy lijando para poder volver a pintar —dice—. Mamá dice que la casa tiene buen aspecto y que parece que la han pintado hace poco, pero las molduras se ven descoloridas.
—Sólo te quedas aquí durante el verano, ¿verdad? —No entiendo por qué se busca más trabajo para hacer.
—Papá siempre hacía cosas así —Ethan se detiene—. Sabes, mamá hacía un comentario y él se esforzaba en hacer pequeñas cosas para sorprenderla. Pensé que, como no está aquí, podría lijar la moldura y prepararla, y un día, cuando ella esté fuera todo el día, puedo pintarla, como sorpresa.
No puedo respirar. Estoy a punto de romper a sollozar.
En los quince años que estuve casada con Paul, ni una sola vez me sorprendió con nada.
Yo compraba mis propios regalos de cumpleaños y Navidad, y también el Día de San Valentín.
No estoy segura de que se le hubiera ocurrido nunca pensar que tendría más significado si él elegía algo.
Cuando le pedía algo, decía: «Claro, feliz Navidad». Aunque fuera en abril.
Tras pasar un día con ellos, ya me estoy ahogando en recordatorios de que me casé con el hermano equivocado. Y ahora su hijo intenta hacer lo mismo: sorpresas que su padre no está aquí para darle.
—Es muy bonito de tu parte.
—¿Crees que le gustará? —La cara de Ethan se ilumina—. Quizá puedas ayudarme a elegir qué color de pintura azul marino debo usar. No se me dan bien esas cosas.
—Oh, no sé…
—Mamá me ha dicho que te vas dentro de unos días, y no sé si tienen pintura en la ciudad. Sin embargo, Green River no está demasiado lejos. ¿Quizá algún día podamos ir allí? O si no tienes tiempo, ¿me prestarías tu furgoneta? Puedo darte dinero para la gasolina.
¿Cómo puedo decirle que no? —Seguro que se nos ocurre algo. De todos modos parece que vamos a quedarnos un poco más.
—¿De verdad? —Frunce el ceño—. ¿Cuándo os vais?
—Estaremos aquí al menos hasta el 4 de julio.
—¿De verdad? —Por supuesto, Emery venía hacia la casa desde el granero en el momento justo. Empieza a gritar.
—¿Qué está pasando? —Maren saca la cabeza por la ventana—. Algunos estamos intentando volver a dormir.
Ethan resopla. —Sólo una.
—¡Nos quedaremos un mes entero! —dice Emery.
Las manos de Maren aprietan el alféizar de la ventana.
—Estás mintiendo.
—A ver, Maren —le digo—. No le digas esas cosas a Emery. Está repitiendo lo que acaba de oírme decir. Hemos decidido quedarnos un poco más.
—¡Mamá! —Su boca se abre y resopla más fuerte de lo que había oído nunca—. ¡Lo prometiste!
Santo cielo. —Mira…
—Mándame en avión a casa. Me quedaré con Erin.
—No voy a mandarte avión a casa —le digo—. Y aun así llegaremos a tiempo para el campamento de animadoras del colegio.
—¿Y para el de Prisma Élite?
Probablemente para ese no. —Ese es opcional —digo—. Ni siquiera lo organiza la escuela.
—¡Pero va a ir todo mi equipo, se van a volver mejores que yo! —Ahora se lamenta, tan fuerte que seguro que la oyen los vecinos—. ¿Por qué haces esto?
Aparece un gran todoterreno blanco, que debe de ser el veterinario. Por desgracia, la inminente presencia de extraños ni siquiera hace mella en la agitación emocional de Maren. Su cabeza desaparece y respiro aliviada.
Pero, entonces, todo su cuerpo, aún en pantalones de pijama a cuadros y una de las viejas camisas de Paul, se aparece de repente en el porche.
—Mamá, no puedes tener la intención de retenernos aquí. No somos prisioneras. Quiero irme a casa.
—En realidad, todos somos menores —dice Ethan—. Como es vuestra madre, eso es exactamente lo que puede hacer.
—Cállate, Ethan. Eres lo peor de esta pesadilla.
—Lo mismo digo —Le guiña un ojo, lo que la enfurece aún más .
—Ni te molestes en discutir con ella —dice Emery—. No servirá de nada. Maren odia todo menos su teléfono y sus amigos.
Maren se queda paralizada. —Eso no es verdad.
—Si no fuera verdad, ya habrías salido fuera —dice Emery—. Hay cabritas, gatitos, gallinas, caballos y vacas. Muchas vacas.
—Créeme —dice Maren—. Puedo olerlos a todos, incluso desde dentro.
Emery frunce el ceño. —Quizá mamá debería enviarte de vuelta a casa. Sólo arruinarás las cosas para los demás —Gira sobre sus talones y corre de vuelta al granero, con Gabe, Izzy y Whitney pisándole los talones.
Por primera vez en mucho tiempo, siento pena por Maren. Es culpa suya, pero está totalmente sola. Sé exactamente lo que se siente. Aunque no tengas a nadie a quien culpar, sigue siendo terrible.
—¿Señora Brooks? —El veterinario debe de estar justo detrás de nosotros. Su voz es grave y gutural, pero de algún modo suave.
—Soy la señora Brooks —Me doy la vuelta y, esta vez, soy yo la que se queda helada. Esperaba que el veterinario fuera, no sé, rudo. Sucio. Esperaba que, en el mejor de los casos, se pareciera al entrenador de caballos que vi desde el otro lado del patio.
Pero este hombre no se parece en nada.
Tiene el pelo largo. Sus rasgos son perfectamente simétricos, con una mandíbula inclinada, una nariz definida y afilada y una frente angulosa. Pero sus ojos me llaman la atención.
El año pasado, Maren tuvo una asignatura de genética en Ciencias, y descubrí que menos del dos por ciento de la población tiene los ojos verdes. Los suyos son verde hierba, que contrasta perfectamente con los tonos más claros de rubio oscuro que realzan su pelo rojizo.
Es increíblemente guapo con su camisa de botones, sus vaqueros desteñidos y sus botas vaqueras.
Incluso tiene un poco de barba, como si no hubiera tenido tiempo de afeitarse: el vaquero que Heather me dijo que tenía que encontrar.
No puedo evitar echar un vistazo a su mano izquierda, segura de que tendrá un anillo rodeando el tercer dedo.
Pero no hay ninguno.
—¿Abigail Brooks? —Entorna los ojos hacia mí.
Probablemente, porque después de decir que era la señora Brooks, no he pronunciado ni una sola palabra.
Soy como la heroína de un romance adolescente de los años 80, incapaz de hablar cuando conozco al mariscal de campo del instituto.
Ahora lo único que necesito es una horrible permanente y unas gafas para que mis mejores amigas me hagan un cambio de imagen.
—Abigail Brooks es mi madre —dice Ethan—. Ella es mi tía Mandy.
El veterinario empieza a charlar con Ethan, probablemente habiendo decidido que soy lenta.
—Tengo la chequera, cuando lo necesites.
Ambos hombres dejan de hablar y se vuelven hacia mí. —¿La chequera? —pregunta Ethan.
—¿Para qué iba a necesitar tu chequera? —pregunta el veterinario superguapo.
—Eh, Abby me dijo que, como ella tenía que trabajar, yo debía pagarte cuando acabaras.
—Bien —dice—. Soy Eddy Dutton. Encantado de conocerte —Sube dos escalones y tiende la mano.
Debería decir cualquier cosa estúpida y educada que dice la gente. Como mi nombre completo. No vaya a ser que el veterinario me llame tía Mandy. Pero parece que no puedo pensar con claridad cuando le miro a la cara.
—Sus hijas se estaban peleando y eso claramente la ha distraído: se suponía que iban a volver a casa en unos días, pero han decidido quedarse un mes entero.
Bendito sea Ethan. Siempre ha sido mi favorito .
—Esa soy yo —digo—. Amanda Brooks.
—Encantado de conocerte, Amanda. Vendré a avisarte cuando hayamos terminado. Se vuelve hacia Jeff y Kevin, dando claramente por terminada nuestra breve conversación. —¿Dónde están los terneros?
—En el prado que está más lejos —Jeff hace una mueca—. Lo siento.
—No pasa nada —dice Eddy—. Estoy acostumbrado. ¿Los otros prados ya están preparados para el heno?
—Terminé de limpiar el último ayer: Ethan es un gran trabajador —dice Jeff—. Tenerlo cerca fue útil.
—Me alegra escuchar eso —dice Eddy—. ¿Estáis preparados?
—En realidad, yo también voy —digo.
Los cuatro tipos se vuelven hacia mí lentamente, como en una escena de una película.
—¿En serio? —Ethan hace una pausa, con una expresión completamente confusa—. ¿Por qué?
—No tengo nada más que hacer —Me encojo de hombros—. ¿Os parece bien?