El Legado (El Rancho de Birch Creek 1) 7. Abigail #3
24%

7. Abigail #3

Se encoge de hombros. —Suelen aprender una forma un poco más limpia de esa manera. Dudo que les perjudique. En general, a los caballos hay que pedirles educadamente que hagan su trabajo y luego dejarles que lo hagan.

—¿Tendrías tiempo para ayudarnos?

—Supongo que prefieres aprender con tus propios caballos, ¿no?

¿Tengo caballos? Debe de referirse a los caballos del tío Jed. —En teoría serían los caballos que montaremos dentro de dos semanas, así que probablemente sea lo mejor.

—Creo que Jed tiene diez o doce caballos que aún se pueden montar —Se da un golpecito en los labios y me doy cuenta de lo gruesos que son.

Es algo que no debería notar, sobre todo después de haberlo mirado antes.

Y ahora me lo imagino sin camisa. Otra vez—.

Kevin y Jeff usan algunos con regularidad, pero imagino que otros han estado un poco descuidados.

—¿Eso es malo?

—Puede que necesiten un recordatorio de su trabajo, eso es todo. ¿Cuándo puedes empezar? ¿Esta tarde?

—Claro —En realidad no quiero preguntarle si está lo bastante sobrio como para dar clases, pero me preocupa que no lo esté—. ¿Te va bien? ¿No estás demasiado… cansado?

—Señora Brooks, siempre estoy cansado.

Seguro que sí. —De acuerdo, bueno, si te parece bien…

—Me puedo pasar en unas dos horas. Asegúrate de que quien necesite clases esté preparado.

Esperemos que se le pase la borrachera en ese tiempo. —Lo haré.

—¿Señora Brooks?

—¿Sí?

—Siento mucho tu pérdida. Nate y yo no siempre estábamos de acuerdo, pero era un buen hombre. Me habría comportado mejor si hubiera estado completamente despierto cuando nos conocimos.

Asiento con la cabeza y me doy la vuelta para irme. Estoy a una docena de pasos cuando me acuerdo de internet. Steve ya ha cogido algo, ¿quizá una brida? Está tirando de algo. —Una cosa más.

Cuando levanta la vista y nuestros ojos se encuentran, me doy cuenta de algo en lo que no había reparado antes, probablemente por la imagen de él sin camiseta. Tiene unos ojos azules brillantes y profundos como el océano. Si no lo supiera, diría que también son inteligentes. —¿Sí?

—Voy a estar aquí este verano por mis hijos. Necesitan este tiempo, pero me estoy esforzando mucho para mantener mi empleo mientras trabajo a distancia desde aquí. Cuando llegué, descubrí que el tío Jed no tiene internet en su casa.

Steve se ríe, y su rostro entero se ilumina. Se pasa la mano por su barba de un día y los vellos crujen ruidosamente. —¿Qué esperas que haga al respecto?

—Sé que es una verdadera intromisión, pero ¿hay alguna posibilidad de que tengas banda ancha?

Si pudiera tomar prestada tu conexión de wifi durante un rato, podría revisar los archivos que son urgentes.

Si no encuentro internet en algún sitio, me veré obligada a usar la señal de mi móvil.

Kevin y Jeff me han informado de que el único lugar fiable para eso cerca del rancho Birch Creek está en lo alto de la colina que da a la pradera este.

—Jed era un tipo raro —Señala la casa blanca—. Eres bienvenida…

—No hace falta que entre —digo—. Si puedes decirme la información del wifi.

—La red es la única que aparece —dice—. Y la contraseña es losplátanossonunasco , todo junto, en minúsculas.

—¿Los plátanos? —pregunto—. En verdad, no importa —No es que vayamos a ser amigos—. Gracias. Muchas gracias.

Gruñe a modo de respuesta, cosa que me parece suficiente.

Por suerte, tiene un banco balancín en el porche.

Dejo la mochila en el suelo y saco el portátil.

Es un poco embarazoso, pero tener internet rápido es como salir a tomar aire después de un largo nado.

Contesto a una docena de correos electrónicos y luego me sumerjo en la pila de documentos que me han llegado desde ayer.

Los lunes siempre son terribles, pero cuando el abogado de la parte contraria se deshace de montones de papeleo innecesario para enterrar lo que importa… Eso siempre me cabrea.

Casi he terminado, pero también ha pasado una hora y media. Hago una pausa para llamar a Izzy. No contesta, pero por suerte, Ethan sí.

—¿Mamá?

—Estoy en casa del Doctor de los Caballos y, por suerte, me ha dejado usar su internet.

He enviado un correo electrónico a Union Wireless ofreciéndome como gestante voluntaria de su hijo diabólico, con tal de que vengan a ponernos la conexión a internet la semana que viene. Esperemos que necesiten algo así.

—Eres muy rara, mamá.

—Me lo tomaré como un cumplido.

—Me estás dando la razón.

—¿Quieres aprender a montar a caballo?

—Claro.

—Espera, ¿de verdad?

—Si voy a vivir en un rancho, debería aprender.

—Dentro de media hora vendrá el señor Archer para darnos la primera clase.

—Estupendo.

—Asegúrate de que a Jeff y Kevin les parece bien y pídeles a Whitney y a Izzy que se preparen.

—¿Puede enseñarnos a los cuatro a la vez?

No había pensado en eso. Supongo que pronto lo averiguaremos. —Supongamos que sí —Un pitido me indica que tengo una llamada en espera. Lo compruebo: es del trabajo—. Cariño, tengo que coger otra llamada. ¿Puedes hacer que todos se preparen?

—Claro, nos vemos.

Tomo la otra llamada. —¿Diga?

—Estás viva —dice Robert—. Menos mal .

Emito un gemido. —Me alegro de oír tu voz. Ojalá pudiera atravesar el teléfono y volver a la realidad.

—¿Tan malo es? Pensé que sería bueno no tener internet.

—¿Qué clase de lugar no tiene wifi? —pregunto—. Es una locura. Y por lo visto sólo vienen dos veces al año a instalarlo. Dos veces al año , Robert.

—Desde luego es un poco diferente a lo que estás acostumbrada.

—¿Un poco? —Empiezo a recoger mis archivos—. Es como si estuviera en un episodio de Supervivientes .

Robert se ríe entre dientes. —Definitivamente, haz lo que sea necesario. ¿Has conocido a alguien interesante?

—Por suerte, tenemos dos peones en el rancho que nos pueden ayudar. Hablando de eso, tengo que irme. Hay un vaquero borracho que va a enseñarnos a todos unas lecciones básicas de equitación para que no nos caigamos cuando ayudemos a arrear el ganado al bosque dentro de dos semanas.

—Te lo estás inventando —dice Robert.

Me río. —Ojalá fuera así.

—¿De verdad es un borracho?

Bajo la voz. —Estaba dormido sobre una pila de heno cuando llegué, y el granero estaba lleno de botellas de cerveza vacías. Casi no podía dar un paso sin tropezarme con ellas.

—Vuelve a casa, Abby.

—No puedo. Ethan está muy ilusionado. No le había visto así… bueno, no desde que murió su padre.

—Te echo de menos, y sólo has estado fuera un día.

—¿Voy a perder mi trabajo? —Cierro los ojos—. Si no puedo tener internet durante un mes y eso hace que me retrase en las cosas… Estoy muy preocupada.

—Haré tu trabajo yo mismo si tengo que hacerlo; no perderás tu trabajo sólo por ser una madre fenomenal.

—Gracias, Robert. Lo digo en serio. Te debo una.

—No me debes nada.

—Será mejor que me vaya.

—Llama cuando puedas.

—Lo haré —Cuelgo y me pongo de pie. Steve Archer me mira fijamente. Doy un respingo—. No me había dado cuenta de que estabas ahí —escuchando cada palabra que dije. Me pregunto cuánto tiempo lleva.

—Lo siento —dice.

No es que pueda enfadarme, no tengo ninguna expectativa de intimidad en su casa. —Es el primer lugar en el que he tenido cobertura móvil decente en días y mi jefe tenía muchas preguntas que hacerme.

—¿Estabas hablando con tu jefe? —Levanta una ceja.

Me sube el calor a la cara. —Sí. ¿Por qué?

Se encoge de hombros. —No me pareció la forma en que hablaría con mi jefe.

—¿Tu jefe no es un caballo?

Se ríe. —Probablemente el dueño del caballo, que es quien suele pagarme.

Me devano los sesos intentando recordar lo que he dicho.

Me quedo pensando en cómo me había reído de Steve, llamándole borracho.

El hombre que me dejó pasar la última hora y cuarenta y cinco minutos en su porche.

El mismo hombre que nos va a dar clases de equitación de emergencia en el último minuto.

—¿Estás listo para irnos? —No me atrevo a mirarle a los ojos.

—Sí. ¿Tú?

—No te importará que acampe aquí, en tu porche, durante el próximo mes, ¿verdad?

Sus labios se entreabren y sus cejas se fruncen.

—Estoy bromeando —Más o menos.

—Oh —incluso su risa forzada resulta un tanto encantadora.

¿Qué me pasa? —Estoy un poco preocupada por conseguir cumplir con mi trabajo, eso es todo.

—Al menos no parece que tu jefe vaya a despedirte.

Ojalá supiera lo que ha oído. —Al menos, todavía no —Durante todo el trayecto de vuelta al rancho del tío Jed, sigo viendo la cara de Steve cuando sonrió.

Su cara cuando pensaba que realmente quería vivir en su porche.

Sus profundos ojos azules. Su pelo oscuro, un pelín demasiado largo, su cara bien afeitada.

¿Afeitada? ¿Cuándo se afeitó? Sé que no entró en su casa. Estaba acampando delante de ella.

A menos que tenga una puerta trasera, obviamente. Mi cerebro no funciona bien hoy.

Las chicas están vestidas con vaqueros y botas cuando llegamos, de pie delante del granero y saludando como locas.

Al menos, están emocionadas. Lo hago por ellas, recuerdo.

Un cambio de rutina. Un verano en un lugar al que solía venir su padre.

Una oportunidad para que Ethan piense que los cambios de planes pueden ser frescos y divertidos.

Sólo espero que se dé cuenta de que no siempre es bueno hacer algo diferente.

—¿Esos son tus hijos? —pregunta Steve.

Señalo qué niño va con qué nombre y le cuento su experiencia de montar a caballo.

—¿Tú también vienes? —Esta vez, cuando Steve me mira de arriba abajo, no está analizando. Está mirando . Se da cuenta de que me he dado cuenta, y se encoge de hombros y sonríe, como diciendo «soy un hombre».

Mi mirada se dirige a su mano izquierda, limpia de anillos, y me invade una oleada de culpa. Algo en él me ha hecho perder la cabeza. Estoy actuando como una loca. —Será mejor que vaya a cambiarme de ropa.

—Es un traje muy bonito para usar con los caballos —asiente—. Por cierto, ¿ese monovolumen azul marino es tuyo? —Su expresión es una mezcla de curiosidad y… travesura.