El Legado (El Rancho de Birch Creek 1) 7. Abigail #2
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7. Abigail #2

—Suele ir a caballo, además, la recepción no es muy buena.

Como si no lo supiera. —¿Qué sugieres que haga si no contesta?

—Simplemente iría a buscarlo. Está muy cerca.

—Estupendo. Hablando de la vida en un pueblo pequeño, por casualidad no conoces a nadie que trabaje en la empresa de internet, ¿verdad?

Se ríe entre dientes. —Lo siento, eso es en Green River.

Maldición. —¿Conoces a alguien de por aquí que sea amable y esté dispuesto a dejarme trabajar en su oficina o en su casa hasta que consigamos tener nuestra conexión?

—Mmm… —Al inspirar el aire pasa por entre sus dientes, mientras piensa—. Bueno, la única persona que conozco que seguro lo consiguió la última vez fue Steve.

—¿El Doctor de los Caballos? ¿Ese Steve Archer?

—Sí. Imagino que el veterinario tiene internet, y quizá los Ellingson. Siempre tienen cosas ultramodernas.

Por lo visto, internet es algo «ultramoderno». Nunca se me hubiera ocurrido.

—Genial, bueno, empezaré con Steve. —Así mato dos pájaros de un tiro—¿Para dónde voy?

—Sal del camino y sigue recto. Es la granja blanca que hay a unos kilómetros, con los grandes graneros detrás.

—¿A la izquierda?

—No, gira a la derecha, hacia el pueblo. La casa de arriba es la de Amanda Saddler, y más allá está el rancho Wilde.

Lo cual no me ayuda en absoluto .

—Steve está probablemente a seis kilómetros de aquí, hacia el pueblo —Señala como si yo no supiera en qué dirección está el pueblo.

—Te lo agradezco.

—Jeff y yo vamos a llevar a tu hijo para que nos ayude a trabajar con el tractor. Nos quedan unos cuantos prados para limpiar de ramas y arar. Sospecho que eso es algo que él puede hacer.

—De acuerdo —digo—. Excelente idea.

Cuando se vuelve para trabajar en lo que creo que es un agujero en el fondo de la cubeta metálica, intento llamar a Steve. Como él predijo, me salta el buzón de voz. Dos veces. A la tercera, mi teléfono ni siquiera marca. No digo palabrotas en voz baja, estoy orgullosa de ello.

Cinco minutos después, he dejado a Izzy al mando, he avisado a Amanda que me dirijo a casa de un vecino, llevando mi portátil y la bolsa con los archivos del caso.

Sólo espero que el tal «Doctor de los Caballos» esté en casa y sea amable.

Por favor, que sea como Kevin, pero que tenga internet para prestarme.

Las indicaciones dieron en el clavo: como dijo Kevin, hay una pequeña granja blanca con un enorme granero rojo detrás.

El granero es precioso, como si costara el triple que la casa.

Incluso tiene molduras blancas, con unas grandes X blancas sobre las puertas.

Es igual que los graneros de los libros de animales de mis hijos.

Al lado hay un pequeño granero verde destartalado, pero por lo que parece está lleno de heno y virutas.

Delante de la casa hay una rotonda, pero delante del granero hay una gran zona de grava que parece un aparcamiento.

Estaciono allí el monovolumen. Kevin insistió en que, si Steve estaba en casa, estaría en el granero.

Miro a mi alrededor y escucho con atención, pero no veo a nadie.

Me parece un poco grosero entrar sin más, pero no sé qué más hacer.

Cuando me acerco, aparecen tres cabezas de caballo, una de las cuales relincha ruidosamente.

—¿Hola? —Sigo sin obtener respuesta. Lo intento un poco más alto—. ¿Hola? ¿señor Archer?

Aún no recibo respuesta, a menos que cuente otro grito fuerte del mismo caballo que relinchó antes. Es un alazán grande, bien musculoso y brillante, con una raya blanca en medio de su gran cara y mejillas redondas.

—Eres el único aquí, ¿eh? ¿Dónde está tu entrenador, amigo?

¿Será macho? Me acerco al puesto para verlo más de cerca, pero la puntera de mi bota choca contra algo que tintinea.

Eso choca contra otra cosa y hace un terrible ruido de algo que se rompe.

El pulso me late con fuerza en los oídos.

He entrado en el establo de este hombre y he roto algo.

¿Qué es? Miro frenéticamente a mi alrededor, sorprendida al darme cuenta de que son más de media docena de botellas vacías de cerveza , y que he roto dos de ellas.

¿Quién diablos bebe en un granero? Es pleno día, por el amor de Dios.

Tardo casi cinco minutos en encontrar una escoba y no encuentro un recogedor.

Me veo obligada a utilizar una pala metálica de estiércol como recogedor improvisado, porque no puedo dejar cristales por todo el suelo.

El enorme cesto de basura negro está cerca de una gran pila de fardos de heno, lo golpeo demasiado fuerte y le quito la tapa por completo.

Hace un tremendo ruido cuando cae al suelo.

Toda mi intención de no hacer ruido se fue por la borda, así que tiro los cristales rotos, y también las otras botellas, dentro del cesto y levanto la tapa, volviéndola a cerrar de golpe.

—¿Eh? ¿Qué está pasando? —Una voz de hombre procedente de algún lugar detrás de mí me sobresalta .

Me giro justo en el momento en que él se está sentando, con heno asomando en ángulos extraños desde un pelo muy descuidado.

Claramente estaba durmiendo sobre un fardo.

Su pecho es ancho, muy ancho. Su camiseta se tensa cuando él se estira y yo me pregunto cuán alto es.

Algo que no debería hacer. ¿Qué clase de persona duerme en un granero, y encima sobre un fardo?

Pienso en la cerveza y me hago una idea un poco mejor de qué clase de persona puede estar durmiendo aquí en pleno día.

—El señor Archer, supongo.

El hombre parpadea y entrecierra los ojos, intentando hacer foco. Probablemente, es más difícil porque yo estoy a contraluz y él tiene resaca. Pero es entonces cuando me doy cuenta de que le he visto antes.

Estaba cortando el césped el domingo por la tarde.

Sin camiseta. Brillando.

Y ahora no puedo quitarme esa imagen de la cabeza. Se me seca la boca al instante. Me tiemblan las manos y me las meto en los bolsillos.

—¿Quién eres? —Suena tan soñoliento como se ve.

—Me llamo Abigail Brooks. Estoy viviendo al final de la carretera por este verano, en el rancho de Jedediah Brooks.

—Brooks. Brooks. Se está quedando en casa de Jed —Se da dos palmadas seguidas en la cara y se sienta más erguido, quitándose el heno de sus vaqueros viejos y andrajosos y parpadeando repetidamente—. ¿Eres la mujer de Nate?

Me estremezco, pero no creo que se haya dado cuenta.

—Sí, Nate era mi marido.

—¿Era?

—¿No te informó el señor Swift de los términos del testamento de Jedediah?

El señor Archer se apoya en los fardos de heno que tiene detrás, apilados casi hasta el techo. —Mencionó que era posible que algunos sobrinos nietos y nietas de Jed vinieran a trabajar al rancho y tuvieran que demostrar que lo habían hecho. ¿Sois vosotros? ¿Por qué no se lo dejó a Nate?

Suspiro. Aparte de ser un borracho, parece que el señor Archer también es un poco lerdo. —Nate murió, señor Archer. Hace más de un año.

Se le cae la mandíbula. —¿ Murió ?

—¿Supongo que no estaban muy unidos?

Resopla. —Últimamente, no —El señor Archer se levanta, es alto. Al menos veinte centímetros más alto que yo. Quizá más—. Steve Archer. Entrenador de caballos a tiempo parcial —extiende la mano.

La cojo de mala gana. Tiene un agarre más impresionante de lo que esperaba de semejante desastre: sus manos son grandes y fuertes. Supongo que es de esperar de alguien que trabaja con animales todo el día. Me gusta que admita que sólo trabaja a tiempo parcial.

—He oído que te llaman el Doctor de los Caballos.

Se mueve un poco y me sobresalto. Huele, pero no a olor corporal, alcohol o estiércol, como yo esperaba. Huele… bien. Realmente bien. ¿Qué clase de borracho lleva colonia en el granero? —Es una broma local.

—Bueno, creo que seguiré llamándote señor Archer.

—Por favor —dice—. Llámame Steve al menos. He metido la pata hasta el fondo y lo siento. Soy un poco lento en despertarme del todo cuando hay mucho ajetreo.

¿Mucho ajetreo? Soy la única persona aquí, aparte de unos cuantos caballos.

No me río, pero me cuesta. —Seguro que es difícil cuando…

—Me doy cuenta de que iba a regañarle por beber durante el día.

Desde luego, no lo conozco lo suficiente como para criticarlo por eso—.

Cuando tienes una cama tan cómoda —Echo un vistazo al fardo, que parece terriblemente incómodo.

Se ríe. —Bueno, he dormido en sitios menos cómodos.

Seguro que sí. Uno de los riesgos de ser un borracho, supongo.

—Iré al grano. No quisiera hacerte perder el tiempo.

Me dijeron que eres la persona indicada para enseñar los fundamentos de la equitación.

Tengo cuatro hijos, y al menos dos de ellos, así como yo misma, necesitamos aprender cuanto antes a montar a caballo para arrear ganado.

El testamento exige que participemos en el arreo de las vacas al bosque.

—¿En dos semanas? —Sus ojos se abren de par en par.

Asiento con la cabeza.

—¿Cuál es tu experiencia previa con caballos? —Me mira como yo a la hoja de un contrato, de una manera distante y clínica.

Mi apariencia física está bien, para alguien de treinta y tantos años, estoy razonablemente en forma.

Pero estoy segura de que no parezco alguien que sepa montar a caballo.

—Fui a clases de equitación en la universidad, dos semestres.

Aprendí algunas nociones básicas. He dado algunos paseos durante un crucero, en los que el caballo mete la nariz en el trasero del que tiene delante.

Y he tomado algunas clases durante un par de meses.

No me caigo a no ser que me corcoveen mucho, y no abuso de la boca de un caballo, pero no tengo tanta confianza como me gustaría.

—Me parece una valoración justa.

—No estoy segura de mi hijo, él es más de cuatro ruedas, pero tengo dos hijas, de doce y diez años, que llevan un tiempo recibiendo clases. Por desgracia, para esta situación, han estado montando caballo a la inglesa.