El Legado (El Rancho de Birch Creek 1) 7. Abigail
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7. Abigail

ABIGAIL

C uando estaba en primaria, aprendí que un ser humano puede vivir tres semanas sin comida, tres días sin agua y tres minutos sin aire. Desde entonces, he aprendido que eso no es exactamente cierto, pero tampoco se aleja tantísimo de la realidad.

El acceso a internet es oxígeno para mí, al menos en lo que respecta al trabajo a distancia.

Llevo dos días sin él.

Y no estoy bien.

Tardé cuatro intentos con el móvil en enviar un mensaje de texto a Robert. [No hay wifi en la tierra olvidada por el tiempo. Estoy jodida].

No tengo ni idea de cuánto tardó en contestarme, pero no recibo su respuesta hasta casi media hora después.

[Ya se te ocurrirá algo. Siempre lo logras. Intenta no estresarte. Esta semana no hay plazos estrictos].

Intenta calmarme, ¿qué otra cosa puede hacer?

Pero sé tan bien como él que la ronda final de declaraciones tendrá lugar en las próximas semanas.

Gracias a las repercusiones de la pandemia, nos permiten hacerlas a distancia en la mayoría de los casos, pero necesito tener los documentos revisados e indexados, y necesito las preguntas preparadas y listas.

Puede que la empresa de internet diga que no vendrán hasta julio o agosto, pero todas las empresas están formadas por personas, y las personas pueden hacer excepciones. Quizá pueda convencerles de que vengan antes. Pero hasta entonces, tengo que encontrar alguna solución.

Un golpecito en la puerta me distrae. Dejo caer el portátil sobre la colcha de lunares rosas y flores doradas que cubre la vieja y chirriante cama individual de mi dormitorio de verano.

Mis ojos no aprecian la decoración, y mi vieja espalda sigue quejándose de que renuncié a la cama de matrimonio que tenía un colchón fabricado en este siglo. —¿Sí?

La puerta se abre unos treinta centímetros.

—Hola, mamá —Ethan está de pie en la puerta, con una expresión insegura en el rostro que significa que necesita pedir ayuda.

—¿Pasa algo?

—No pasa nada. ¿Por qué siempre me preguntas eso?

Reprimo la risa. —¿Qué necesitas?

—Esperaba que pudiéramos repasar esta lista y trazar un plan —Inhala bruscamente—. Se te dan muy bien los planes.

Se me hincha el pecho. Al parecer, realmente necesitaba oír que le gustaba algo de mí, aunque ya no confíe en mis consejos sobre su educación ni en mi orientación para su futuro. —De acuerdo.

—Apuesto a que las chicas querrían participar, y quizá la tía Mandy…

De ninguna manera. Hago todo lo que puedo para mantener la cordialidad, pero si se quedan más de una semana, voy a perder la cabeza.

—No estará aquí mucho tiempo —Me levanto y cojo la lista.

Es una copia impresa de la lista de tareas, además de una lista más completa de tareas diarias que ha añadido, presumiblemente con la colaboración de Jeff y Kevin.

Me impresiona su iniciativa—. No deberíamos molestarla con estas cosas.

—Sé que el tío Paul murió unos años antes que papá, pero me parece que ella sigue muy triste —dice Ethan.

Oh, no, ahora estoy llorando. Soy tan mala persona, preocupándome sólo por mí misma y por hacer mi vida más fácil.

Al menos, mis hijos son decentes la mayor parte del tiempo, y perspicaces y amables.

Quizá me den puntos extra en el cielo por hacer un trabajo medianamente bueno haciendo que sean mejores que yo misma.

—Mamá —Los brazos de Ethan me rodean un poco rígidos, pero aprieto la cara contra su ancho pecho. A veces, incluso con su estatura, es fácil olvidar lo joven que es. Su complexión sigue siendo esbelta – no tiene la corpulencia de su padre – , pero también ha crecido mucho.

—Está bien estar triste —digo—. Y creo que tienes razón. Creo que la tía Mandy probablemente sigue muy triste. Quizá esta semana sea buena para ella.

—Pero mantén a Maren alejada de mí —dice Ethan—. Porque te juro que estoy a punto de darle un puñetazo a esa mocosa.

Le empujo hacia atrás, secándome los ojos. —Ethan Elijah Brooks.

Pone los ojos en blanco. —Por favor, mamá. No lo haría de verdad. —Murmura en voz baja—. Probablemente.

—Si alguna vez pegaras a una chica, tu padre…

—¿Estás segura de que es una chica? —Su sonrisa ladeada se ensancha—. Creo que podría ser un cíborg que mantiene una relación con su teléfono.

Le doy un golpe en el brazo. —Es una adolescente que va a un colegio privado de Nueva York.

Suspira. —Nunca tuvo una oportunidad, supongo.

Una oportunidad de ser una persona normal que puede relacionarse con el mundo real. —Quizá fuera menos arisca si intentaras ser su amigo. Podrías hablar con ella de algo que le importe.

—¿Cómo qué?

—No sé… ¿redes sociales? —Ninguno de mis hijos tiene cuentas, yo apenas me conecto, pero él podría preguntarle por la suya.

—Hablar con ella sobre… ¡Oh un momento, espera!

—Ethan gira la cabeza como si estuviera escuchando algo fuera, cuando sé muy bien que no hay nadie llamándolo.

—Uy, creo que es Kevin. Será mejor que vaya a ver qué necesita.

Probablemente haya un tractor que necesite arreglos —Sale por la puerta antes de que pueda reírme.

Puede que tenga buen corazón, pero no es el Dr. Phil.

Por lo visto, escapar a mis intentos de forzar el vínculo con las primas era más importante que trazar un plan.

Saco el testamento de mi maletín y cojo un bloc de notas.

Hay un calendario de los principales acontecimientos y fases de la vida en el rancho, pero me centro en las cosas enumeradas para junio y julio.

Las tareas principales, en la lista del testamento y según la información añadida por Ethan, son llevar las vacas al área forestal durante el verano, preparar los prados para el heno, regar cada uno de los prados de heno y cosecharlos en julio y septiembre para la alfalfa, y a partir de agosto para la hierba.

Al parecer, esa tarea se prolonga hasta septiembre, justo antes de que vuelvan las vacas.

La tarea más angustiosa que debemos certificar haber realizado es arrear todo el ganado a las tierras del Servicio Forestal.

El señor Swift mencionó algo sobre la coordinación con el guarda forestal Dutton.

Escribo un rápido correo electrónico al señor Swift desde mi teléfono pidiéndole detalles sobre cómo ponerme en contacto con él, pero el mensaje no se envía hasta que encuentro un lugar con mejor recepción.

La batería de mi teléfono ya está a la mitad: buscar constantemente cobertura no ayuda .

¿Cómo se las arreglaba aquí el tío Jed sin internet?

¿Por qué Jeff y Kevin no insistieron en que instalara banda ancha?

Estaba bromeando sobre lo de que esta es la tierra olvidada por el tiempo, pero mi chiste podría haber sido tristemente cierto.

Mi plan actual consiste en acorralar a Jeff y Kevin para averiguar exactamente qué tenemos que hacer para preparar el traslado del ganado al área forestal, y qué tenemos que hacer para preparar el heno y regar.

Pero lo primero de la lista es encontrar un lugar con internet que pueda robar hasta que podamos instalarlo nosotros mismos.

Cuando por fin salgo de mi habitación, Maren está jugando con su teléfono, que está conectado a un cargador.

No hay otros niños cerca, pero sé que Ethan ha salido. Cuando salgo, veo a Emery, Whitney e Izzy, con Gabe corriendo detrás, camino al establo. —Tened cuidado con los caballos —digo.

—Mamá, lo sabemos —dice Izzy.

Lleva dos años recibiendo clases de caballo a la inglesa una vez a la semana, y cree que va a ser la próxima reina del rodeo.

—¿Le gustan los caballos?

Me sobresalto al oír la voz, pero cuando busco al interlocutor, no veo a nadie cerca.

Kevin se levanta y me doy cuenta de que estaba detrás de un abrevadero metálico que está del revés. —Todos parecen muy entusiasmados con los animales, y nuestros caballos son bastante buenos, pero siguen siendo animales de mil doscientos kilos.

—Va a clases desde hace unos años.

—¿Quién?

—La rubia de pelo corto —digo—. Whitney, la de pelo más largo y oscuro, ha recibido clases durante un año más o menos.

Conoce los cuidados básicos del caballo, pero no tiene tanta confianza en la silla.

Gabe viene con nosotros a las clases, así que conoce las normas, como no caminar detrás de ellos ni hacer ruidos fuertes que puedan asustarlos.

—¿Y la otra niña?

—No tengo ni idea. Emery es mi sobrina, pero no nos vemos mucho.

—Alguien debería asegurarse de que conoce las normas de seguridad, al menos —Resopla—. No importa. Parece que Jeff está en ello.

Pues claro que sí. Los niños están delante de él formando un semicírculo, como si estuvieran en el colegio, moviendo la cabeza mientras habla.

—Es un alivio. Pero hablando de caballos y demás, ¿en qué consistiría arrear el ganado hasta el bosque? Por lo visto, tenemos que participar.

—No puedo imaginar que alguien espere que vengan todos —Mueve la cabeza hacia Whitney y los otros niños.

—Me alegro, pero imagino que Ethan insistirá, e Izzy y yo, tal vez, seamos capaces. ¿En qué consiste exactamente?

—Subimos todos a los caballos y los utilizamos para empujar a las vacas hacia las montañas —Se encoge de hombros—. La mayoría ya han estado antes y saben qué hacer. Están ansiosas por subir, incluso ahora están poniendo a prueba las vallas.

—¿Por qué no llevarlas ahora?

—Normas del Servicio Forestal —dice—. Hay que esperar a que den el visto bueno.

—Imagino que Whitney insistirá en ir si lo hace Izzy. Las dos están muy ilusionadas con su aventura en el rancho ganadero.

Su sonrisa es amable. —La persona más indicada para decidir si están listas es Steve Archer.

—¿El domador de caballos?

Kevin arruga la nariz. —Todo el mundo le llama «Doctor de los Caballos» .

—Qué gracioso —le digo.

—Te daré su número. Aunque tendríamos que arrear las vacas en poco más de dos semanas. Así que yo le llamaría cuanto antes. Si necesitáis ayuda, habrá tiempo suficiente.

—Gracias. —Tecleo los números que me dice.

—Pero Steve no suele contestar al teléfono —dice Kevin.

—¿Qué?