El Legado (El Rancho de Birch Creek 1) 6. Amanda #3
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6. Amanda #3

—Yo los conozco a todos —dice Kevin—. Esta es una zona bastante pequeña, así que casi todo el mundo se conoce.

—¿Son simpáticos? ¿Son buenas personas? —No sé por qué lo pregunto. No hay ninguna posibilidad de que nos quedemos a cumplir ninguna de las tareas que nos ha encomendado ese viejo loco.

—El primero se llama Steve Archer. Es el entrenador de caballos que domó a la mayoría de los caballos del establo —Kevin sacude la cabeza, haciendo ondear su melena desgreñada .

—¿Quién es el segundo? —Maren está prestando demasiada atención.

Posiblemente porque, aunque debe de tener veintipocos años, Kevin es relativamente guapo en ese estilo de campo. —Eddy Dutton, el veterinario local. Todo el mundo adora a Eddy. Y el último es el mejor amigo de Jed, Vernon Ellingson.

—¿Quién era ese? —pregunta Abby—. A él no lo recuerdo.

—No te acuerdas de él porque tuvo un derrame cerebral —dice desde lejos un hombre que supongo que es Jeff. Su voz es más áspera que la de Kevin, y no es ni de lejos tan guapo. Me gusta mucho más.

—Espera, si tuvo una apoplejía, entonces…

Jeff escupe. —El señor Swift me dijo que su hijo Patrick le sustituiría —No parece muy impresionado, o quizá lo estoy interpretando mal. Es difícil saber lo que piensa alguien cuando está ocupado limpiándose la boca con la manga de la camisa.

—¿Y Patrick? —pregunta Ethan—. Has dicho algo de todos. ¿Es buena onda?

Jeff se ríe.

Kevin sonríe satisfecho. —Dudo que a Patrick puedas llamarle buena onda, no. Además, he oído que quiere comprar Birch Creek.

Guau. Menudo giro de los acontecimientos.

—No parece justo que una de las personas que decide si hemos cumplido las condiciones tenga sus propios intereses —dice Abby.

—Qué bien, mamá —Ethan sonríe—. Ponte en modo abogada y haz que echen a ese tipo.

Ella pone los ojos en blanco. —Buen intento, pero ya sabes que eso no va a importar.

Ethan frunce el ceño. —¡Oh, vamos! Juraste que al menos lo considerarías, que intentarías asegurarte de que cumplíamos todos los requisitos para el verano. Ese era el trato .

—Acepté venir —dice Abby—, pero no acepté pasar ni un solo segundo impugnando los términos del testamento o discutiendo con las personas designadas para gestionar las cosas.

Ethan sube corriendo los escalones y mete la llave en la cerradura. —Si este tipo acaba siendo un verdadero incordio, y tú no…

Maren pasa corriendo junto a él y atraviesa la puerta, pero luego grita.

—¿Qué ocurre? —Dejo caer mi equipaje y me precipito hacia la puerta.

—Es sólo Roscoe —dice Ethan—. Aún no conoce a Maren y no le gustó que entrara así de rápido.

Abby pasa junto a mí, claramente despreocupada por el perro.

—Pasa, Amanda. Nos reacomodaremos y os encontraremos a ti y a tus chicas un lugar donde alojaros esta semana.

¿Reacomodar? —Espera, ¿os alojáis aquí, en la misma casa que nosotras?

Se detiene en la puerta. —Claro que sí; no hay ningún otro sitio. La casa de invitados está ocupada —Mueve la cabeza hacia los dos tipos que siguen en el porche—. Acabo de ir a la ferretería local y he mandado hacer unas llaves de repuesto, por eso Ethan tiene una.

—Y tenemos mucha más comida —La sonrisa de Whitney es enorme mientras lleva las bolsas de la compra a la cocina y las pone sobre la mesa. En cuanto se acerca, Roscoe se tranquiliza—. Ahora que sabemos que la nevera funciona, es seguro abastecerse.

Dejo mis maletas y sigo a Whitney al interior.

—¿Cómo de grande es este sitio, exactamente? —Maren sigue de pie a unos metros de la puerta, con los ojos fijos en el perro blanco y negro que yace bajo la mesa de la cocina.

—No te preocupes por él, de verdad —dice Ethan—. Ha pasado una mala racha, con la muerte de su dueño, pero es todo gruñido, no muerde.

—Me preocupa menos que no tengamos espacio suficiente y más la falta de wifi —dice Abby—. Pero no te preocupes. Ya he hecho una llamada.

—O tres —Ethan tose.

—O tres —coincide Abby—, al único proveedor local: Union Wireless.

—Muy inteligente —dice Jeff desde el porche—. Ahora serás la primera de su lista cuando vengan a Manila.

—Espera. —Abby gira y vuelve al porche—. ¿Cuando vengan a Manila?

Jeff frunce el ceño. —Exacto.

—¿Qué significa eso?

Es como ver un choque de trenes.

Kevin se rasca la cabeza. —Creo que llegarán en julio. ¿O quizá en agosto? Y cuando vengan, probablemente te lo harán la primera o la segunda, ya que les estás llamando ahora.

—¿Que me lo harán? —El tono de Abby es el equivalente auditivo de alguien que aleja una bolsa de basura de su cuerpo con dos dedos—. Harán… ¿qué cosa? Instalar la banda ancha que anuncian… ¿en julio o agosto ? —Le tiembla un poco la mano, y su cara parece enrojecida.

—Suelen venir dos veces al año —dice Kevin por detrás de Jeff. —Así que tienes suerte de que sea pronto —De hecho parece que estuviera contento.

Mientras tanto, Abby está teniendo una crisis nerviosa. La cara se le ensombrece. Sus labios se mueven sin que se produzca ningún sonido.

—Es mucho tiempo para estar sin internet —digo—. ¿Seguro que te quedarás aquí todo el verano?

—Yo… —Abby cierra los ojos y se pasa la mano por la cara—. Necesito internet todos los días. Es la única forma que tengo de trabajar a distancia .

—Mamá, ya se nos ocurrirá algo, te lo prometo. No te asustes. —Ethan se ha ido corriendo y ha vuelto, con los brazos llenos de comida y con una mirada genuina de preocupación. Quizá no sea tan egoísta como recordaba.

—Esto es culpa tuya —Suelta Abby, antes de darse la vuelta e irse.

Sus otros tres hijos, incluido el pequeño Gabe, caminan a trompicones desde el maletero de su monovolumen, donde están cargando bolsas de cosas, hasta la cocina.

Suelo pedir que nos traigan casi todo a nuestra casa, en el East Side, pero si tuviera que cargar con la compra, me pregunto si alguna de mis hijas movería un dedo sin que les gritara primero.

—¿Puedo ayudarte con las maletas? —pregunta Ethan al volver a salir—. ¿Tía Amanda?

—Cierto —digo—. Claro.

Carga las dos, con los músculos tensos, pero no se queja.

Algo en ese pequeño gesto hace que se me empañen los ojos.

Puede que Paul fuera un imbécil egocéntrico, pero echo de menos tener a alguien que me ayude con las cosas difíciles de manejar.

Es patético que me emocione tanto por algo tan estúpido. Me limpio los ojos cuando nadie me ve.

—Hay seis dormitorios —dice Gabe—. A mí me tocó el mejor, porque hay un pequeño pasadizo que conecta mi armario con el de Ethan.

Parece que lo dice en serio.—Oh, bueno, eso suena bien.

—¿Pueden tus hijas compartir habitación? —pregunta Abby—. Si es así, puedo juntar a Whitney e Izzy. Puedes quedarte con la principal y yo me quedaré con la habitación que no quieran tus hijas.

—Definitivamente no voy a compartirla con Emery —dice Maren—. Habla dormida.

Abby me mira como si tuviera que hacer o decir algo.

—Sí —dice Emery—. Lo siento.

—Oh —la boca de Abby se abre estúpidamente .

—Creo que, si hay seis habitaciones, tres y tres es un reparto equitativo.

—Hay dos cuartos de baño —dice Gabe—. Y una cocina, y un salón, y otra habitación familiar que está llena de libros. Pero no hay una despensa muy grande.

—¿Dos baños? —Exhalo lentamente.

—Son grandes —dice Ethan.

—Supongo que cada parte usará un baño. —No puedo evitar que en mi voz haya un tono de dolor.

—Si eso es lo que quieres —dice Abby.

—Es lo justo —le digo. No es culpa mía que ella decidiera tener cuatro hijos. No deberíamos sufrir molestias por sus decisiones.

—¡Oh, no! ¿Tengo que compartir con Ethan? —Se queja Gabe—. Pero si sólo hay una cama.

—A mí tampoco me hace mucha ilusión, pequeñín, pero a lo mejor las chicas se quedan con esa habitación.

—La mía tiene literas —dice Gabe.

—Y una vista espantosa —dice Ethan—. ¿Hay alguna posibilidad de que queráis la cama grande y bonita de mi habitación? —Junta las manos delante de él como si estuviera rezando.

—Whitney da patadas —dice Izzy.

—Niños —dice Abby.

—Bueno —dice Izzy—. Pero quiero una almohada extra como amortiguador.

Refunfuñan un poco mientras guardan la compra, pero, así y todo, todos están de acuerdo con el asunto. Porque Abby dijo «niños» en tono de reproche. Necesito un poco de su poción superespecial de madre o lo que sea que hace que sus hijos sean tan amables entre sí y tan obedientes con ella.

Abby y sus hijos se van más rápido de lo que creía posible, y mientras estoy guardando la ropa me doy cuenta de su astuta jugada.

Como me he quedado con el dormitorio principal, cada vez que mis hijas necesiten ir al baño tendrán que pasar por mi habitación.

Esta es exactamente la razón por la que siempre me ha costado tratar con ella.

Se comporta de forma amistosa y amable en tu cara, pero, de alguna manera, parece que ella siempre se lleva la mejor parte, y yo siempre salgo perdiendo.