El Legado (El Rancho de Birch Creek 1) 5. Abigail
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5. Abigail

ABIGAIL

—¡ N o hace calor! —Gabe gira sobre sí mismo, con los brazos extendidos, la cara hacia arriba y la mochila balanceándose detrás de él.

—¿Por qué no hace calor? —pregunta Whitney—. ¿Aquí no es verano?

Me río entre dientes.

—El verano no es igual en el norte del país —En Texas ha hecho calor desde finales de marzo—. Mañana empieza junio, y creo que por aquí eso es el comienzo del verano, pero probablemente esto ya les parezca buen tiempo.

—Están malacostumbrados —dice Izzy—. Estoy muy emocionada por este verano, pero ¿crees que Cody se acordará de mí cuando vuelva a casa?

Su caballo de equitación, Cody, «recuerda» a cualquiera que tenga una golosina en la mano. —Seguro te recibirá con la boca abierta —le digo.

Izzy frunce el ceño. —¿Y si me olvido de todo?

—Seguro que mejorarás mucho, con todo lo que montaremos en el rancho —le digo—.

No te preocupes —Pulso el botón del llavero que me ha dado la empresa de alquiler de coches.

Por lo que estoy pagando por alquilarlo para todo el verano, más vale que este coche nos haga la cena y también lave los platos.

El Toyota Sienna azul marino suena y los faros parpadean.

—¿Un monovolumen? —Ethan se queja como si le hubiera pedido que me comprara tampones en la tienda—. ¿Para todo el verano?

No puedo evitar sonreír. —Era la opción más barata.

—Mentirosa. Lo hiciste para torturarme.

—Gabe necesita un reproductor de DVD —Razono—. Tiene sentido.

—Bueno, eso no cambiará nada. Me seguirá encantando todo lo que pase en los próximos tres meses. Ya vas a ver.

Espero que sí, siempre y cuando también recapacite sobre lo de la universidad. Mis hijos no se han divertido mucho en el último año, y parece que necesitan desesperadamente este cambio de ritmo. Miro el reloj. —Si salimos ahora mismo, llegaremos justo a tiempo para la cena.

—Guau —dice Ethan—. ¿Tanto se tarda en llegar desde aquí?

—El mapa de mi móvil dice que está a unas tres horas —digo—. Atravesaremos Wyoming durante gran parte del camino.

—Al menos será un viaje precioso —dice Izzy—. ¿Sabías que Flaming Gorge está justo al lado del rancho? La gente viaja desde todas partes para verlo.

—Estoy deseando conducir un cuatriciclo por ahí —dice Ethan.

—Ni siquiera tenemos uno, y no vamos a eso —¿Cree que llevar un rancho le dejará mucho tiempo para andar por ahí jugando con un cuatriciclo?— No digas tonterías.

—Puede que el tío Jed tuviera uno —dice Ethan—. Y si es así, ¡ahora nosotros también tendríamos uno!

Está demasiado entusiasmado. —Muy bien, todos al coche —Se supone que vamos a quedarnos tres meses, pero por la forma en que todo el mundo ha hecho las maletas, cualquiera diría que nos vamos a quedar años.

Menos mal que es verano, o necesitaríamos un camión sólo para la ropa de invierno que necesitarían mis dulces niños tejanos.

Incluso yo tengo que admitir que el viaje en coche es pintoresco. No es que nunca haya viajado por Estados Unidos, pero es la primera vez que vengo a Utah, y ahora que estoy aquí, rodeada de montañas y aire limpio y fresco, siento que podría haber sido un error.

—¿Qué es un «escón»? —pregunta Whitney—, mirando fijamente el cartel de un restaurante.

Ni idea. —¿Queréis averiguarlo?

Tras un coro de síes, me meto en la cola del autoservicio. Resulta que es básicamente un panecillo rectangular largo que cortan en rodajas y rellenan con mantequilla de miel o canela o una docena de otras opciones. La diferencia es que creo que el panecillo puede estar frito.

—Me encantan —dice Ethan.

Sé que a mi niño, a quien normalmente le gusta llevar la contraria, no le encanta todo intencionadamente sólo para fastidiarme, así que me aguanto e intento disfrutar de su felicidad. Aun así, no puedo evitar señalar lo obvio. —Hasta mi zapatilla vieja sabría bien si le pusiera tanta mantequilla.

Ethan se encoge de hombros. —Será mejor que no las dejes por ahí —Guiña un ojo—. Puede que tengas que conseguirte zapatos nuevos.

Los otros niños están igual de emocionados.

Ojalá en mi trabajo estuvieran al menos la mitad de entusiasmados que los niños con este plan.

Robert se sorprendió, pero comprendió mis razones y me apoyó de inmediato.

Por desgracia, Lance buscaba una excusa para demostrar a todo el mundo que no estoy comprometida, y no tuvo que esmerarse mucho al tomar yo la decisión de irme durante el verano .

—No puede cancelar la votación —dijo Robert—, pero me gustaría que pudiéramos retrasarla. Ya se está quejando.

—Haré todo lo que habría hecho si hubiera estado en la oficina —Prometí.

—Sé que lo harás —dijo Robert.

Pero ambos sabemos que trabajar a distancia no será lo mismo, y seguro que habrá problemas de comunicación y de cambio de hora y un montón de problemas más. Por no hablar de que apenas puedo convencer a los socios que están indecisos sobre si volver a traerme… de Utah.

Me quito de la cabeza mis preocupaciones, porque no puedo hacer absolutamente nada al respecto. Preparé dos peticiones y una lista de preguntas para la declaración en el avión y se las envié por correo electrónico a Robert en cuanto aterrizamos.

Ahí tienen, detractores. Estoy trabajando un domingo, mientras viajo. A ver si dicen que no hago nada.

Por supuesto, aún no hemos llegado al rancho, y no tengo ni idea de cuánto tiempo vamos a dedicar realmente a administrarlo.

Como si leyera mis dudas, Ethan dice: —Va a ser divertido, mamá, te lo juro.

No me preocupa que los niños no se lo vayan a pasar bien, pero no digo nada. De poco serviría. Los otros tres están viendo Los Supersónicos en el reproductor de DVD. Un punto a favor del monovolumen. —Tengo tanta suerte de llevar en el coche a un experto en ganaderías de montaña.

—Sé que piensas que no podré hacer nada —dice—, pero en realidad se me dan muy bien las cosas mecánicas.

—Lo sé —Siempre se le han dado bien. De niño empezó arreglando los juguetes rotos de los otros niños, y se graduó en el instituto trabajando en proyectos de coches con su padre.

En los últimos años, no ha hecho más que mejorar un talento que era claramente intuitivo al principio—.

Pero, cariño, tu habilidad mecánica es una prolongación de tu verdadero don: las matemáticas.

Su mirada incrédula me resulta bastante familiar.

—¿No te parece?

—¿Qué tienen que ver las matemáticas con trabajar en cosas mecánicas?

—Es la misma parte de tu cerebro la que hace ambas cosas. Créeme, sé que se te dan genial los motores, pero un día puede que desees haber hecho el trabajo de campo con una educación formal que te permita aplicar esa misma fuerza a cosas más lucrativas.

—Y para entonces, será demasiado tarde. El apocalipsis habrá aniquilado todas las instituciones de educación superior, imposibilitando la superación personal y el desarrollo mental, una cosa del pasado, una reliquia.

Pongo los ojos en blanco.

—Entonces, cuando los zombis inicien su marcha para diezmar la población mundial, seré incapaz de detenerlos, porque no entenderé las sutilezas de las ecuaciones diferenciales —Sacude la cabeza—. Oh, sí, sí que voy a lamentarlo entonces.

—Muy gracioso —digo—. Avísame si te sigue pareciendo gracioso cuando comas sopa de una lata…

—¿Junto al río? —Echaba de menos su sonrisa de lado.

Y echo de menos a su padre, a quien le robó esa sonrisa.

Si Nate estuviera aquí, sabría cómo acercarse a él.

Tengo la sensación de estar golpeándome la cabeza contra una pared de ladrillos.

Un muro de ladrillos con hoyuelos, de ojos azules, bastante atlético, con un pelo precioso, aunque demasiado largo.

En cuanto llegamos a las autopistas estatales, por las que es fácil circular, cambio de sitio con él y vuelvo al trabajo.

—¿De verdad necesitas hacer eso hoy? —pregunta Ethan—. Es domingo .

—Es cierto —digo—. Pero no tengo ni idea de cuánto trabajo haremos el resto de la semana, ni de cuándo tendré tiempo. Prometí que seguiría facturando cincuenta horas a la semana, incluso desde el rancho. Va a ser muy difícil hacerlo mientras cuido a cuatro niños y hago lo que sea que haga falta.

No menciono que no existirán nuestras opciones de comida para llevar, lo que significa que habrá que cocinar mucho más.

O que no tengo ni idea de si este lugar tendrá lavavajillas, ni servicio de basura, ni siquiera de cuán estable será la conexión de internet.

Ese es mi mayor temor. ¿Y si no hay banda ancha?

Revisar todos los documentos que escanean los que llevan los archivos sin un internet decente me llevará fácilmente el doble de tiempo.

Justo cuando estoy terminando un memorándum para Jim, suena mi teléfono.

—Me sorprende tener cobertura por aquí —No estoy segura de reconocer el número, pero con todos los detalles que me he apresurado a ultimar, no puedo filtrar mis llamadas. —¿Diga?

—¿Abby?

—¡Ey, Gus! ¡Cuánto tiempo! ¿Cómo te va? —Por fin me ha devuelto la llamada, aleluya.

Le explico nuestro problema, incluyendo cómo Ethan se volvió loco y tiró sus solicitudes por la borda en medio del duelo.

Continuo, incluso cuando veo que Ethan se pone tenso.

La culpa es sólo suya. Sí enloqueció, y estoy segura de que es por lo que le pasó a Nate.

—Vaya, no puedo creer que él… Lo siento mucho. No tenía ni idea.

—Te juro que esa es la única razón por la que te pido un favor: circunstancias atenuantes. Obviamente, sé que ya ha pasado el plazo de admisión.

—El caso es que no estoy seguro de poder ayudarte de verdad —dice Gus—. Quiero decir, probablemente podría meterlo en lista de espera, si sus notas en los exámenes y su nota media son lo bastante buenas.

—Ha sacado 1490 en la selectividad —le digo—. Tuvo una puntuación perfecta en matemáticas, y tiene casi todos sobresalientes. Al final tuvo algún que otro notable, pero todos en clases de matrícula de honor. Su único aprobado fue en inglés de segundo curso.

—Ese profesor me odiaba —Ethan refunfuña.