El Legado (El Rancho de Birch Creek 1) 4. Amanda
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4. Amanda

AMANDA

L a risita de Maren suena demasiado diabólica para mi gusto.

—¿Qué dijimos sobre estar con el móvil mientras comemos? —Extiendo la mano.

—Mamá, estamos sentadas en el parque —Maren guarda el teléfono en el bolso—. Tengo quince años. Ya no soy una niña pequeña. Merezco algo de autonomía.

—Me alegra oír que se utilizan las palabras para el examen de selectividad —aunque no estoy segura al 100 % de lo que significa autonomía. Supongo que es independencia o libertad o algo parecido—. Pero aún me debes el teléfono.

La sonrisa socarrona de Emery es mi confirmación de que estoy tomando la decisión correcta. Como madre, lucho casi todos los días. ¿Estoy haciendo lo correcto? ¿Estoy siendo demasiado firme? ¿O no lo suficiente?

Por un segundo, me preocupa que Maren vaya a montar un berrinche en medio de Central Park y se niegue a darme su teléfono, pero cuando acentúo mi mirada, me lo entrega.

Todo el intercambio me hace pensar. No he mirado sus cuentas de redes sociales últimamente.

Imagino que Maren lo prevé. En lugar de meterme su teléfono en el bolsillo, empiezo a pasar el dedo.

—Eh —objeta ella—. Eso es privado.

—No, no lo es —le digo—. De hecho, es todo público. De eso se trata.

Su enfurruñamiento confirma mi sospecha de que encontraré algo que no quiero ver.

—Twitter —Emery tose.

Maren gira la cabeza como una veinteañera en busca de un mercadillo de ropa.

A Twitter entonces.

No me toma mucho tiempo darme cuenta de por qué Emery me señaló ese camino, pero cuanto más me desplazo y más comentarios leo, más me alarmo.

[ Quizás si no puedes pensar por ti misma. ]

[ En tus sueños, fracasada. No saldría contigo ni aunque alguien le pagara, si es que tu familia siquiera pudiera hacerlo. ]

[ Como si a alguien le importara lo que piensas. ]

[ Haznos un favor a todos: no vuelvas a comentar. En realidad, no vuelvas a hablar ni a escribir en absoluto. ]

[ Alguien tiene que llamar a la policía, porque eso es peor que un simple delito. Es una violación de las leyes de la naturaleza. ]

Sería bastante malo que esos comentarios se hubieran hecho en respuesta a cosas dichas por Maren. Me preocuparía de verdad, pero mi enfado se dirigiría a unos niños terribles.

Pero lo que me preocupa ahora es mi propia hija. Maren fue quien dijo esas cosas.

Cuando por fin guardo el teléfono en el bolso, me tiemblan las manos. —Maren.

Sus suaves labios rosados se reducen en una línea dura, y sus ojos se mueven hacia abajo, evitando los míos.

—¿Qué crees que he encontrado en Twitter? —Aparte del hecho de que no he prestado suficiente atención a mi propia hija y se está convirtiendo en un pequeño monstruo. Desde luego, su cuenta no muestra profundidad ni dimensión. Sólo crueldad.

¿De dónde lo aprendió?

—Maren, estoy esperando una respuesta.

—No tienes ni idea de cómo es la escuela —Sus manos aprietan con fuerza el banco, deja su hamburguesa a medio comer olvidada sobre el papel que tiene en el regazo.

—Tienes razón. Hace bastante tiempo que dejé de ir al instituto, y nunca he estado en el tuyo como alumna —De hecho, como madre no voy a su colegio ni de lejos.

No soy el tipo de madre que se afilia a la Asociación de Padres y Madres—.

Pero sé lo suficiente para estar segura de que esto no es lo que queremos ser.

Traga saliva.

—No estoy segura de por qué dices cosas tan crueles, a nadie, pero desde luego ya no lo harás más.

—Así es como tienes que actuar para triunfar. El mundo es matar o morir, mamá. Papá lo sabía, y no ha hecho más que empeorar…

Su padre lo sabía, pero no quiero que actúe como él. Es horrible para todos los que les rodean. —No te pongas a la defensiva cuando deberías ofrecer una disculpa. ¿Has aprendido ya esa palabra?

—¡Mamá!

—Hay mucha gente en este hilo que va a recibir una llamada tuya.

Tiende la mano.

—Bueno. Devuélveme mi teléfono y les enviaré un mensaje.

—No estoy segura de que vayas a recuperar tu teléfono… nunca.

Abre mucho los ojos, se queda un momento con la boca abierta y luego pone los ojos en blanco. —Sé realista, mamá.

Algo muy parecido a la rabia inunda mi cuerpo.

—¿Crees que no estoy siendo realista ? —Me pongo en pie, sólo vagamente consciente de que ahora le estoy gritando a mi hija adolescente en medio de un parque muy concurrido—.

Puede parecer que sólo son palabras, pero hay una persona detrás de ellas.

Se te han brindado todas las oportunidades, y…

—Igual que a toda la gente cuyos posts he comentado —Arquea una ceja—. No es que esté insultando a unos pobres becarios.

La gente de todo el parque está mirando. Me siento y bajo la voz. —Tengo que pensar qué hacer con esto.

—Genial —Se cruza de brazos y el borde de la mano hace caer la hamburguesa sobre su regazo. Rueda hasta que la parte que ha mordido llega al suelo, y entonces el contenido se despliega hacia fuera formando un abanico. Pan tostado, lechuga, carne, pepinillos, pan.

Un escandaloso goldendoodle que corre junto a su dueño roba el pedazo de carne y sigue su camino. Su dueño, de pelo oscuro, se vuelve con los ojos muy abiertos. —Lo siento mucho —dice, empezando a aminorar la marcha.

Le hago señas para que siga. —No es nada. Ha sido culpa nuestra.

—Eso es lo que podríamos llamar una disculpa —dice Emery—. Por si no sabías lo que era.

La dulce Emery nunca había sonado tan sarcástica. —¿Qué demonios?

—Ya que coges los teléfonos de la gente —dice Maren—, quizá deberías revisar también el suyo.

De repente, siento que ha desaparecido toda la energía de mi cuerpo. Mis ojos se fijan en los de mi querida hija de doce años. —¿Qué voy a encontrar en el tuyo?

Emery clava sus zapatos Mary Jane en la espesa hierba que tenemos delante y se encoge de hombros.

—¿Em?

—Lo mismo que encontraste en el mío, imagino —dice Maren .

—¡No! —La cara de Emery está completamente blanca.

¿Por qué me hablaría Emery del acoso de Maren si ella estaba haciendo lo mismo? —Emery Celeste Brooks.

Cuando levanta la vista, sus ojos están inundados de lágrimas.

—¿Qué ocurre?

Coloca sus pequeños y delgados brazos alrededor de mi cintura y su cabeza se aprieta contra mi pecho. Sé que tiene doce años, pero a veces me parece que aún es mucho más pequeña.

—La gente le dice el mismo tipo de cosas —dice Maren—. Todo el tiempo.

Por fin me doy cuenta. —¿Le estás diciendo cosas malas a Emery? —De repente me entran ganas de abofetear a mi hija mayor. ¿Cómo no me di cuenta de que alguno de los comentarios eran en el perfil de Emery ?

Maren vuelve a poner los ojos en blanco. —Por supuesto que no. No soy el diablo.

¿Estoy perdida de nuevo?

—Siento decírtelo, mamá, pero Em es una fracasada en el colegio —Se recoge el pelo en una coleta alta—. Fue verla destrozada lo que me hizo darme cuenta de que nunca quería que se me metieran conmigo, así que me puse a la defensiva. Asústalos antes de que puedan acosarte.

Aparto el pelo de los ojos de Emery. —¿Es cierto? ¿Te llevan molestando… desde hace mucho tiempo?

Ella arrima la cara, girándose hacia mi hombro. También cojo su teléfono, preparándome para ocuparme de él más tarde. Todo esto me pone enferma. —Vámonos a casa. Ya solucionaremos todo esto más tarde.

—A menos que saques a Emery y la matricules en otro sitio, dudo que puedas hacer mucho —El tono de Maren es tan frívolo que, aun sabiendo que no tuvo nada que ver en el tormento de su propia hermana, me dan ganas de hacerle entrar en razón.

—Deberías considerar que las personas a las que ridiculizas son la hermana de otra persona. Exactamente como Emery.

—¿Debería? —dice Maren—. Sólo hago lo que tú haces —Su boca se tuerce en una media sonrisa—. Cuido de mí misma.

Apenas entiendo lo que está diciendo. Desde que murió Paul, he hecho todo lo posible por ganar dinero para nuestra familia.

Ni siquiera podía contemplar la posibilidad de volver a vivir a casa, así que me pasé horas pensando ideas, y aún más tiempo preparando fotos bonitas y rastreando internet en busca de cosas que publicar que construyeran mi marca personal.

Estudié detenidamente contratos que no tenían sentido, y me relacioné con otras personas que hacían lo mismo que yo.

Pero durante todo ese tiempo, no puedo ni pensar una sola ocasión en la que haya menospreciado o lastimado a otro ser humano, y menos a propósito.

Normalmente cogeríamos el metro, pero estoy demasiado cansada para eso y llamo a un taxi.

Emery se acurruca contra mi costado en el viaje de vuelta, y Maren aprieta la nariz contra el cristal.

A veces me pregunto cómo he acabado teniendo dos hijas tan opuestas.

Otras veces, me pregunto si es culpa mía.

Al fin y al cabo, Paul no se parecía en nada a mí.

Aplastaba a la gente del mundo de los negocios con regularidad, y disfrutaba haciéndolo.

Realmente admiraba eso de él. Salía al mundo y mataba a todos los dragones, financieros o de otro tipo, que nos amenazaban.

Era una de las pocas cosas que me seguían gustando de él después del primer año de casados.

Supongo que las acciones de Maren podrían compararse a las de Paul.

¿La estoy sometiendo a una doble moral porque es una chica?

Es en momentos como este cuando echo desesperadamente de menos tener a otra persona tirando del carro a mi lado. Paul no escuchaba muy bien ni con mucha constancia, pero cuando le acorralaba opinaba. Algo era algo.

Estoy cansada de estar completamente sola.

Pero ¿y si mi única alternativa es alguien como el sórdido y pasivo – agresivo de Roger? Qué horror.

Cuando llegamos a casa, espero que las niñas hagan tranquilamente los deberes y se preparen para irse a la cama.

Después de todo, seguro que están tan agotadas como yo.

Me pongo a rebuscar en las redes sociales de la pobre Emery, descubriendo que podría estar incluso peor de lo que pensaba, cuando Maren da unos golpecitos en la puerta de mi dormitorio.

—¿Sí?