El Legado (El Rancho de Birch Creek 1) 3. Abigail #2
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3. Abigail #2

Me inclino hacia delante, apoyando los codos en la mesa.

—Hace un año y tres semanas que falleció papá.

Nos tomamos el día libre para hablar de él al cumplirse un año —incluso ahora, se me cierra la garganta al pensarlo—.

Su tío falleció una semana después de aquel aniversario y, como Ethan mencionó tan amablemente, os dejó una parte de su rancho.

Seguro que hay caballos, porque es un rancho ganadero con trescientas cincuenta vacas.

Los ojos de Gabe se abren de par en par. —¡Guau!

—Sí, suena increíble. Sin embargo, la estipulación de la toma testamentaria es que no podemos simplemente ir de visita.

No podemos poner a otra persona a cargo de él.

Si queremos conservar nuestra parte del rancho, tenemos que trasladarnos allí y trabajar el rancho nosotros mismos durante al menos un año.

—Impresionante —dice Izzy.

—Sí, ¿no? —Ethan le sonríe, su pelo vuelve a impedirme ver sus ojos azul cielo.

—Se me está considerando, tras un año de durísimo trabajo a tiempo completo y muchos años de trabajo a tiempo parcial, para ser socia, del mismo modo que antes se consideró a vuestro padre.

—Pero odio que no estés nunca en casa —dice Whitney—. ¿Por qué necesitamos más dinero?

No aprieto los dientes. No voy a apretar los dientes. Simplemente está expresando que le gusta estar conmigo, y eso es bueno. No entiende las finanzas ni el hecho de que, sin ingresos a tiempo completo, tendríamos que vivir en un apartamento.

—No me pagan mucho cuando no trabajo mucho, cariño. Si quieres ir a la universidad algún día y vivir en una casa bonita como esta, tendrás que trabajar mucho también .

—¿Ni siquiera te lo planteas? —Las fosas nasales de Ethan se agitan y sus manos se aplastan contra la mesa—. ¿Lo has decidido por nosotros, sin siquiera preguntarnos?

—De todas formas, no puedes ir —le digo—. Empiezas la universidad en otoño.

—De hecho, no —Levanta una ceja y sus labios se reducen hasta ser una línea apretada.

—¿Prefieres trabajar en un rancho que obtener un título universitario?

Ethan se levanta, echándose de nuevo el pelo hacia atrás. —Preferiría hacer eso, pero no es lo que estoy diciendo, abogada .

Odio cuando me llama abogada. No le gusta que le presione con preguntas incisivas, pero ¿qué otra cosa se puede hacer con los adolescentes? Si no, te ignoran voluntariamente. Con su humor, está claro que tenemos que continuar esta conversación sin público.

—Muy bien, es hora de prepararse para ir a la cama. Whitney, ayuda a Gabe a cepillarse los dientes…

—¡Yo puedo cepillarme los dientes! —Gabe sale corriendo de la habitación.

—Si dejas que Whitney lo compruebe y se asegure de que has hecho un buen trabajo, te dejaré ver un episodio de Pokemon antes de acostarte.

Eso siempre funciona. —E Isabel…

—Ya sé —dice Izzy—. Que lave los platos y limpie después de cenar —murmura en voz baja—. Porque no quieres que escuche lo que van a hablar.

A veces es demasiado lista. —Ethan —Señalo mi despacho y él me sigue sin rechistar. Cierro la puerta tras nosotros y rodeo el escritorio para sentarme en el sillón de cuero con respaldo de Nate. Ethan toma asiento en una de las sillas que hay frente a mí.

—¿Qué quieres decir ?

—No iré a la universidad este otoño, decidas lo que decidas sobre el rancho, porque no he entrado en ninguna.

Lo que dice no tiene sentido.

—¿Qué quieres decir con que no has entrado? Has sacado muy buenas notas en la selectividad y tus calificaciones no son perfectas, pero sí respetables. Estoy segura de que, aunque tus cartas aún no hayan llegado…

—Mamá —Ethan golpea la mesa con las manos tan fuerte que tiembla—. No van a llegar cartas. No he presentado ninguna solicitud.

¿No presentó la solicitud ? —Escribí tu ensayo de presentación. Te ayudé a rellenar las solicitudes.

—Yo no soy como tú y papá —dice—. No quiero trabajar en una oficina todo el día. Quiero usar las manos. Soy muy bueno arreglando y montando cosas, y me gusta estar fuera.

Está diciendo tonterías. —Cariño, ¿crees que quiero sentarme en una oficina todo el día?

¿Crees que quiero mirar fijamente una pantalla?

Hasta los diez años, le decía a todo el que me preguntaba que quería ser una estrella del rock.

Realmente pensaba que algún día podría serlo.

Tus abuelos me enseñaron que podía hacer o ser lo que quisiera —Hago una pausa para asegurarme de que me está escuchando—.

Esa estupidez es la razón por la que tantos niños acaban trabajando en McDonald's y holgazaneando en el sótano de sus padres.

—No tenemos sótano.

—Bien visto —le digo—. Tómalo como una señal. El trabajo rara vez es divertido o satisfactorio. Apesta la mayor parte del tiempo, por eso te pagan.

—Pero mamá…

—Ethan, tienes diecisiete años. Te han cuidado y has crecido en un hogar muy agradable.

Te lo han dado todo, así que perdóname cuando corrija tus comprensibles ilusiones, ilusiones que probablemente he creado yo.

Sé que en este momento todo parece posible.

Te he alimentado y empujado hasta el borde del nido.

Estás listo para alzar el vuelo. Sería negligente por mi parte si no te dijera que, con tu plan de vuelo actual, vas a chocar —Todavía no me entra en la cabeza que ni siquiera haya enviado las solicitudes que tantas horas pasé perfeccionando.

Vuelve a hablar, algo sobre cómo no se va a estrellar, porque siempre puede trabajar con coches o algo así, pero no puedo seguir escuchando—.

¿Tiraste las solicitudes a la basura? ¿Qué hiciste con ellas exactamente?

Ethan se queda un momento con la boca abierta.

Bien. Se está dando cuenta del gran error que ha cometido.

Y ahora es el momento de encontrar algún tipo de solución.

Me ha llevado un momento, pero los engranajes de mi cerebro empiezan a funcionar de nuevo.

Puede que no haya sido una esposa perfecta.

Puede que no sea una abogada perfecta. Puede que tampoco sea una madre perfecta. Claramente no lo soy.

Pero soy perfecta en tiempos de crisis.

—La buena noticia es que, a pesar de tu catastrófico error de juicio, aún podemos arreglar esto —digo—.

O al menos, puede que no puedas elegir ninguna universidad, pero llamaré a mi amigo Gus.

Era mi mejor amigo en Harvard, y ahora es el decano a cargo del departamento de admisiones en Rice, lo que significa…

—Mamá —Ethan parece estar en desacuerdo—. No quiero que arregles nada. No quiero ir a la universidad en absoluto.

—Estás diciendo tonterías.

—Y tú no estás escuchando. Nunca he querido ir. Ese es tu sueño para mi futuro, pero pronto cumpliré dieciocho años, y no importa lo mucho que insistas o a quienquiera que llames, no podrás obligarme a ir.

Le he fallado: no tenía ni idea de hasta qué punto la pérdida de su padre ha destrozado su visión del futuro. —Cariño, no te das cuenta de lo mucho que limitará tu futuro no ir a la universidad. Ahora es difícil verlo, pero …

Se cruza de brazos y da un paso atrás, y me doy cuenta de que, si realmente no quiere ir, no puedo hacer nada.

—No firmes nada diciendo que no queremos el rancho —dice—. Porque yo sí.

Es como si estuviera hablando en chino. Es como si no conociera a mi propio hijo. Pero hay una solución para esto, sé que debe haberla.

—No puedes quedarte con el rancho —le digo—. Eres menor de edad.

—Lo que significa que puedes renunciar a mi derecho a él —dice—. Créeme, lo sé. Es tu ventaja.

¿Cómo podía un chico tan inteligente no querer ir a la universidad? —¿Qué quieres entonces? —No puedo creer que esté negociando con mi hijo para evitar que arruine su propia vida.

—¿Qué te parece esto? Si aceptas venir conmigo este verano a trabajar en el rancho, yo aceptaré ir a cualquier escuela en la que puedas meterme durante un año entero y darlo todo.

¿Ir a Utah todo el verano? ¿Ha perdido la cabeza? —Tengo un trabajo.

Se encoge de hombros. —Esa es mi oferta. Tengo todo un verano para convencerte de que la universidad no es mi camino. Y si no puedo hacerlo, entonces voy a la universidad, tal y como tú quieres.

—Pero no tiene sentido —le digo—. Cumples dieciocho años el 2 de septiembre. Las clases en la universidad empiezan a finales de agosto. Aunque pasemos allí todo el verano, no cambiaré de opinión. Seguirás teniendo que ir.

—Es un riesgo que estoy dispuesto a correr.

No podría haber peor momento para dejar mi trabajo, pero si tengo que elegir entre lo que necesita mi hijo y lo que exige mi carrera… bueno, no hay discusión.

Llamo a los otros chicos. —¿Queréis pasar el verano en ese rancho ganadero ?

El resonante coro de síes zanja la cuestión. —Supongo que tengo que llamar a mi amigo Gus, y también debería llamar a Robert, ya mismo —Y luego tengo que rezar para que ocurra un milagro, porque no hay forma de que me hagan socia este otoño.

Tendré suerte si para entonces sigo teniendo trabajo.