1. Abigail #2
—Jedediah Brooks falleció hace casi dos semanas.
Brooks. Entonces está emparentado con Nate. Por fin el nombre me suena.
—¿El tío de Nate?
—Efectivamente —dice el Señor Swift.
—Siento mucho oír que ha fallecido —digo, automáticamente. No vi al tío de Nate más que un par de veces, e incluso entonces apenas intercambiamos un par de palabras. Tenía la cabeza canosa la primera vez que nos vimos, hace casi veinte años, en mi boda con Nate. Debió de tener una vida muy larga.
—Gracias. Su muerte fue toda una sorpresa, pero al menos fue rápida. Jed siempre decía que quería que fuera rápida, que no se prolongara.
Me tiembla la mano que sujeta el teléfono. La de Nate no fue rápida en absoluto, pero fue tan precipitada que apenas podía pensar con claridad.
—¿Por eso ha llamado? ¿Para avisarme de que ha fallecido?
—No precisamente —dice el señor Swift—. Según tengo entendido, los dos sobrinos del señor Brooks, Nathaniel y Paul, fallecieron antes que él.
Murmuro en señal de asentimiento. Los dos eran tan jóvenes. Sigue siendo extraño aceptar que ambos están muertos, incluso ahora.
—En ese caso, hay un legado bastante importante para sus hijos, señora Brooks.
—¿Disculpe?
—Jed tiene un rancho ganadero de mil trescientas hectáreas aquí, al norte de Utah.
Es una de las seis únicas propiedades del estado que se remontan a la concesión original de tierras.
De hecho, algunas partes de la propiedad se encuentran en Wyoming, pero la mayor parte está en un lugar llamado condado de Daggett.
—¿Está diciendo que el tío abuelo de mis hijos les dejó un rancho de mil trescientas hectáreas?
—No en su totalidad.
Me gustaría que el señor Swift fuera al grano. Los abogados suelen ser más claros.
—¿Qué dice el testamento, entonces?
—Concretamente, dispone que el rancho y todas sus propiedades, incluida la casa, una casa de invitados, dos grandes graneros, una dependencia para almacenamiento y unas trescientas cincuenta cabezas de ganado se dejen a sus hijos y a los hijos del hermano de Nathaniel, Paul, per stirpes .
Me pregunto cuánto valdrá algo así. Quizá Ethan pueda conseguir su RZR XP turbo después de todo.
—Bueno, esto sí que no me lo esperaba.
—Sin embargo —el señor Swift agita más papeles—, para que el legado se haga efectivo, los herederos o, en caso de que sean menores, sus tutores designados, deben explotar adecuada y activamente el rancho Birch Creek durante un periodo de un año completo.
Oh.—¿Un año?
—Así es.
—¿Y si contrato a alguien?
—Bueno, le enviaré el documento para que pueda leerlo usted misma, pero lo redactó un abogado bastante importante de California. Dudo que tenga algún vacío legal inesperado.
—¿Eso significa que no puedo contratar a alguien para que lo dirija por nosotros?
—Me temo que el legado estipula que los herederos, o sus tutores, deben explotar ellos mismos el rancho y vivir en él por un año. No permite más de tres escapadas de diez días fuera del rancho durante ese periodo.
El RZR XP turbo vuelve a desaparecer.
—Mi dirección de correo electrónico figura en el sitio web del mismo bufete —le digo—. Le agradecería que me enviara una copia del testamento.
—Por supuesto —dice el señor Swift—. Y siento que no sea un legado más sencillo.
—No pasa nada —digo—. Conozco bien la frase «lo que llega fácil, fácil se va». Desde luego, no esperaba nada del querido tío Jedediah, así que no me decepcionará el hecho de no haber recibido nada. Mis condolencias, de nuevo.
—¿Así que piensa en rechazar la oferta?
—Estoy bastante segura —le digo—. Si quiere enviarme la documentación que su oficina quiera archivar, estaré encantada de firmarla.
—Si ninguno de los hijos de sus sobrinos acepta el legado, el rancho se venderá y los beneficios se donarán al Instituto de Investigación de la Vida Extraterrestre en el Planeta Tierra.
¿El qué? —Eso es ciertamente… interesante.
—El Instituto IVEPT recibió donativos anuales de Jed desde que se encontraba lo bastante bien para hacerlos. No es algo común, pero eso es lo que dice el testamento. Si eso le hace cambiar de opinión, hágamelo saber.
—Les deseo mucha suerte encontrando vida extraterrestre —Estoy orgullosa de mí misma por haber mantenido la voz firme.
—¿Por casualidad tiene el número de teléfono de la señora de Paul Brooks?
—¿Amanda? —Me desplazo por mis contactos en Outlook—. Claro —digo el número de teléfono que casi nunca utilizo y le deseo un buen día.
Robert asoma la cabeza por la esquina justo cuando cuelgo.
—¿Lista?
Estoy a punto de levantarme cuando recuerdo que Ethan aún puede estar esperando—Casi.
—Bajaré a buscar el coche. ¿Nos vemos afuera?
—Perfecto, gracias —Me acerco el teléfono a la oreja—. ¿Ethan? ¿Sigues ahí?
Pero ya colgó. Debería haberlo sabido. Los adolescentes no son conocidos por su gran capacidad de atención. Estoy segura de que me hablará hasta el cansancio de todas las razones por las que comprar un buggy destrozado es la mejor idea que ha tenido nunca en cuanto llegue a casa del trabajo.
Robert me está esperando cuando llego a la planta baja, con su BMW negro y brillante. Cuando abre la puerta y se levanta, mi corazón se acelera. No puede estar pensando en venir a abrirme la puerta, ¿verdad? Eso entraría de lleno en el territorio de las citas .
Prácticamente, salto hacia la puerta del copiloto y la abro yo misma, deslizándome dentro tan rápido como puedo con unos tacones de diez centímetros y una falda entallada.
—¿Dónde quieres comer? —pregunta.
No tengo ni idea de lo que está bueno por aquí. Antes de que muriera Nate, sólo venía por la mañana, nunca me quedaba a comer, y desde su muerte, vengo a las 7:15 después de dejar a los niños en el colegio y me voy a las 15:15, así que no he tenido tiempo de comer y trabajar un día entero.
—Me parece bien todo, excepto comida china —digo.
—¿No te gusta la comida china? —Frunce el ceño—. ¿De verdad?
—P.F. Changs o Pei Wei están bien —digo—. Quizá sea el glutamato monosódico, pero toda la demás comida china que he probado me da dolor de cabeza.
—¿Qué tal comida tailandesa?
—Esa me gusta.
—Estupendo —Se pasa el resto del trayecto y toda la comida hablando de su plan para el caso y de mi papel en él.
Me alegro de haber traído un bloc de notas, porque lleno dos páginas enteras con anotaciones.
—No tenías que escribir todo eso —dice—. Habría estado encantado de aclararte cualquier cosa que olvidaras.
—No me gusta pedirle a la gente que me repita las cosas.
—Probablemente por eso a todo el mundo le gusta trabajar contigo.
Cuando la camarera trae la cuenta, Robert ni siquiera le echa un vistazo. Se limita a entregarle su American Express negra.
—¿No quieres comprobar que te hayan cobrado correctamente? —Intento que no se note la desaprobación en mi tono, pero no estoy segura de conseguirlo.
—Eres toda una abogada —Se ríe—. Pero el bufete paga: trabajamos cada segundo. Los dos bebimos agua y sólo pedimos un plato cada uno. No creo que puedan equivocarse mucho con la cuenta.
Me miro las manos mientras aliso la servilleta sobre mi regazo.
—Suelo preocuparme por cada pequeño detalle.
—Es lo que te convierte en una litigante de primera.
—Y en una pesada —No levanto la vista, porque sé que es verdad. No necesito ver la confirmación en sus ojos.
—Abigail.
Trago saliva.
—Abby.
Por fin levanto la vista.
Su expresión es suave.
—Trabajas más duro que nadie que conozca. Nadie piensa que seas una pesada.
Sin embargo, se me da fatal aceptar cumplidos con naturalidad.
—Bueno, gracias.
—Lo digo en serio. No todos quieren que haya otro socio, pero el cien por cien de los socios reconocen que eres la asociada de mayor calibre —Suspira—.
En realidad, eso puede ser parte de la razón por la que no quieren ascenderte.
No estarás disponible para facilitarles la vida si te ocupas de tus propios casos.
—También soy la asociada de más edad —No me importaba cuando Nate también ganaba dinero, pero realmente no puedo alcanzar los objetivos de ahorro para nuestra familia con el salario de un asociado.
Intento no pensar en el golpe que recibieron nuestros ahorros cuando pagamos los costosos tratamientos del cáncer de Nate, pero no puedo evitarlo cuando recibo los extractos. Me pesa.
—No somos tan viejos —dice Robert.
—Bush era presidente cuando estábamos en la facultad de Derecho —digo—. Friends aún estaba en emisión.
—Eras tan impresionante en la facultad de Derecho —se echa hacia atrás en la silla, moviendo lentamente la cabeza—. Todo el mundo te llamaba Elle, ¿recuerdas?
—Eso me cabreaba —digo.
—En cierto modo decidiste estudiar Derecho por capricho —dice—. No conocías los distintos tipos de derecho.
—Tenía diecinueve años. No sabía que la gasolina procedía del petróleo crudo y no del gas natural —Me río.
—Sí lo sabías.
—Bueno, era bastante lista para ser adolescente, pero sigo sin entenderlo. No es que ese personaje empezara la escuela joven. Simplemente estaba desmotivada y era tonta. Y había ido por un chico. Era ofensiva la referencia.
—Las mujeres probablemente lo entendieron como un insulto, pero ninguno de los chicos se lo tomó así.
Resoplé.
—No me parecía en nada a Reese Witherspoon en Legalmente rubia.
Resopla.
—¿Nada que ver con ella? Eras rubia, estabas en plena forma y vestías con estilo.
—¿ Era rubia? —Finjo estar molesta—. Pago mucho por este color.
—Lo siento mucho —dice Robert—. Eras tan rubia entonces como ahora. ¿Así está mejor? —Pone los ojos en blanco—. Los abogados son lo peor.
—Realmente lo son —Concuerdo.
—Puede que los estudiantes de Derecho sean lo peor, pero tú se lo demostraste… la mejor de la clase —Robert mira hacia la mesa—. Yo también era bastante estúpido como estudiante de Derecho.
—Vaya —le digo—. ¿Por fin admites que las Birkenstocks eran un crimen contra la moda?
Me mira a los ojos, con una intensidad que nunca antes había visto.
—Acababas de romper con tu novio de la universidad cuando nos conocimos, ¿recuerdas?
Por alguna razón, mencionar mi ruptura con Shawn hace que se me acelere el corazón, lo cual es una locura. Ese tipo era un completo fracasado.
—Así es, sí. Estaba hecha polvo.
—Nate y yo habíamos sido compañeros de habitación en la UCLA y ambos te conocimos en la orientación; llevabas ese vestido de verano amarillo. Pero no estoy seguro de que supieras que los dos estábamos interesados en ti.
¿Qué? Nunca había oído esto, jamás.
—Nate insistía en que iba a conquistarte enseguida.
Mi hermana me dijo que eso era una idiotez: si de verdad te gusta una chica, esperas a que ella se recupere primero —Traga saliva—.
Me pareció prudente jugar la carta de la «amistad».
Una vez que Nate fuera eliminado del partido, supuse que estarías lista para algo real.
—Suspira—. Entonces te casaste con Nate.
—Robert…
—Sé que probablemente esto sea una sorpresa, pero necesitaba decírtelo. Sigue siendo el mayor error que he cometido, pero nunca me he permitido lamentarme. Os quería a los dos y erais muy felices. Pero ahora…
¿Le gustaba a Robert? No tenía ni idea.
—Pero tú y Maisie…
—¿Te refieres a la chica más parecida a ti que pude encontrar? —Resopla—. No se parecía lo suficiente, está claro. Sabes mejor que nadie lo desgraciados que éramos.
¿Está insinuando que, si ella hubiera sido más como yo, habrían sido felices?
—No estoy segura…
—Si me engañas una vez, la culpa es tuya. Si me engañas dos, la culpa es mía, ¿no? ¿Así dice el refrán?
Habla tan rápido que no puedo seguirle.
—Hoy más temprano, efectivamente estaba invitándote a salir, o al menos estaba intentándolo.
Entonces me miraste como si hubiera apuñalado a un cachorro, así que fingí que era una comida de trabajo.
Estuve a punto de dejarlo estar, pero no puedo hacerlo, no de nuevo, Abby.
Porque si pierdo mi oportunidad por segunda vez, nunca podré vivir en paz conmigo mismo.