El Legado (El Rancho de Birch Creek 1)
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1. Abigail
ABIGAIL
D urante la semana siguiente a la muerte de mi marido, dije que estaba bien más de cien veces. No empecé a contar hasta el segundo día.
Estaba mintiendo todas las veces, por supuesto.
Cuando a Nate le diagnosticaron cáncer de páncreas, yo no estaba bien.
Durante las semanas siguientes, mientras le operaban y le administraban todos los tratamientos posibles, yo no estaba bien.
Y aunque redacté todos los documentos que pudiéramos necesitar y pasé todos los momentos posibles con él antes del final, después de que muriera, no estaba bien.
Pero ahora que ya ha pasado un año y gracias a una planificación cuidadosa y mucho trabajo duro, puedo decir la verdad cuando alguien me pregunta cómo me va.
—¿Cómo va todo?
Robert Marwell está en mi puerta, con una media sonrisa en la cara. No es socio director de Chase, Holden y Park, pero probablemente lo será en los próximos años.
—Estoy bien —digo. Y es en serio.
Da unos pasos hacia mi despacho y se sienta en una de las sillas con respaldo.
Una de las cosas que más me gustan de Robert es que, aunque yo sea asociada y él socio, no me convoca, simplemente camina por el pasillo hasta mi despacho cuando tiene algo que discutir.
—Van a votar a principios de septiembre —me dice—.
Sé que parece que falta mucho, pero creo que es un buen momento.
En sólo cuatro meses y medio, votarán si añaden nuevos socios.
—¿Por qué sería bueno? —No es que me parezca mal, pero me gustaría conocer su razonamiento.
Vuelve a mirar hacia la puerta abierta y baja la voz.
—Llevas en el bufete tanto tiempo como Nate y yo, pero aparte de tus dos primeros años, siempre has trabajado a tiempo parcial. Si quisieras ser abogada consultora o algo así, lo tendrías hecho. Pero tal y como están las cosas… —Vuelve a mirar por encima del hombro.
¿Quién le preocupa que pueda escuchar?
Su voz es ahora apenas un susurro.
—A Lance no le entusiasma incorporarte. Como posees la parte de Nate como su representante legal, si te hacemos socia…
—Tendré derecho a comprar mi propia participación cuando me voten, y entonces tendría el doble de participación que cualquiera que no sea socio nominal, lo que me daría el doble de derechos de voto.
—Les dije que eso no importaba. ¿Con qué frecuencia estamos en desacuerdo? ¿Cuándo sería realmente importante tu doble participación? —Robert se encoge de hombros. —Ya conoces a Lance. Tiene más que ver con su ego que con lo que efectivamente pueda ocurrir.
—Pero ¿por qué septiembre sería un buen momento? —Insisto—. No es que se ponga más alegre y relajado durante el verano. —En todo caso, que toda la gente se vaya de vacaciones hace que le suba la tensión.
Robert se ríe .
—No, pero tengo otra noticia que te ayudará a entenderlo.
Levanto las cejas.
—¿De qué se trata?
—El caso BenchMark va a juicio en agosto —Se inclina hacia delante—. Me aseguré de que estuvieras en él, pero cuando llegue el momento de juzgar el caso, me apartaré y te dejaré al mando.
Una gran victoria en algo así ayudaría mucho a asegurarles a los socios que soy capaz de trabajar cuando hay mucho en juego.
Se cruza de brazos.
—Si ganas un caso como ese, nadie podría justificar votar en tu contra, ni siquiera Lance.
Ni siquiera sé qué decir. Es una oferta tan generosa, y es exactamente la oportunidad que he estado esperando. Con Robert a mi lado, si todo va según lo previsto, mi familia volverá a la normalidad a finales de este año.
—Muchas gracias.
Se levanta y niega con la cabeza. —Por favor. Nate habría hecho lo mismo por mí si yo estuviera en tu situación.
—Puede que no —Arrugo la nariz—. Ni siquiera me lo imagino entregándole un maletín a Maisie.
—Ya sabes lo que quiero decir —dice Robert—. Si aún tuviera mujer y ella necesitara su ayuda, él se la habría dado —Cuando se ríe, sus ojos brillan y sus dientes blancos y perfectos relucen. Incluso con un pequeño mechón de canas en las sienes, Robert es un tipo guapo.
—Desde luego, Nate eligió más sabiamente que yo. Sólo lamento que… —Traga saliva—. Ya sabes lo que quiero decir.
Lo sé. Robert estaba casi tan afectado como nuestra familia cuando murió Nate. Habían sido mejores amigos desde la universidad. Yo los conocí a los dos recién en la facultad de Derecho. Aún recuerdo el verano en que los tres hicimos nuestra primera pasantía, juntos, en este mismo bufete.
Gira sobre sus talones y camina hacia la puerta, deteniéndose justo antes de salir. —¿Tienes planes para comer?
No he salido a almorzar desde que murió Nate.
Debe de saberlo; desde luego, nunca me lo había preguntado.
Una señal de alarma suena en mi cerebro.
¿Robert me está invitando a salir? Seguro que no.
En primer lugar, es uno de mis amigos más antiguos, y de Nate.
Sólo por eso ya sería extraño. Pero, en segundo lugar, sólo ha pasado un año desde la muerte de Nate.
.. Seguramente nadie esperaría que volviera a salir con alguien tan pronto.
—Estaría bien pasar un poco de tiempo fuera de la oficina para discutir cómo procederemos con el caso.
Evidentemente, aquí no puedo comentar mis planes a todo volumen —Mira subrepticiamente hacia arriba y abajo por el pasillo una última vez, como si fuéramos espías o algo así—.
Esta tarde tengo una declaración, así que si quieres que nos organicemos, probablemente lo mejor sea ir a almorzar —Ladea la cabeza—. Prometo no morder.
El caso, obvio. A veces soy tan idiota. Espero que no se haya dado cuenta de mi vacilación.
—Ah, claro.
Suena mi móvil. Sólo me llaman mis hijos o del colegio, como sabe Robert. —Atiende. Volveré en media hora.
La tensión que no había percibido que estaba sintiendo en mi espalda se libera al instante en que se va, y deslizo el dedo para contestar.
—¿Diga?
—Hola, mamá, soy yo.
—Caramba, me alegro mucho de que me lo hayas aclarado, Ethan. Un día de estos puede que hasta averigüe cómo funciona esto del teléfono y, cuando vea tu nombre, sabré quién llama.
—No me hago muchas ilusiones, boomer —dice.
—Eso es de mala educación. Soy de la Generación Y, ¿vale?
—A duras penas.
—¿Va todo bien? —Rara vez me llama cuando estoy en el trabajo. Los mensajes de texto son mucho más fáciles.
—Sí, estoy bien. Pero, mamá… Sé que estás ocupada y que tu instinto va a ser callarme, pero ¿puedes escucharme?
Reprimo el gran suspiro que intenta salir.
—¿Otra vez se trata de los altavoces de Dave? Porque nosotros…
—Mamá, no, no se trata de los altavoces.
—¿Entonces?
—Sólo escucha, ¿sí? Antes de que te asustes o digas que no, ¿puedes escucharme?
—Te escucho —le digo—. Y nunca me asusto.
—Pero sí dices mucho que no.
—¿Qué quieres?
—Mira, el padre de Riley va a competir en la Baja 1000 y necesitan algo de dinero extra, así que va a vender su flamante RZR XP turbo.
—¿No lo destrozó Riley la semana pasada?
—Bueno, se ha golpeado un poco, pero no es nada que no pueda arreglar. En serio, mamá. Una vez reparado, valdrá treinta mil, fácil, ¡pero Riley dijo que me lo vendería por diecinueve!
No me río. O al menos, intento no reírme.
—No quieres que te diga que no y, sin embargo, no tienes dinero para comprarlo. Por favor, ayúdame. ¿Qué se supone que debo decir?
—¡Mamá!
—¡Ethan! —Sé que está luchando por la ausencia de su padre. Pasar tiempo con Riley y su padre ha sido útil, creo. Pero no tengo tiempo, y no tenemos dinero sólo con mis ingresos (actualmente mucho más bajos), para comprar cosas enormes como un lujoso buggy .
—¿Cómo puedes decir que no tengo dinero? Tengo como ochenta mil.
—¿Estás hablando de tu fondo para la universidad? —Tiene que estar bromeando. Toda mi simpatía por su causa acaba de desaparecer si de verdad está intentando convencerme de que sacrifique su futuro por unos divertidos planes de fin de semana.
—Quiero pensar que no estás hablando de gastar tu fondo universitario en algo tan frívolo. Y te recuerdo que luego necesitaríamos un remolque y un camión para poder siquiera utilizar esa cosa.
—Mamá…
—Ethan, no tengo tiempo…
—Ni siquiera me has escuchado —dice—. Con el dinero que me ahorraría comprándolo…
—¿El dinero que ahorrarías ? —Esta vez no puedo evitar reírme—. Suenas como un ama de casa consentida. No te ahorras ni un dólar: compras algo que cuesta, ¿cuánto? ¿Veinticinco veces la cantidad que has ahorrado personalmente?
—Ahora tengo un trabajo, mamá. Y…
Suena el teléfono de mi oficina.
Incluso Ethan sabe lo que eso significa.
—Lo sé, lo sé. Tienes que contestar. Pero no cuelgues. Escúchame al menos. Puedo esperar.
A menudo me pregunto en qué estaba pensando Dios cuando planeó los años de la adolescencia.
Están emocionalmente mal cableados, se enfurecen contra las personas que les ayudan (que no tienen nada que ganar, por cierto) y nunca están satisfechos con nada.
Quizá no se trate de los niños. Quizá estos años se crearon para aumentar la paciencia de los padres.
—Vale —Dejo el móvil sobre la mesa y cojo la línea del despacho.
—¿Diga?
—¿Señora Brooks? ¿La señora de Nathaniel Brooks ?
Hacía casi un año que no me llaman señora de Nathaniel Brooks. Me pilla por sorpresa y me deja casi incapaz de hablar.
—¿Hola?
—Sí —consigo decir—. Soy yo —Me aclaro la garganta.
—Bien —Oigo que el hombre manipula unos papeles—. Me llamo Karl Swift. —Algo en su voz, quizá el timbre tambaleante, me hace pensar que Karl es bastante mayor.
—¿En qué puedo ayudarle, señor Swift?
—Bueno, quizá sea más correcto que le diga yo en qué creo que puedo ayudarle.
Suena como Bilbo Bolsón en su fiesta de cumpleaños.
—De acuerdo.
—En realidad, yo también soy abogado: encontré su nombre en la página web de su bufete gracias a una búsqueda rápida. Le llamo para notificarle que anoche leí un testamento que se había publicado en todos los periódicos locales y en internet.
—¿El testamento de quién? —Sigo sin tener ni idea de por qué me llamó, y empiezo a pensar que no le pusieron el nombre correcto. ¡Dilo de una vez, Ol' Man River!