El Legado (El Rancho de Birch Creek 1) 2. Amanda
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2. Amanda

AMANDA

C uando era pequeña, mis padres siempre nos regalaban dinero en efectivo en nuestros cumpleaños.

La mejor parte de la experiencia del cumpleaños era el lujo de ir de compras a cualquier sitio que eligiéramos.

Cuando cumplí cinco años, me gasté cincuenta dólares en la tienda de «todo a un dólar».

Mi habitación estaba tan llena de basura que apenas podía encontrar mi cama.

Cuando cumplí seis años, me gasté cincuenta dólares en el supermercado, comprando suficientes caramelos para pudrir los dientes de todo el vecindario.

En mi séptimo cumpleaños, me gasté cincuenta dólares en peluches. Aún no había descubierto que en realidad no te devuelven el amor que les das.

Para mi octavo cumpleaños, sin embargo, a mis padres sólo les sobraban trece dólares.

Mi padre acababa de perder el trabajo y las cosas no iban bien.

Ese año pedí ir a comprar a un mercadillo, con la esperanza de encontrar algo que valiera mucho más que trece dólares.

Pasamos horas buscando entre viejos discos y cintas VHS, zapatillas de deporte dispares y raídas, y juguetes ligeramente maltratados.

No encontré nada realmente valioso, aunque visitamos más de una docena de ventas de garaje.

Pero la expectativa cuando entramos en aquel decimotercer garaje seguía siendo estúpidamente alta.

Después de buscar todo el día, mis padres acabaron por perder la paciencia y me dijeron que tenía que elegir algo.

Acabé comprando un par de botas de esquí demasiado grandes que ni siquiera llegué a usar.

Ni siquiera estoy segura de por qué las compré: nunca habíamos esquiado y no planeábamos hacerlo.

Esperar encontrar un tesoro entre los desechos de otra persona era supertonto.

Las citas online superados los 40 se parecen muchísimo a una secuencia interminable de ventas de garaje. Excepto que, a diferencia de ese decimotercer garaje, mis expectativas ya no son muy altas. Mi esperanza ingenuamente optimista ha desaparecido.

Por eso, aunque Krystal juró que esta nueva aplicación de citas era mejor, aunque me prometió que estaba pensada para garantizar un hombre profesional, ni siquiera me sorprendo cuando mi cita es esencialmente el equivalente masculino de esas tristes botas de esquí.

—Amanda —Me tiende la mano con entusiasmo—. Me alegro mucho de verte.

Roger me reconoce porque mi foto de perfil, a diferencia de la suya, se parece a mi cara real. Me esfuerzo por sonreír.

—Sí, soy Amanda.

—Me alegré mucho cuando deslizaste hacia la izquierda —El sudor le cubre la frente y se lo quita de un manotazo. O lo intenta. Consigue desplazarlo a un lado de la cara, donde se desliza por la sien y se acumula cerca de la papada, brillando.

—Hacia la derecha —digo—. Deslizas hacia la derecha si te interesa la persona.

—Eso es —Sonríe demasiado, haciendo que se le mueva la papada.

—¿Comemos? —Al menos estamos en uno de mis restaurantes favoritos, J.G.

Melon. Siempre lo sugiero para una primera cita porque me encanta una buena hamburguesa, y normalmente no puedo justificar comerme una.

Pero, en una primera cita con un completo desconocido, me siento con derecho a derrochar calorías y grasas saturadas de más.

Además, sus patatas fritas están para morirse: son los círculos diminutos más deliciosos del planeta Tierra. Hacen que casi todo sea soportable.

Roger señala un reservado en la esquina. Probablemente sea el único lugar de todo el restaurante donde podemos sentarnos y hablar todo el tiempo que queramos sin que nos molesten. Maldito sea por darse cuenta.

—Me sorprendió que sugirieras este sitio.

—¿Por qué? —pregunto—. ¿No te gustan las hamburguesas?

—Bueno, la última vez dijiste…

En este momento, no estoy comiendo ni bebiendo, y sólo por eso no me atraganto, pero sí que balbuceo.

—¿Acabas de decir la última vez , dando a entender que hemos tenido una cita antes de esta?

Parpadea.

—¿Qué?

—¿Me has invitado a salir antes de hoy, Roger?

Frunce el ceño y, si cabe, parece aún más aletargado.

En ese momento me acordé. Tenía más pelo y menos barriga, pero sin duda era el mismo tipo de hace dos años. Me invitó a ver un partido de béisbol con él, y aprendí a nunca más comprometerme a ningún acontecimiento deportivo completo con un desconocido.

—Siento mucho no haberme acordado —aunque, sobre todo, siento lástima por mí misma .

—Nunca me llamaste, así que supongo que debería haber sabido que era un error.

El calor sube a mis mejillas.

—Si te soy sincera, ya ni siquiera elijo mis propias citas.

No tengo tiempo. Mi ayudante selecciona a los chicos y lo organiza todo por mí —La llamo mi ayudante, pero en realidad es mi hija de quince años, que me ayuda con las cosas del trabajo y ha empezado a organizarme las citas.

Después de esto tendré que estrangularla.

—Bien, ahora eres influencer —dice—. Champán barato, ¿verdad?

Me avergüenzo. Yo jamás utilizaría la palabra «barato».

—Champán por menos —digo—. Sí, esa soy yo.

—La última vez que salimos, no estabas segura de lo que ibas a hacer, creo.

—Mi cuenta ya iba bien —pero hubo meses en los que no tenía ni idea de si llegaría a pagar el alquiler. Todavía tengo malas rachas de vez en cuando, pero no tan a menudo.

—Bueno, ahora que sé que nuestra cita fue un error, te daré esta única oportunidad de retirarte.

No puedo decidir si Roger es un tipo decente o si simplemente tiene una cantidad inesperada de orgullo.

—No pasa nada —le digo—. Igual me apetece comer una hamburguesa —en realidad no, pero ¿qué otra cosa puedo decir?

—No es que vaya a malgastar mucho dinero, al menos —Su risa es bastante fuerte y desenfrenada para un restaurante público, y sus ojos vagan demasiado. Sin duda, es por el orgullo.

Suena mi teléfono y, cuando compruebo el identificador de llamadas, es Lololime. Llevo dos días esperando que me llamen, desde que su representante me informó que me estaban considerando para una plaza permanente de patrocinio.

—Lo siento mucho, Roger. Tengo que contestar.

Hace un gesto con la mano.

—Adelante. Yo iré pidiendo lo mío.

Debería tranquilizarlo y asegurarle que no estoy poniendo excusas, pero no tengo tiempo ni energía.

—¿Diga? —Salgo por la puerta y me dirijo a la calle, algo concurrida, pero al menos me he librado de Roger y de su abatimiento pasivo – agresivo.

—¿Señora Brooks?

—Sí —le digo—. Pero, por favor, llámeme Amanda.

—Me llamo Heather Hames y soy la directora de marketing en redes sociales de Lololime. Hace tiempo que te tenemos en la mira y quería contactar contigo para tener una charla rápida. ¿Es un mal momento?

Pienso en Roger, probablemente todavía abatido. Bueno, que ahogue sus penas con un plato de patatas fritas.

—En absoluto. De hecho, acabas de salvarme de una segunda primera cita con un tipo muy aburrido.

—Espera, ¿qué?

Cuando le explico lo ocurrido, Heather se ríe.

—Pero te perdiste la hamburguesa. Trabajo en nuestra oficina de Seattle, pero por lo que cuentas esa es la verdadera tragedia.

—No te preocupes —le digo—. Si esta llamada toma más tiempo, se escabullirá y podré pillar mi hamburguesa de todos modos.

—Es una de las cosas que más nos gustan de ti —dice Heather—.

Tu feed es siempre fresco, ingenioso y atractivo.

Estoy segura de que por eso tus estadísticas son tan buenas.

Es difícil no sentir una conexión instantánea con los pequeños fragmentos de realidad que arrojas entre la purpurina y el confeti de un perfil normal de vida glamurosa.

—Gracias —le digo—. Lo intento.

—Como probablemente ya sepas, antes de seleccionar a un embajador de marca, reunimos una pequeña lista de aspirantes y luego elegimos entre ellos. Yo te elegí a ti, así que me encantaría aumentar las probabilidades de que seas seleccionada.

¿Aumentar las probabilidades? ¿Qué significa eso?

—De acuerdo.

—Quería mencionar la única área en la que nos preocupa que tu página necesite un poco de… refuerzo, y por favor, ten en cuenta que esto no significa que no nos guste ya lo que haces.

Seguro que no.

—Como sabes, Lololime ha estado trabajando duro para ampliar su cuota de mercado. Empezamos con ropa diseñada para programas de entrenamiento de pilates, pero rápidamente nos expandimos al yoga, el running y al ráquetbol​.

—Me encanta la nueva línea de running —digo—. Sobre todo, los pantalones cortos de running.

—Las imágenes que publicas cuando sales a correr son una de las cosas que nos atrajeron de ti en primer lugar —dice Heather—.

Pero ahora nos estamos expandiendo a un ámbito totalmente nuevo de la ropa deportiva.

Nos dirigiremos a personas de todas las clases sociales, y esperamos aportar un poco de sofisticación y glamur a la gente corriente.

No sólo a la gente de Nueva York, Chicago y Los Ángeles, sino también a la de los pueblos pequeños de todo el país a través de nuestra línea de venta por internet.

Hemos rediseñado todo nuestro sitio web para que sea más accesible y ofrezca más opciones de precios.

—¿De verdad?

—Hasta ahora, nos hemos centrado en la alta calidad: una menor cantidad de producto con un mayor margen de beneficio.

Pensamos mantener ese modelo, pero la razón por la que estamos buscando nuevos patrocinios de la máxima categoría, en las cantidades que mencionamos en nuestro correo electrónico inicial, es que nos gustaría encontrar embajadores que puedan llevarnos a mercados nuevos y más amplios.

¿Nuevos mercados? ¿Menos calidad y menos margen, pero más volumen?

Mi imagen es de gama alta. Es glamur neoyorquino sin gastar mucho, más o menos. Pero ese «gasto» sigue siendo más del triple de lo que gana un estadounidense promedio.

—No estoy segura…

—Creemos que eres brillante, estás en la edad perfecta para nuestro público objetivo y tienes hijos. Eso es lo que buscamos: ropa para toda la familia. Aportar algo de clase a lo cotidiano, para todos en casa.

¿Clase a lo cotidiano? ¿Qué parte de mi vida es cotidiana?