CAPÍTULO IX
CAPÍTULO
IX
Mis amigos ofrecían un aspecto lamentable: ojos entornados, palidez de mala noche y la expresión de quien considera el simple acto de respirar una exigencia excesiva.
El dolor de cabeza que había empezado al comienzo de la noche se había agravado hasta convertirse en una cefalea intensa que nos había privado del sueño.
Era un dolor compacto, de esos que parecen ocupar espacio dentro del cráneo, y volvía penosa cualquier tarea que exigiera el menor esfuerzo mental, desde preparar café hasta articular un simple «buenos días».
—Deberíamos cerrar el agujero —balbució débilmente A. , mientras intentaba acertar con la cuchara en el azúcar.
—Mmm —respondió M.
Era imposible saber si estaba de acuerdo, si no lo estaba o si simplemente acababa de comentar que aquella mañana por fin se había levantado la niebla.
—¿Podría ser un hongo? —pregunté cuando encontré al fin fuerzas para ordenar las palabras, acordándome inevitablemente de la suerte de los descubridores de la tumba de Tutankamón.
—No lo sé. No tenemos fiebre ni ningún otro síntoma —respondió A. tras unos segundos—. Cerremos todo y larguémonos de aquí .
Tuvimos que reunir toda nuestra fuerza de voluntad para no obedecer al instinto, que nos pedía dejarnos caer en el sillón más cercano y no movernos más.
En lugar de eso, fuimos cerrando una a una las contraventanas de la casa.
Cada golpe de madera, cada pestillo, sonaba más definitivo de lo normal, como si no estuviéramos preparando una salida, sino sellando el lugar contra algo cuya naturaleza seguía escapándoseme.
Con el equipaje ya cargado en el coche, bajamos por última vez al sótano de la torre.
Ninguno tenía ánimo para cegar de verdad la abertura que habíamos descubierto la noche anterior, así que nos limitamos a ocultar el acceso con los tablones que no habían terminado convertidos en leña.
Lo hicimos de prisa y sin mirarnos mucho, con esa clase de torpeza que deja el cansancio cuando se mezcla con otra cosa más difícil de nombrar.
Yo seguía sin saber qué pensar de lo ocurrido, pero tenía muy claro que no me apetecía volver a ver aquel paso abierto bajo la torre.
Después cerramos con llave la puerta principal, subimos al coche y, en cuanto tomamos la primera curva del camino entre los árboles, la casa desapareció de nuestra vista. Agradecí no verla más. Ni aun así conseguí quitarme de encima la impresión de que nos marchábamos demasiado tarde.
A. condujo despacio por la carretera estrecha que bajaba hacia Soncillo.
Al principio atribuí el leve alivio de la cefalea al aire fresco que entraba por la ventanilla, pero, cuando avanzábamos ya a buen ritmo por la nacional de Villarcayo, junto al Ebro, resultaba evidente que los tres nos encontrábamos mejor.
A medida que dejábamos atrás el valle, empecé a preguntarme hasta qué punto no nos habríamos dejado arrastrar por el cansancio, el dolor, el encierro y todo lo que habíamos visto bajo tierra.
Algo había allí, desde luego; no me sentía ya capaz de negarlo del todo.
Pero, con la casa lejos y el cuerpo volviendo poco a poco a su sitio, algunas de nuestras impresiones de la noche anterior empezaban a parecerme menos sólidas, más hijas del agotamiento y de la sugestión.
Pocas alegrías se parecen a la de recuperar la salud, y buena prueba de ello fue que arrasamos en una estación de servicio, llenando el enorme maletero del coche de productos típicos para la familia.
Sin más incidentes reseñables que tres paradas imprevistas para que M.
pudiera dar salida al litro y medio de zumo que se había bebido en la tienda de la gasolinera, llegamos por fin a la puerta de mi casa.
Con los tres aún dentro del coche y el motor en marcha, A. se inclinó un poco hacia mí y habló en voz baja:
—Ya te conozco. En cuanto te baje del todo la jaqueca, empezarás a darle vueltas y a decirte que el encierro, el cansancio y el dolor nos trastornaron un poco. Haz lo que quieras. Pero no era solo eso.
No respondí. Ni tenía ganas ni estaba seguro de llevarle la contraria.
M. se removía inquieto en el asiento trasero. Abrí la puerta, saqué mis cosas y me despedí con la mano. Esperé a que el coche arrancara y se alejara por la avenida. Luego solté el aire, abrí el portal y subí a casa.