EPÍLOGO
No volvimos a reunirnos hasta unas semanas después, ya cerca de Navidad.
Para entonces, la vida había ido recomponiéndose sola, o al menos fingía haberlo hecho.
Cada uno regresó a sus obligaciones, a sus pequeñas rutinas y a esa clase de normalidad doméstica que, vista desde fuera, puede parecer sólida, pero que a veces no es más que una capa delgada sobre algo que sigue abierto debajo.
Nos encontramos en mi casa de Toledo una noche fría, de esas en las que uno agradece el refugio de una mesa llena, la calefacción alta y el ruido de la gente hablando a la vez.
Habíamos invitado a cenar a varios amigos y familiares, y durante unas horas logré convencerme de que todo volvía a estar en su sitio.
Incluso nosotros tres, dispersos entre los invitados, parecíamos hombres corrientes, perfectamente integrados en la vida de los demás.
Pero bastó un momento de descuido, un silencio casual entre conversaciones, para que me descubriera mirando a A. y a M. y comprendiera que los tres pensábamos en lo mismo.
Desde nuestro regreso no habíamos vuelto a hablar en serio de Soncillo, aunque tampoco hacía falta. El valle seguía encontrando la manera de hacerse presente.
De cuando en cuando, mis amigos me enviaban enlaces a noticias aparecidas en diarios locales.
Algo extraño estaba ocurriendo en la zona.
Ovejas, vacas y cerdos aparecían muertos con signos de haber sufrido hemorragias violentas.
Las autoridades hablaban de brotes, de infecciones, de protocolos veterinarios y restricciones al movimiento de animales.
Todo sonaba muy razonable y muy técnico. Quizá demasiado.
Pero no era eso lo único.
También empezaron a circular noticias más difíciles de encajar en una explicación tranquilizadora: profanaciones en iglesias y cementerios, gente extraña merodeando por los pueblos, pequeños grupos de iluminados atraídos, no se sabía bien por qué, hacia aquel rincón perdido de las Merindades.
La Guardia Civil llegó a desplegar varios agentes de Información por la zona.
Al parecer, alguien temía la proliferación de sectas o de cultos improvisados.
La noticia más grave afectó a la iglesia de San Cosme y San Damián.
Varios individuos trataron de romper el cristal blindado que protegía a la Virgen de la Sangre y, al no conseguirlo, rociaron el altar con gasolina y le prendieron fuego.
Por fortuna, el incendio pudo sofocarse antes de que alcanzara la talla.
Todo eso ocurría lejos de nosotros y, sin embargo, no dejaba de parecernos un aviso dirigido a los tres.
Más tarde, ya con la cena terminada y los invitados repartidos en corros por la casa, M.
nos hizo una seña discreta. Cuando pudimos escabullirnos, cogimos los abrigos y salimos al jardín con unos puros.
La noche mordía con fuerza. Sobre los tejados había surgido una luna rojiza, inmóvil y nítida, mientras nuestro aliento y el humo subían juntos en la oscuridad.
Ninguno habló durante un buen rato.
Fue M. , naturalmente, quien acabó rompiendo el silencio.
—¿Volverás?
No hizo falta preguntar a quién se lo decía ni de qué lugar hablaba.
Ninguno respondió. Seguimos allí, bajo la luna, mirando cómo el humo se deshacía en el aire.