CAPÍTULO VIII #3
»Ella, como era de esperar, no secundó mi arrebato.
Dijo que aquellos mechones bien podían ser un recuerdo de familia, algo guardado por una razón que nosotros ignorábamos, y que no teníamos derecho a destruirlo.
Lo correcto, añadió, era devolverlo a sus dueños.
Si no encontrábamos a nadie en casa, podríamos dejarlo en el buzón o entregarlo a algún vecino con una nota.
»No me quedó más remedio que aceptar. Lo hice a disgusto, desde luego, aunque también con una esperanza que preferí no confesar: si aquel escondite tenía algo que ver con mis noches en el sillón, tal vez devolver su contenido a sus dueños me proporcionara por fin alguna respuesta.
»Al mediodía aparqué otra vez frente a aquella casa.
Como pensé que el trámite sería breve, me bajé solo del coche.
La puerta estaba entreabierta. Llamé con los nudillos y pregunté si había alguien.
Desde el fondo del pasillo respondió una voz femenina y, unos segundos después, oí acercarse unos pasos.
»Me abrió una joven muy guapa, con una espléndida melena pelirroja. No sé si fue la sorpresa, el recuerdo todavía reciente del pañuelo o alguna asociación menos razonable, pero su aparición me produjo una inquietud difícil de disimular.
»Me preguntó, con acento eslavo, qué deseaba.
Le expliqué quién era y cómo había encontrado el pañuelo dentro de la radio.
No pareció muy inclinada a tocar aquello que yo le tendía.
Al final lo cogió con la punta de los dedos, con una expresión de desagrado bastante elocuente.
Dijo que recordaba bien el aparato, porque, aunque nunca lo había visto funcionar, don Ricardo le tenía mucho apego y le gustaba sentarse a su lado .
»Aquello me devolvió de golpe la imagen del sueño, y sentí un malestar tan vivo que durante un instante me costó seguir hablando con naturalidad.
Pensé que la muchacha quizá pudiera aclararme algo más sobre aquel asunto.
Así que insistí un poco, con la mejor cortesía de que fui capaz, y ella, tal vez porque le desagradaba recordar a su antiguo empleador o tal vez porque necesitaba contárselo a alguien, no tardó en darme la información que yo buscaba.
»La casa pertenecía, como os dije, a un tal don Ricardo, uno de esos hombres de familia rural acomodada que habían heredado bastante como para no tener que preocuparse nunca por nada.
A causa de un accidente de caza sufrido en su juventud, vivía confinado a una silla de ruedas y necesitaba a alguien que lo atendiera de continuo.
»Cuando la chica entró a trabajar para él, el viejo rondaba ya los ochenta años y se estaba muriendo.
Tenía un tumor en los pulmones y, aun así, seguía fumando puros enormes con una obstinación repulsiva.
Según me contó, había rechazado antes a varias candidatas, pero a ella la contrató en cuanto la vio.
»Lo recordaba con verdadero miedo. Decía que lo peor era cuando aparecía en el salón: primero se oía aquella respiración sibilante, luego el chirrido de la silla, y al final él estaba allí, junto a la radio.
Entonces se quedaba mirándola de un modo que ella no supo explicarme bien.
Extraño, dijo. Solo encontró esa palabra.
Mientras tanto, acariciaba despacio la parte superior del mueble.
A ella aquello le daba tal repugnancia que a veces tenía que hacer un esfuerzo para no salir corriendo.
»Habría dejado la vivienda mucho antes, pero no podía permitírselo. Al final el cáncer se lo llevó, y ella seguía allí ayudando a vaciarla para los nuevos propietarios.
»Y eso es todo, más o menos. Bastante, diría yo.
»Mandé reparar el aparato. Lo vendí. Y desde el día en que salió de la casa no he vuelto a despertarme en el sillón, ni he oído ruidos en mitad de la noche, ni he tenido un solo episodio de sonambulismo. Eso debería haberme dejado tranquilo. No fue del todo así.
»Porque hay cosas que, cuando se le pegan a uno, no terminan de irse del todo.
Aún hoy, si me despierto de golpe de madrugada, hay un instante en que sigo esperando encontrar bajo la mano aquella madera tibia y gastada.
Y algunas veces, muy pocas, me parece notar en la oscuridad un olor rancio a tabaco que no debería estar ahí.
»Así que, desde entonces, procuro no meter en casa ningún objeto cargado de demasiada historia. Ya tuve bastante con esa radio.»
A esas alturas, la leve molestia con la que había empezado la noche se había convertido en un dolor de cabeza que me martilleaba el cráneo desde dentro. Mientras terminaba mi historia, M. se frotaba las sienes y A. me miraba con una fijeza cada vez más incómoda.
—¿Compraste la radio en Las Ventas de Retamosa?
—Sí —admití—. ¿Lo había dicho?
A. tardó un instante en responder.
—Entonces quizá te interese saber cómo acaba la historia. Hace poco derribaron la casa para levantar otra. Al excavar el terreno aparecieron huesos.
Noté que algo se me cerraba en el estómago.
—No eran restos de la guerra —continuó A. —. Encontraron diez mujeres jóvenes, algunas apenas salidas de la infancia, enterradas en momentos distintos. Todas pelirrojas. Llevaban más de medio siglo allí abajo. Don Ricardo ya había muerto cuando salieron a la luz.
Ninguno dijo nada durante unos segundos.
Diez .
Vi de golpe los mechones atados con sus cintas, alineados sobre el pañuelo a modo de paciente contabilidad de los años, y sentí una náusea seca.
A. bajó un poco la voz.
—Tu amiga del este tenía buenos motivos para temer a su jefe. No cuesta imaginar al viejo acariciando la radio mientras guardaba dentro aquellos recuerdos.
M. cerró los ojos un momento y se apretó con los dedos el puente de la nariz.
—Joder —murmuró—. Diez chicas enterradas. Y ese cerdo guardando sus mechones en la radio.
Respiró hondo, como si intentara contener una arcada o el dolor que le martilleaba el cráneo.
—¿A alguien le queda una aspirina? Me va a estallar la cabeza.
La cefalea ya no era solo cosa mía. También A.
se llevaba de vez en cuando la mano a la frente.
Encontramos el botiquín del anterior propietario, nos metimos una buena dosis de paracetamol largamente caducado y, después de apagar la chimenea, nos fuimos a dormir.
A la mañana siguiente pensábamos regresar temprano a Madrid.
Aquella noche tardé mucho en dormirme. Cada vez que cerraba los ojos acudían la roca negra, la grieta abierta en la diosa, el hedor salobre del templo y, mezclados ya con todo ello, los mechones fechados y aquellos diez cuerpos enterrados bajo la tierra.
Una maldad antigua parecía haber encontrado otra más reciente, y ambas se habían reconocido.
Pero lo peor fue otra cosa.
No percibí el perfume floral de las dos noches anteriores ni sentí en la habitación aquella cercanía inexplicable que entonces me había acompañado.
Solo seguía conmigo el olor húmedo y corrompido del subsuelo, pegado a la piel y extendido ya, en mi imaginación, por toda la casa.
Creo que, sin querer admitirlo del todo, había esperado la llegada de aquella presencia silenciosa.
Después de lo que acabábamos de ver y de oír, su ausencia me dejó más desamparado de lo que me habría gustado reconocer.
Me dormí tarde, incómodo y con una opresión sorda en el pecho, convencido a medias de que habíamos traído algo con nosotros desde allí abajo y de que, al mismo tiempo, habíamos perdido algo que hasta entonces, de un modo absurdo, me había estado protegiendo.